Basta con ponerse a dieta para que te apetezca todo aquello que te ha prohibido el nutricionista. Seguro que a ustedes les pasa lo mismo. Es el maldito cerebro, que nos recuerda que las pizzas, los chuletones, las tartas… están buenos, pero que muy buenos. El cerebro y otro aliado: el estómago, que también juega su papel en esto de desear alimentos ricos en calorías.
Porque cuando el estómago está vacío, activa una región del cerebro, la corteza orbitofrontal (una de las regiones cerebrales menos estudiadas), donde se focaliza la toma de decisiones y la formación de expectativas; en concreto, es la zona que regula la planificación de la conducta asociada a las ideas de recompensa y castigo.
Pero no nos distraiguemos de nuestro asunto. Decíamos que cuando nuestras tripas rugen le mandan señales solicitando ayuda al cerebro, le dicen claramente que se está acabando el combustible para funcionar y le exigen que tome decisiones. Y no solo a corto plazo, parece que le exige que la comida que se ingiera sea la más abundante en calorías. Ver artículo completo »












