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Mileva Maric y Albert Einstein. Foto de Galaxy FM

Esposa y madre… Las pocas mujeres que podían escapar a esta especie de determinismo histórico en los albores del siglo XX y lograban acceder a una formación académica o científica estaban condenadas a desarrollar su carrera   a la sombra de sus maridos.

Tan asumido tenía su rol Mileva Maric, la única mujer de su promoción en el instituto Politécnico Federal de Zúrich, que en una carta que dirige a su amiga Helene Kaufer comenta satisfecha: “Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”.

El trabajo no era otro que La Teoría de la Relatividad y su compañero por entonces era Albert Einstein. Pero solo pasará a la historia el genio de aspecto despistado de melena blanca y encrespada. Muy pocos rendirán tributo a esta matemática que puso soporte a una de las teorías que revolucionó el mundo de la Física.  Ver artículo completo »

Marie Curie ganó el Premio Nobel de Física en 1903, "en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubierta por Henri Becquerel"

“Hace poco hemos [plural] terminado un trabajo muy importante que hará [singular] mundialmente famoso a mi marido”. Aquel trabajo fue conocido como Teoría de la Relatividad y la frase es de Mileva Maric, mujer de Albert Einstein. El uso del singular pone de manifiesto la posición que ocupaba la mujer en los albores del siglo XX. Aun así, la mujer salía del túnel de la Edad Media, 1.500 años después del asesinato de Hipatia en Alejandría.

Los colegas de Einstein comentaban que Mileva resultaba desconcertante por lo buena matemática que era y afirmaban que “le resolvía [a su marido] todos sus problemas matemáticos, en especial los de la Relatividad”. Sin embargo, Mileva es una perfecta desconocida, abandonada por Einstein unos años antes de obtener el Nobel.

Mejor suerte corrió su contemporánea Marie Skłodowska-Curie, a quien se le reconoció su valía, dedicación y conocimiento con dos premios Nobel. Sin embargo, sufrió rechazo social por su relación personal con el físico Paul Langevin y jamás fue admitida en la Academia de las Ciencias Francesas.  Ver artículo completo »

El 5 de septiembre de 1906, el físico Ludwig Boltzman realizó su último experimento. Ató una soga a los barrotes de una ventana de su casa, hizo un nudo corredizo alrededor de su cuello y se ahorcó. Minutos más tarde, cuando la señora Boltzman regresó al hogar después de haber llevado un traje a la tintorería, se encontró a su marido muerto, quieto como el péndulo de un reloj al que se le ha acabado la cuerda.

Nunca se perdonó haber tardado en llegar a casa o incluso haber salido de ella y, así, evitar el desenlace fatal que la convirtió en viuda. Cuando el ser humano se enfrenta a una situación final, seguro que en más de una ocasión desearía tener la capacidad de retroceder en el tiempo para cambiar su manera de comportarse.

Manejar las manecillas del reloj a su antojo es una constante en la literatura, en la psicología, en la filosofía o en la física… En todas las disciplinas que precisan de una actividad intelectual.  Ver artículo completo »