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La existencia de agua ha permitido la vida en el planeta, pero el proceso progresivo y continuo de acidficación de los océanos, fruto del aumento de las emisiones de CO2, puede acabar con ella. La acción del hombre puede ser más devastadora que la naturaleza, y en materia de destrucción vamos bastante por delante.

El aumento del calentamiento global puede provocar efectos más devastadores que la extinción del Cámbrico (hace más de 300 millones de años), cuando la mayoría de las especies que pisaba la Tierra desparecieron, según un estudio publicado por el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.

El calentamiento de la temperatura del océano en uno o dos grados se venía asumiendo como algo inocuo, pero en realidad afecta, y de qué modo, a la cadena de la vida, porque la capacidad de adaptación los organismos a estos cambios es más lenta que el incremento de las temperaturas.  Ver artículo completo »

Petróleo fluyendo en el arroyo Minero, en la Patagonia. Foto de Más que Ciencia

En nuestro imaginario colectivo, las imágenes de desolación y muerte asociadas a las mareas negras producidas por derrames de petróleo crudo representan la imagen de la catástrofe ecológica por excelencia. Resulta difícil olvidar los vertidos del Exxon Valdez arrasando las costas de Alaska o los titánicos esfuerzos para remediar el vertido del Prestige. Pese al bienintencionado Nunca Mais, mientras se use el petróleo, seguirá habiendo mareas negras, como recuerda cotidianamente el vertido incontrolado de BP en el Golfo de México.

El petróleo crudo es una sustancia muy compleja, constituida por una mezcla de mas de 10.000 hidrocarburos diferentes, lo que supone una multitud de efectos sobre los ecosistemas. Ya se conocen bien los que producen sobre las comunidades de organismos más grandes (aves, peces, marisco, etc). Sin embargo, apenas se empiezan a conocer las consecuencias fatales que tienen sobre las comunidades microbianas (la maquinaria fundamental para el funcionamiento de toda la vida sobre la Tierra).

Se sabe que una gran parte de los microorganismos sucumbe a los efectos de algunos de los componentes del crudo, como los hidrocarburos poli-cíclicos aromáticos (PHAs). Y entre ellos, las microalgas (responsables de la mitad de la fotosíntesis del planeta: sosteniendo la vida marina y produciendo la mitad del oxígeno que respiramos) resultan particularmente sensibles.  Ver artículo completo »

Mancha de petróleo en el Golfo de México

Puede resultar equivocado, y hasta hipócrita, escoger una imagen que para la Biosfera resuma un año repleto de inestabilidad. El problema estriba en que durante este insignificante periodo de tiempo, los 7.000 seres humanos que habitamos el planeta hemos sido protagonistas indiscutibles, víctimas y verdugos, héroes y villanos, de catástrofes medioambientales sobrecogedoras y descubrimientos científicos inquietantes.

Podríamos haber escogido una imagen de la naturaleza más destructiva: el terremoto de Haití, un seísmo de magnitud 7,3 en la escala Richter que convirtió en polvo a uno de los países más pobres de la Tierra. O, quizá detenernos y otorgar el protagonismo a un extraño ser microscópico como la bacteria GFA1, que ha demolido los esquemas de la vida terrestre que la Ciencia viene tratando de descifrar desde la noche de los tiempos.

Por eso, la elección recae en la acción directa de hombre: el desastre ecológico provocado por la multinacional British Petroleum (BP) el 20 de abril en el Golfo de México. No lo es porque fuera la costa de EE UU la más afectada, o quizá por eso. Pero Más que Ciencia considera que esta catástrofe simboliza el resumen de las plagas medioambientales que están destruyendo el planeta. La devastación, que llegó a cotas de auténtico paroxismo, colisionó con la arrogancia mostrada por la empresa a la hora de controlar el accidente. Hasta 15 días tardaron en reaccionar y más de un mes en calificar el vertido de “catastrófico”.  Ver artículo completo »

Mejillones en el mar. Foto de scaamanho

Cuando consumimos moluscos crudos, sobre todo aquellos que proceden de países tropicales, nos comemos también las bacterias, virus o quistes de los parásitos que portan, como puede ser el virus de la hepatitis A.

Por ello, saber su origen es especialmente importante para aquellos pacientes inmunodeprimidos de enfermedades como el sida o en tratamientos médicos administrados a receptores de trasplantes. Ambos tipos son especialmente vulnerables a las infecciones que portan los moluscos, incluyendo la diarrea que produce un pequeño parásito, el criptosporidio, que anida en su interior.

Del mismo modo, las biotoxinas producidas por el plancton (concretamente por el grupo de los dinoflagelados) o por algas en agua dulce pueden provocar graves problemas de salud, con potenciales efectos a largo plazo. Además, estas algas son responsables de cambios en el equilibrio ambiental favoreciendo la aparición de mareas rojas, otro efecto del cambio climático.  Ver artículo completo »

El coral puede desaparecer a causa del cambio climático

 

Hasta que los portugueses doblaron el cabo Bojador, pocos años antes de que se inaugurara la era de los grandes descubrimientos del siglo XVI, los humanos creían firmemente en teorías tan extravagantes como que más allá de este punto la temperatura de las aguas derretía los navíos y la vida submarina resultaba imposible.

Las viejas leyendas se hacen realidad y asistimos con pasividad a la subida de las temperaturas de los océanos, otra perversa consecuencia del cambio climático. Se asume erróneamente que la fortaleza del ecosistema marino cuenta con un grado de invulnerabilidad y un margen de maniobra que permiten a la vida desarrollarse sin problema alguno entre la frialdad de la corriente Antártica y la calidez de las aguas del Caribe.

Se asume que el océano es capaz de diluir cualquier alteración térmica y que suba uno o dos grados su temperatura no entraña peligro. Pero los efectos del calentamiento global sobre el océano desmienten esta imagen. Relativamente pronto se podrían alcanzar temperaturas no experimentadas desde hace un millón de años. Ver artículo completo »

La naturaleza es sabia y, como venganza, hace que nos comamos nuestra propia basura. Solo en el Mediterráneo, cuatro de cada cinco objetos que contiene el mar son trozos de plástico (17 veces el total del pescado y marisco capturado por la flota española). A menudo, las redes de los arrastreros suben más plástico que pescado.

Pero eso no es lo más grave. Buena parte de este residuo se encuentra en el interior del cuerpo de los animales marinos, desde las ballenas hasta los diminutos organismos zooplanctónicos.

Se ha encontrado en las vísceras de la mitad de las especies marinas. 80 especies de cetáceos (ballenas y delfines) tienen plástico en su interior. También abunda en las aves (un examen a 3.000 fulmares mostró que el 95% de ellos tenía alrededor de 20 gramos de plástico en el estómago). Aparece en  el 35% de los peces. Incluso en las medusas y el pláncton. Ver artículo completo »