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tachar 

Los que tenemos una edad —sea una forma eufemística de señalar que formo parte del pelotón de los Torpes Sin Fronteras en el manejo de los teclados de los móviles— conocemos bien el suplicio que supone enviar un SMS. No hay quien se aclare con las veces que hay que apretar la teclita para que salga la dichosa letra. Eso por no hablar de la configuración esa del demonio del T9, que se vuelve loco a escribir palabras que ni quiero ni había pensado escribir.

Cuando llegaron los smartphones parecía que iba a llegar la tranquilidad, perooooo… a algún gracioso se le ocurrió añadir un corrector automático al sistema y la de pifias que me obliga a cometer. Aunque, a fuer de ser sincero, debo de reconocer que si escribo con un cierto cuidado —o sea, fijándome en la pantalla— el corrector puede resultar de gran ayuda y de gran ahorro de tiempo a la hora de escribir los mensajes.

Lástima que no exista un corrector para los bolígrafos. La de patadas que se podrían evitar y la de disgustos que me ahorraría cuando corrijo exámenes. Porque, y llámenme antiguo si quieren, no hay nada que más duela a la vista que leer un folio plagado de errores ortográficos —y no me refiero solo a los acentos, que no soy tan tiquismiquis—.  Ver artículo completo »

telepatia 

Los experimentos de telepatía no dejan de ser curiosos juegos de salón que hacen las delicias del respetable, que provocan la admiración ante los poderes del mago y que siembran la duda sobre el poder de la mente para intercomunicarse con otra. Ahora bien, el desarrollo informático ha abierto un nuevo campo de posibilidades que pueden hacer viable esta conexión sin cables de cerebro a cerebro.

Al fin y al cabo, sabiendo que el funcionamiento neuronal no es otra cosa que un biocircuito electrónico y que el software es capaz de convertirse en impulsos eléctricos, parece que la solución está al alcance de nuestras manos. Ya hemos comentado que ya existe ese cable que puede conectar el cerebro a un terminal de ordenador e intercambiar entre cerebro-máquina información. Así que, si es posible esta conexión, por qué no hacerlo con otro cerebro. Ver artículo completo »

olfato contra deliencuentes

El olfato no es nuestro fuerte. Afortunadamente, si estamos a la distancia inadecuada de determinados individuos peleados con el agua y el jabón. Si nos comparamos con los perros, salimos perdiendo por K.O. En este blog, ya hemos comentado en alguna ocasión cómo debidamente entrenados pueden ayudarnos a detectar enfermedades como cáncer o diabetes utilizando tan solo su desarrollada nariz para captar los aromas.

Aun así, nos empeñamos en denominar como sabuesos a los policías eficaces que rastrean la huella del delito. Lo han adivinado, esta historia va de policías y ladrones. Los seres humanos, del mismo modo que tenemos una huella digital, también desprendemos una huella aromática. Somos química y la secretamos por nuestro sistema periférico con un olor característico.

Este olor personal ha convertido a determinados especímenes de perros en una inestimable ayuda para localizar personas, ya sean víctimas de catástrofes naturales —como terremotos o avalanchas—, se hayan perdido y, cómo no, para localizar el rastro de peligrosos delincuentes.  Ver artículo completo »

El SMS moribundo

sms

La informática, su vertiginoso desarrollo, nos aporta una nueva dimensión del binomio tiempo/obsolecencia, tanto que parece que, según salen de las cadenas de montaje, los aparatos se quedan ya viejos. Pero sin entrar en ningún tipo de debate, lo cierto es que con cada desarrollo tecnológico se imponen unos nuevos códigos que, poco a poco, transforman nuestra vida y nuestra manera de relacionarnos con el entorno.

No hace mucho comentábamos en este espacio lo cotidiano que nos resulta subir un vídeo a internet y cómo revolucionó este hecho el manejo de la red… y apenas han pasado unas décadas. Del mismo modo, parece que hoy —los tecnológicamente alfabetos— son capaces de describir cualquier situación en 140 caracteres… todo un récord. Y que nuestra vida sin un whatsapp de turno y a mano no merece la pena ser vivida… ¿A quién le contaría, si no, en tiempo real mis andanzas por el hipermercado o el centro comercial? Ver artículo completo »

Copyright BBC

Difícilmente podemos concebir el mundo actual sin ordenadores, sin teléfonos móviles y sin webcams… Esos artilugios del demonio que nos pueden convertir en los más populares de las redes sociales, comunicarnos y ¡vernos mientras hablamos a miles de kilómetros! Y otro sinfín de usos —alguno para mayores de 18 años—. Pero hubo un día en el pasado en que la gente era capaz de vivir sin esas comodidades.

Un día que terminó en el momento en el que un grupo de ingenieros se cansaron de tomar siempre el café frío. Ocurrió en la Universdidad de Cambridge, en el Reino Unido. El asunto es que esos fanáticos por la informática tenían su despacho muy alejados del lugar donde se había instalado la máquina de hacer café. Concretamente, en un habitáculo al que habían bautizado como la “habitación Troyana”.

Así que cuando sentían la necesidad de rellenar el depósito de la cafeína, se veían obligados a pasar por laberínticos pasillos y escaleras para acceder a las susodicha sala. Y en más de una ocasión comprobaban que tras la trabajosa expedición, el café se había volatilizado en los estómagos de otros compañeros que la fortuna había situado más cerca de la Troyana.

Así que pusieron su mente a trabajar en lo más importante, en llegar a tiempo a por su dosis del brebaje. Paul Jardetzky y el doctor Stafford-Fraser improvisaron una cámara para poder ver la cafetera. Tomaba imágenes tres veces por minuto que eran mandadas a sus computadoras (en ese tiempo lo de llamarlos ordenadores o pecés era una entelequia). De este modo podían monitorizar a distancia el estado del café y determinar cuándo era el momento de planificar una operación de rapiña con garantías de éxito.

No se patentó la invención, obviamente, tan solo quedó la prueba viviente del ingenio. Tampoco se estandarizó ni popularizó. El salto a internet de la cámara para controlar el café se produjo mucho más tarde, en noviembre de 1993, de la mano de Martyn Johnson, otro informático, que en un momento de aburrimiento se propuso desarrollar un programa para que esas imágines que se veían desde los ordenadores del piso de encima pudieran subirse a internet. Son las primeras imágenes que se retransmitieron por la red.

Las imágenes del café de la sala Troyana dieron la vuelta al mundo y se han estado emitiendo hasta hace pocos años, cuando los científicos la desenchufaron. La cafetera se subastó, por supuesto a través de internet, por algo menos de 5.500 dólares. Reposa en las vitrinas de la revista alemana Der Spiegel.

 Enrique Leite

Una de las ideas que me rondan la cabeza cuando llego a casa exhausto después de una jornada de trabajo es recriminar a los investigadores por no haber inventado un cable que nos enchufe a un ordenador y nos resetee el disco duro. ¿Se imaginan? Aparcar todos los problemas y empezar desde cero a disfrutar del tiempo de descanso.

Sin hacer cumplir mi sueño, parece que esa posibilidad, la de tener una computadora auxiliar externa, parece más cercana que nunca. Una de sus grandes ventajas sería la de suplir áreas dañadas de nuestro cerebro o viceversa, conectarse a una prótesis y recibir órdenes directas para su perfecto funcionamiento. Ver artículo completo »

Uno de los mitos más extendidos en la historia moderna de la antigüedad es el de la Atlántida. Esa civilización formada por seres humanos de una inteligencia superior —tecnológicamente— que desapareció bajo las aguas tras un cataclismo natural (un gran tsunami o un maremoto) que la sumergió para siempre.

Platón dejó constancia de su existencia e incluso llegó a localizar geográficamente su posible ubicación donde acaba entonces el mundo conocido: en aguas cercanas a la Gran Bretaña. Sus restos, a pesar de la memoria colectiva recogida por el griego, nunca aparecieron. El caso es que los atlantes han cautivado no solo a filósofos, sino también a príncipes y reyes, científicos y, por supuesto, arqueólogos.

Cualquier enigma que hace referencia al descubrimiento de nuevas civilizaciones aparece teñido de la esperanza de haber dado con la clave de los atlantes. Aunque casi siempre termina en fracaso. La imaginación de los arqueólogos se volvió a excitar recientemente con la localización muy cerca de Cuba, en aguas caribeñas, de los restos de megaconstrucciones (varias pirámides gigantes, una con forma de esfinge y varios monolitos con inscripciones que hacen pensar que fueron cinceladas por la mano del hombre). Ver artículo completo »

El lenguaje, la capacidad de articular mensajes de acuerdo a una reglas previamente establecidas y comunmente aceptadas por los individuos de una especie o de un colectivo dentro de esta, es una de las formas a través de las cuales establecemos patrones para determinar la inteligencia de los diferentes organismos que cohabitamos en el planeta.

Así, hasta la fecha se creía que en el mundo de los mamíferos, aparte de los humanos, solo las ballenas contaban con unas reglas de lenguaje perfectamente delimitadas que les permiten comunicarse y construir, por lo tanto, mensajes que facilitan el intercambio de información entre ellas. A esta exigüa lista de mamíferos hay que sumar a partir de ahora a los murciélagos.

Un grupo de científicos norteamericanos coordinados por Kristen M. Bohn ha comprobado que los murciélagos son capaces de artícular un código de mensajes que utilizan durante su fase de apareamieno. Frases que sirven tanto como melodía de seducción para las hembras como de señal de advertencia a los otros machos de que han ligado y se mantengan al margen y no se inmiscuyan en la relación.  Ver artículo completo »

Nada tan aparentemente frágil como un mosquito, pequeño insecto con el que podemos acabar con la simple presión de las yemas de los dedos. Sin embargo, para los humanos representa la máquina de matar más eficaz. Sin duda, pocos son conscientes de que es el animal que más mortalidad provoca entre nosotros con su molesta picadura. Hasta un millón de personas mueren al año víctima de la malaria.

La mayoría de las infecciones febriles graves que contraemos los humanos se deben a microbios que transmiten los insectos. En general, ellos mismos resultan inofensivos, incluso pueden ser beneficiosos: son los responsables de la polinización de multitud de plantas y árboles. Pero en su virtud también está la penitencia. Actúan como vectores o portadores de otros micoorganismos. Ver artículo completo »

La naturaleza supone una fuente inagotable para la imaginación de los humanos. Unas veces porque nos da pistas para crear o desarrollar ingenios (la formación de las telas de araña ha servido de modelo para diseñar los tejidos de keblar de los chalecos antibala y el velcro está inspirado en las plantas), otras porque nos muestra el camino a seguir (la molécula que utilizan las conchas de los moluscos para permanecer selladas es la base de un potente pegamento) y otras, sencillamente, porque ponemos a animales o plantas a trabajar para nosotros.

Este es el caso de los microorganismos. Los hemos puesto a trabajar bien para fabricar biomasa, bien para depurar las aguas residuales. Sencillamente, las agrupamos en concentraciones que pocas veces se dan en su hábitat natural y juntas producen energía o, como en el caso de un investigador holandés, se utilizan para depurar (se comen) las impurezas de las aguas residuales, convirtiendo unas aguas contaminadas en aptas, al menos, para el riego.

Es el prototipo de la llamada economía azul y, que a diferencia de otras tecnologías, son bastante menos contaminantes y más ecológicas (tanto por lo que ahorran como por lo que evitan de malgastar recursos escasos).  Ver artículo completo »