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Todos tenemos que comer —algunos dicen que cinco veces al día— pero no todas las comidas son iguales. O al menos, no nos lo parecen. Eso está claro. Para gustos los colores, dicen. Pero también está claro que hay algunos sabores que podríamos denominar universales, algunas comidas que se escapan a los particulares patrones culturales de los países y que gustan por igual a un chino, a un bengalí o a un mismísimo hijo de la Gran Bretaña. ¿Ya están salibando pensando en la denominada fast food? Seguro.

Y no se equivocan. De ese tipo de comida, vamos a desgranar unas líneas. Un tipo de comida que gusta a humanos y… a ratas. En concreto, de los snacks, esos aperitivos salados que mayoritariamente nos obligan a comer hasta que el raquítico envase en el que se comercializan queda tan limpio como los suelos del palacio.

La tradición dietética hasta ahora hablaba de la irresistible atracción fatal de su alto contenido en grasa y carbohidratos, pero unos investigadores han querido ir más allá y se les ocurrió estudiar el patrón de actividad del cerebro cuando se comen las deliciosas patatas fritas, las chips. Y para ello se pusieron a observar qué ocurría en el interior de la cabeza de unas ratas alimentadas con patatas fritas, otras que lo hacían con una mezcla de grasas y carbohidratos en una proporción similar a las que contienen las patatas y un tercer grupo que comía un pienso estándar.  Ver artículo completo »

mirada

Seguro que usted ha sido víctima o protagonista en algún momento de su vida en pareja de una frase como esta. Cuando esto ocurre, el sujeto mira de arriba abajo y, alarmado, tantea: “¿El vestido?… ¡No! ¿El pelo?… ¡No! ¡Los zapatos!”, exclama nervioso ante la mirada incrédula de su partenaire.

Bien, pues resulta que el culpable de este despropósito no es ni el desinterés ni mucho menos la tan trillada insensibilidad masculina. Los científicos han descubierto al fin que es cierto: hombres y mujeres vemos el mundo de forma diferente. Este desajuste visual tiene su origen en el mayor número de hormonas masculinas, que confiere a nuestros oponentes una receptibilidad distinta. Gracias a ellas los varones, detectan fácilmente los estímulos de movimiento rápido, mientras que nosotras discriminamos y diferenciamos con mayor exactitud las gamas de colores. Ver artículo completo »

miradabebe

De todos nuestros sensores, los de la visión serán los más importantes en la vida del futuro niño pero antes se pretendía, ciegamente, que el bebé llegaba al mundo sin capacidad para ver. Ahora los expertos sostienen que cuando el ojo se abre permite ver y aunque en los inicios no percibe el gran mundo al que se enfrenta, sí es capaz de distinguir luz, colores, contrastes, movimientos y fijarse en las caras y rostros que están dentro de su campo visual.

De todos ellos, especial interés despierta en el nuevo ser el de su madre, sobre todo sus ojos. Tras un periodo de reposo, en un estado de vigilia tranquila que puede durar varios minutos, comienza una actividad oculomotriz impresionante. Madre y bebé han experimentado picos de adrenalina durante las ultimísimas contracciones que preceden al nacimiento. La elevada cantidad de adrenalina implicada en este proceso provoca en el bebé, en alerta, una dilatación pupilar fascinante. Ahora está tranquilo y mira concentrado, estupefacto. Esta protomirada que viene de las profundidades del cuerpo materno es turbadora y con ella da comienzo la relación madre-bebé imaginada. Ver artículo completo »

bacteria 

El arte de disfrazarse para pasar desapercibidos no solo es una cualidad de los camaleones y de émulos de Mortadelo. La simulación está presente en la naturaleza y la practican numerosas especies. Lo que no se había comprobado hasta ahora es que también es patrimonio de las bacterias.

Y con ellas las cosas se complican, ya que al disfrazarse de virus lo que consiguen es burlar el sistema inmunitario. Así evitan que este las extermine y se alojan cómodamente en las células para perseverar en sus criminales intenciones. El descubrimiento es muy relevante, sobre todo si tenemos en cuenta que el bacilo de Koch, causante de la tuberculosis, es una de las bacterias que podrían utilizar esta táctica.

El asunto es que al hacerse pasar por un virus, el sistema inmune, engañado, comienza a trabajar utilizando otro tipo de armas para eliminar la invasión… en este caso liberando una proteína que está específicamente diseñada para combatir virus: la interferón beta, que utiliza la vitamina D para prevenir y erradicar el ataque.  Ver artículo completo »

nwborn 

Desde hace tres décadas se ha producido un incremento preocupante de la tasa de cesáreas en muchos países. Un alto porcentaje de estos procedimientos, que son considerados innecesarios, están vinculados a motivaciones que no se centran exclusivamente en garantizar el resultado exitoso del binomio madre-hijo.

Los móviles van desde un menor entrenamiento de los obstetras en la atención de partos complicados hasta temores de las embarazadas relacionados con los riesgos asociados al parto vaginal, pasando por razones más prosaicas como la preocupación por las demandas legales o la consecución de beneficios económicos por parte de las empresas hospitalarias. Ver artículo completo »

cafe y nicotina 

Para algunos, el secreto está en la mente; todo es posible con voluntad. En cambio para otros, somos máquinas perfectamente engrasadas que funcionamos a base de química, que estimula la segregación de determinadas sustancias —hormonas—, que son las responsables de todos nuestros actos. Lo de siempre, lo puramente espiritual contra lo estrictamente mecánico. Es la contradicción permanente, esencia del ser humano.

Estas contradicciones se ponen de manifiesto de una manera palmaria al ejecutar determinadas acciones. ¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de yo fumo, porque a mí el tabaco me relaja? O eso de ¿nos relajamos tomándonos un cafelito? La nicotina y la cafeína son por principio estimuladores del sistema nervioso. Es decir, estamos ante dos sustancias que provocan por su propia composición una activación de determinadas funciones de nuestro organismo. Vamos, que químicamente es imposible que el tabaco o el café tengan efectos relajantes. Ver artículo completo »

Vigorexia

vigorexia

Cuando uno pone la vista hacia adelante, al verano que se avecina, no puede evitar la tentación de mirarse algo más detenidamente en el espejo al salir de la ducha. Rápidamente, no puedo evitar la sensación de que hay que acometer algún reajuste. Dietas y ejercicio son las soluciones más habituales y, en cierta medida, si se hacen con unas pautas adecuadas no solo serán buenos para perder esos kilos de más, sino que además valdrá para estar mejor a todos los niveles.

Si vamos al gimnasio, ya sabemos, hay de todo, pero siempre llaman la atención los mazas, esos que se toman el ejercicio y las pesas como una penitencia existencial cuyo único fin es esculpir esos pectorales y esa tableta de chocolate a base de machacarse en el gimnasio y de tomar alguna cosilla…

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juan historia

En un lugar del mundo, cuyo nombre no hace falta decir, había un pueblo sufriente en su desierto interior. Era 1950, y en aquella teocracia, la mitad de sus profesores universitarios habían sido forzados a la emigración. Del resto, la mitad, a su vez, llevaban hábitos y estaban consagrados a la divinidad. La producción total de trigo era menor que 30 años atrás; no había combustibles y las carboneras crecían tras los matorrales.

En ese yermo, la gente sufría raquitismo, lepra o tuberculosis. Había manicomios en los que se encerraba a los locos, entre los cuales sobresalía gente inadaptada y de izquierdas, mezclados con casos de sífilis congénita y ciudadanos envenenados con yerbas del campo, tan incomestibles como abundantes, tras dos décadas de hambruna.

Así, la sanidad era sobre todo un modo de apartar a los miserables en lugares llamados sanatorios. Las terapias útiles eran pocas, y el médico que sabía o decía saber aplicarlas, tenía una buena consulta privada en las capitales.

Los resortes del poder, del bienestar y de la prosperidad estaban en manos de una camarilla de militares, religiosos y sus descendientes (descendientes de ambos, digo).

Las cátedras y la judicatura eran hereditarias. El comercio estaba blindado con privilegios y aranceles que impedían la competencia real, a la que se tenía más miedo que al diablo. Todo lo que se movía en ese país era por concesiones a dedo, monopolios que mantenían a aquellos ciudadanos de talla baja en sucesivos cautiverios.

Con todo y con eso, alguno de los maestros pudo retornar, creó escuela, y sus discípulos salieron a ver mundo. Retornaron con la mente despierta y las manos entrenadas para curar de verdad. Alguien inventó un sistema meritrocrático e igual para todos, un sistema de acceso que elegía sistemáticamente a los mejores. No los premiaba con buenos salarios, sino con más trabajo, pero su principal motivación no era económica, sino profesional.

Hacia 1960 comenzó a venir gente curiosa por conocer un lugar incontaminado por la industria inexistente, rodeado de un halo mítico y feroz. Se dejaron cuatro perras que pusieron las bases de una nueva camarilla dirigente. Había que hacer carreteras. Ferrocarriles. Urbanizar. Comenzó a haber mano de obra procedente del campo que precisaba de todo. Parían. Se accidentaban. Morían. Eran necesarios hospitales. La propaganda vio conveniente crearlos, eran imprescindibles y resultaban de mucho impacto visual: cada inauguración, una foto. Pero ¿cómo relacionarlos con la salud de la población, en ausencia de programas preventivos y de atención primaria? Todo un misterio.

Muchos años después, José Ramón, un gerente de una de esas ciudades sanitarias, diría:

“Muchos de los ciudadanos de este barrio han tenido su primer y único contacto con el estado del bienestar a través de este hospital”. La sociedad se dotó de normas, a la muerte del tirano, que intentaban garantizar una igualdad en derechos entre los ciudadanos. Alguien pensó que había profundas desigualdades en salud y tuvo una idea genial: definir por ley un área, un lugar imaginario como la República de Platón, o la ciudad de Tomás Moro; habría de tenerse en ella todo lo necesario para restaurar y promover la salud de las personas, de forma accesible, universal y gratuita, en la que los servicios se prestaban esencialmente por servidores públicos, con un riguroso sistema de selección por méritos.

La sociedad, democrática ya, más justa, transversalizada por los impuestos y por las leyes, evolucionó hacia un sistema nacional de salud, universal y gratuito, real, en el que todos los ciudadanos, independientemente de su situación laboral o de su origen, tenían acceso completo a los servicios de salud.

Pero llegó una nueva época. Algunos nostálgicos de los privilegios volvieron al poder. Sintieron que era su momento de volver a vencer. Tenerlo todo otra vez. Echar a los descastados que habían rozado el poder por error.

Un médico muy viejo, más viejo que Gagaula, la inefable personaje de Las Minas del Rey Salomón, sintió nostalgia del pasado de las igualas y sanatorios, del tiempo de las enfermeras con cofia, y comenzó a hablar. Y sus palabras sonaban como campanillas a los oídos de los codiciosos, que por cada venta falsa llenarían más bolsas para mover por Cartagena de Indias. Sonaron bien también a los hijos de la camarilla extinta que veían una oportunidad para la resurrección. Sonaron bien, en fin, a los liberales que cada día acaparan más poder, a los que presumen de no estar ni por dinero ni por profesión, pero llevan cuarenta años colgando del cable de lo público. Fueron palabras perfectas para los adictos a la puerta giratoria, que ya se veían gobernando el futuro privatizado.

Solo tuvieron un fallo en el cálculo. El anciano creyó que los médicos, los profesionales liberales por antonomasia, se pondrían de su parte. Querrían ser aliados de esa deconstrucción del sistema público. Pero hasta los médicos habían cambiado. Habían tomado muchas veces cerveza con albañiles en los mismos bares. Habían tenido hijos con aquellas enfermeras y se habían juramentado en que nunca más llevarían cofia. Ese país había cambiado, aunque a muchos les resultase insoportable ese cambio.

Juan Martínez Hernández

cerradura 

Uno de nuestros objetivos es prolongar nuestra existencia en este planeta cuanto más tiempo mejor. Pero vivir más también puede resultar caro en términos de adaptación. De entrada, hay que subrayar que todos tenemos una fecha de caducidad y que en función de la misma nuestro organismo ajusta el funcionamiento de todas sus células. De ahí que, si estiramos la goma y prolongamos nuestra existencia, parece lógico pensar que alguien (alguna parte de nuestro cuerpo) ha de tener que pagar la fiesta. Es decir, que tendremos que acostumbrarnos a vivir con nuevas enfermedades —achaques producto del funcionamiento de células gastadas— y a combatirlas.

Quizá uno de los ejemplos más palmarios lo encontramos en nuestra osamenta. Diseñada para aguantar nuestra constitución, los huesos no tenían previsto estar tanto tiempo en activo y con su deterioro surgen los problemas de descalcificación, artrosis, artritis…. También el desarrollo de determinado tipos de cáncer es una buena muestra de ello. Sobre todo de aquellos cuya aparición, estadísticamente hablando, surgen a partir de determinada franja de edad adulta. Cuando la esperanza de vida no superaba los 50 años, lógicamente, no se desarrollaban, moríamos por otro tipo de causas. Ver artículo completo »

el color de los medicamentos<br /><br />

Los comportamientos de los humanos responden a diferente tipo de variables. Nos dejamos llevar por las percepciones que procesamos a través de los cinco sentidos a la hora de tomar determinado tipo de decisiones. Como especie, ni el oído ni el olfato resultan las más determinantes —tenemos una cierta desventaja sobre otras—. En cambio, la vista parece que nos influye sobre las demás.

En otras ocasiones hemos comentado cómo realmente comemos por la vista o cómo los colores predisponen favorable o desfavorablemente nuestro estado de ánimo. De hecho, esta circustancia es bien conocida por las compañías aseguradoras, que a través de sus propias estadísticas de siniestros establecen sus rankings de conductores más asiduos a entregar partes de accidentes. De hecho, aquellos automovilistas —entre otras variables como la edad, años de carnet, etc— que optan por comprar vehículos de color rojo muestran una predisposición a mantener una conducción más agresiva y, por lo tanto, resultan potencialmente más caros. Ver artículo completo »