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Difícilmente podemos concebir el mundo actual sin ordenadores, sin teléfonos móviles y sin webcams… Esos artilugios del demonio que nos pueden convertir en los más populares de las redes sociales, comunicarnos y ¡vernos mientras hablamos a miles de kilómetros! Y otro sinfín de usos —alguno para mayores de 18 años—. Pero hubo un día en el pasado en que la gente era capaz de vivir sin esas comodidades.
Un día que terminó en el momento en el que un grupo de ingenieros se cansaron de tomar siempre el café frío. Ocurrió en la Universdidad de Cambridge, en el Reino Unido. El asunto es que esos fanáticos por la informática tenían su despacho muy alejados del lugar donde se había instalado la máquina de hacer café. Concretamente, en un habitáculo al que habían bautizado como la “habitación Troyana”.
Así que cuando sentían la necesidad de rellenar el depósito de la cafeína, se veían obligados a pasar por laberínticos pasillos y escaleras para acceder a las susodicha sala. Y en más de una ocasión comprobaban que tras la trabajosa expedición, el café se había volatilizado en los estómagos de otros compañeros que la fortuna había situado más cerca de la Troyana.
Así que pusieron su mente a trabajar en lo más importante, en llegar a tiempo a por su dosis del brebaje. Paul Jardetzky y el doctor Stafford-Fraser improvisaron una cámara para poder ver la cafetera. Tomaba imágenes tres veces por minuto que eran mandadas a sus computadoras (en ese tiempo lo de llamarlos ordenadores o pecés era una entelequia). De este modo podían monitorizar a distancia el estado del café y determinar cuándo era el momento de planificar una operación de rapiña con garantías de éxito.
No se patentó la invención, obviamente, tan solo quedó la prueba viviente del ingenio. Tampoco se estandarizó ni popularizó. El salto a internet de la cámara para controlar el café se produjo mucho más tarde, en noviembre de 1993, de la mano de Martyn Johnson, otro informático, que en un momento de aburrimiento se propuso desarrollar un programa para que esas imágines que se veían desde los ordenadores del piso de encima pudieran subirse a internet. Son las primeras imágenes que se retransmitieron por la red.
Las imágenes del café de la sala Troyana dieron la vuelta al mundo y se han estado emitiendo hasta hace pocos años, cuando los científicos la desenchufaron. La cafetera se subastó, por supuesto a través de internet, por algo menos de 5.500 dólares. Reposa en las vitrinas de la revista alemana Der Spiegel.
Enrique Leite
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