La que tiene todos los visos en convertirse, cuando menos, en la noticia de la década, la bacteria GFAJ-1 que utiliza arsénico en vez de fósforo, obliga a la comunidad científica a reflexionar sobre la capacidad que tienen las especies para evolucionar en condiciones extremas, casi imposibles.
Sabemos la capacidad que tienen los organismos a adaptarse al entorno, pero éramos conscientes que estos cambios (evolución) se hacían en un proceso gradual largo en el tiempo. Los Hiparion
—unos animalillos del tamaño de un perro pequeño— son el origen de nuestros caballos; unos herbívoros (algo semejante a unas vacas) que pastaban algas en la orilla se trasformaron en ballenas al adaptarse progresivamente al ambiente marino; o las actuales aves —descendientes de los dinosaurios— confirman que el tiempo profundo es la manera de conseguir cambios evolutivos extraordinarios.
Sin embargo, el estudio de los seres más diminutos, los microbios, está cambiando estas ideas, ya que algunos de ellos consiguen sobrevivir en los ambientes más extremos —lo que no es raro— y, sorprendentemente, lo hacen muy rápido. Ver artículo completo »





