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Eran tiempos de cambio: finalizaba el Franquismo y empezabala Transición hacia la democracia. Y entre las muchas novedades que revolucionaban la vida cotidiana, llegaron dos nuevos coches: el Volkswagen Polo (1975) y el Ford Fiesta (1976). Sucesivos modelos de los mismos se han mantenido en el mercado durante los últimos 35 años. Pero han cambiado. Y mucho.

Al margen de las considerables modificaciones de forma y estética (y los indudables avances tecnológicos), sin duda el mayor cambio es la evolución de su tamaño: el primer Fiesta medía tres metros y medio de largo y pesaba 720 kilos, mientras que el actual mide cuatro metros y pesa 1.041 kilos. Con el Polo ocurrió otro tanto.

No pasó de golpe. Ocurrió progresivamente. Cada nuevo modelo resultó ser un poco mayor que su antecesor.  Ver artículo completo »

Desde que el ser humano se dedicó al sedentarismo y a utilizar su mente más que su cuerpo, ha prolongado su esperanza de vida y acortado su vida laboral —a pesar de que se vaya a prolongar la edad de jubilación— y cabe preguntarse si merece que toda esa experiencia acumulada se condene a permanecer improductiva, aun cuando se esté en plenas facultades físicas y mentales.

Hay especies, como el anfibio Proteus, que llega a los 100 años, pero se debe a que vive escondido de sus depredadores, come poco y respira lentamente (una vez cada diez horas).

En el ser humano, la longevidad depende de la vida de las células, y estas necesitan la energía que obtienen de la comida y el oxígeno, y que convierten en moléculas. Para producirla, necesitamos unos pequeños orgánulos dentro de la célula llamados mitocondrias (que poseen ADN). Con la edad, se producen mutaciones en este ADN mitocondrial, que acaban con ellas.

Si estas mutaciones se inducen de manera artificial, se puede llegar a acortar la vida hasta un tercio. En ratones, se aprecia que pierden pelo, la columna se encorva, tienen osteoporosis… envejecen antes de tiempo. Las mutaciones en el ADN mitocondrial afectan al proceso de envejecimiento más que la generación de los conocidos radicales libres.  Ver artículo completo »

Resulta sorprendente que a estas alturas, con los avances científicos, técnicos y médicos que existen, se tenga que acudir a operaciones de elongación (alargamiento) de miembros como la gran solución para hacer crecer a las personas de talla baja, con enanismo.

Esta patología requiere conocer en profundidad los mecanismos que gobiernan el crecimiento de los huesos. El ser humano nace con un esqueleto completo que se va desarrollando hasta alcanzar su madurez física en la adolescencia. Del tamaño conjunto que alcancen los huesos que forman la osamenta dependerá la estatura.

El crecimiento se produce por los extremos. Los huesos crecen principalmente por ellos y lo hacen de acuerdo a un proceso genéticamente determinado por unas células llamadas condrocitos.

Estas células, que se alojan en el cartílago de la comúnmente llamada cabeza de los huesos, se multiplican, se organizan en columnas, se hipertrofian y mueren, dejando el espacio para que el hueso se consolide y tenga la apariencia que todos conocemos. El ciclo se acompasa con el correcto desarrollo de los músculos y los tendones.  Ver artículo completo »

Una hormiga puede transportar hasta 20 veces su peso

Una vez cada cuatro años —ya sea en verano o en inverno—, se produce la concentración más elevada de personas por metro cuadrado en torno a un electrodoméstico: los Juegos Olímpicos. Es el mejor modo de observar cómo ha evolucionado la máquina llamada ser humano.

El hombre es quizá el único animal que puebla la Tierra empeñado en enmendarle la plana a la naturaleza constantemente. No se resigna a que su diseño (tamaño y forma) responda a una vida en un entorno concreto y, de ahí, sus restricciones mecánicas, termodinámicas…

A priori, puede parecer —teoría corroborada por los halteras— que a mayor tamaño, más capacidad para soportar un mayor peso. Es decir, en teoría, en función de su tamaño, un elefante es más fuerte que un mosquito (es más grande y, por lo tanto, levanta más peso). Una afirmación correcta en términos absolutos, pero no tanto en relativos.  Ver artículo completo »

Foto de cohdra

La enorme cantidad de correos electrónicos y de microespacios televisivos publicitarios que ofrecen productos o artilugios para alargar el pene parece indicar que buena parte de la humanidad está obsesionada por la escasa longitud o el deficiente calibre de su instrumento.

¿Responde tal preocupación a límites reales del tamaño genital de los machos humanos o se trata de un zafio truco de inmorales publicistas capaces de jugar sucio incluso con nuestras partes más nobles?

Analicemos cuidadosamente las evidencias: el rigor de los datos parece señalar que coreanos e hindúes, con apenas 10 centímetros de media en el tamaño de su pene, se encuentran entre los más desfavorecidos de la humanidad; en el otro extremo, franceses y alemanes sobrepasan ampliamente la barrera de los 15 centímetros.  Ver artículo completo »

Foto de Alba Blázquez

 

Somos la especie más inteligente de la Tierra y achacamos nuestro éxito precisamente a eso. Con la tecnología hemos conquistado el planeta. Estamos seguros de que nos aguarda un brillante futuro. Sin embargo, la biología demuestra que no hay razones para el optimismo.

Partimos de una ecuación sencilla: solo sobreviven las especies más inteligentes. Así, pensamos que los Australopithecus —nuestros primeros primos hace unos cuatro millones de años— eran poco más listos que un chimpancé. Llevaron una existencia miserable y vivieron confinados en un pequeño territorio del África austral.

No fueron lo suficientemente inteligentes, por eso se extinguieron. Eran pequeños (como un niño de 10 años), con  cerebros un tercio más pequeño que el nuestro, caminaban erguidos y utilizaban herramientas sencillas. Con el Homo Erectus llegó el fuego; y con el desarrollo de la tecnología, la vida se hizo más fácil.  Ver artículo completo »

En el último congreso en el que salió elegido secretario general del PSOE, Felipe González alertó a los suyos de que tuvieran cuidado, no fueran a morir de éxito. Quizá sin saberlo, o consciente de ello, el promotor del “cambio” expresaba una de las leyes de la evolución: los logros a corto plazo no siempre se traducen en la supervivencia de la especie.

Solo le faltó en su discurso contar la historia del mal llamado Alce Irlandés (Megaloceros giganteus), el mayor ciervo que jamás existió y que, tras medio millón de años poblando Asia y Europa, se extinguió hace unos 10.000, tras un corto periodo de declive.

En su evolución, los machos de la especie se fueron haciendo cada vez más grandes, ya que el de mayor tamaño era quien ganaba las peleas y atraía mayor cantidad de hembras durante la berrea (el periodo de celo). Así, los ejemplares ganadores fueron trasmitiendo sus genes, comenzando una carrera evolutiva hacia la consecución de machos grandes.  Ver artículo completo »