Por muy difícil que resulte entenderlo en los actuales tiempos de oscuridad -España bordea hoy la entrada el selecto club de países deudores conocido como PIGS (cerdos)-, en 1789 el Estado español dedicaba al desarrollo científico un presupuesto muy superior al de resto de naciones europeas. La monarquía absoluta de Carlos III gobernaba sobre un vasto e inhóspito territorio y el rey era un fanático de la ciencia, la técnica, los globos aerostáticos y las estrellas. Un monarca ilustrado, una rara avis en tiempos de decadencia.
Se financió una asombrosa cantidad de expediciones científicas a Nueva Granada, México, Perú y Chile, pero el más ambicioso y largo de aquellos viajes fue, sin duda, el que capitaneó Alejandro Malaspina. Una vuelta al mundo para cartografiar los océanos y poner nombres en español a las cosas y seres que habitan la Tierra. Durante cinco años, navegó por las costas de Suramérica hasta el río dela Plata, continuó hasta las islas Malvinas yla Patagonia. Dobló el Cabo de Hornos y pasó al Pacífico para subir hacia el norte, a lo largo de su costa, y alcanzar Acapulco, en México. Ver artículo completo »






