
La ciencia progresa fundamentalmente a través del experimento, que permite crear una situación controlada en la que se somete a confirmación la hipótesis en estudio, o más bien, a refutación o falsación la hipótesis nula (la de la no asociación, no efecto, etc.). Si hay diferencias observadas entre las dos posibilidades sometidas a estudio, no hay más remedio que rechazar la hipótesis nula y aceptar provisionalmente la hipótesis alternativa, es decir, la de la asociación, la del efecto.
Así se pueden ensayar en el laboratorio sobre células o sobre ratones, por ejemplo, las sustancias cancerígenas, los antioxidantes o los medicamentos para tratar enfermedades inducidas previamente en el animal. Un grupo se somete a la sustancia en estudio y otro a una sustancia inocua, como suero salino.
Este modelo no puede ser trasladado directamente a los seres humanos, pues carecería de unos mínimos éticos el realizar semejante experimentación. En los experimentos en humanos, o ensayos clínicos, se debe cumplir con un riguroso sistema de consentimiento informado y aprobación por un comité ético de investigación clínica. El objetivo general es garantizar la libertad informada de los individuos para rechazar o aceptar participar en el estudio, con todas las garantías de seguridad que sean posibles para los participantes (por eso para ensayar un nuevo medicamento, éste ha debido pasar rigurosos estudios preclínicos que nos den una idea general de su eficacia y falta de toxicidad en animales de laboratorio). Ver artículo completo »