Hace no mucho tiempo, tuve una discusión con una persona ortodoxa en sus convicciones morales y religiosas sobre si determinadas situaciones y sensaciones eran producidas por la química de nuestro cerebro o eran algo que trascendía más allá de las células y de las reacciones para convertirse en algo más espiritual.
En el calor de la charla, creo que comprendí claramente que sensaciones como el amor, el miedo o la pasión tienen sentido desde la racionalidad de nuestro propio ser, pero no pude desligar esa racionalidad de la química de nuestro cuerpo, o en concreto de la actividad cerebral.
Las sensaciones, lo queramos o no, son la consecuencia de la acción de algunas sustancias en nuestro cerebro debidamente combinadas. Quiero decir que el miedo, el amor y muchas otras cosas se pueden explicar, por lo menos parcialmente, en base a la presencia o no de determinadas sustancias. Ver artículo completo »




