En mi ingenuidad, me resisto a pensar que la química manda y que como organismo vivo gran parte de las respuestas —al entorno siempre hostil— están condicionadas por ella. Como especie compartimos una serie de características comunes, pero gracias a la inteligencia y con ella el desarrollo emocional, cada especimen de Homo sapiens cuenta con características propias que le diferencian del resto.
Esta particularidad, eso creía yo, nos había permitido liberarnos de determinados yugos, como el de la elección de los mejores individuos para la continuidad de la especie, y nos había dotado de una cierta libertad para gozar del amor y de la sexualidad. Ver artículo completo »












