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Hespérides, en la expedición Malaspina. Foto de puratura.com

Por muy difícil que resulte entenderlo en los actuales tiempos de oscuridad -España bordea hoy la entrada el selecto club de países deudores conocido como PIGS (cerdos)-, en 1789 el Estado español dedicaba al desarrollo científico un presupuesto muy superior al de resto de naciones europeas. La monarquía absoluta de Carlos III gobernaba sobre un vasto e inhóspito territorio y el rey era un fanático de la ciencia, la técnica, los globos aerostáticos y las estrellas. Un monarca ilustrado, una rara avis en tiempos de decadencia.

Se financió una asombrosa cantidad de expediciones científicas a Nueva Granada, México, Perú y Chile, pero el más ambicioso y largo de aquellos viajes fue, sin duda, el que capitaneó Alejandro Malaspina. Una vuelta al mundo para cartografiar los océanos y poner nombres en español a las cosas y seres que habitan la Tierra. Durante cinco años, navegó por las costas de Suramérica hasta el río dela Plata, continuó hasta las islas Malvinas yla Patagonia. Dobló el Cabo de Hornos y pasó al Pacífico para subir hacia el norte, a lo largo de su costa, y alcanzar Acapulco, en México.  Ver artículo completo »

Esta bacteria utiliza arsénico para vivir

Refugiado en el Trinity College de Dublín en medio de la masacre de la II Guerra Mundial, Erwin Schrödinger (físico), escribió What Is Life? (¿Qué es la vida?). Con él se inauguró una de las líneas de pensamiento más prolíficas del siglo XX: el abordaje reduccionista de la genética molecular, que resultó clave para desvelar las características fundamentales de la vida en la Tierra.

A partir de entonces, la genética molecular nos marcó una única línea de trabajo: la vida sólo es posible con moléculas de ADN, ARN, proteínas, lípidos y glúcidos, construidos con seis tipos de átomos: carbono (C), hidrógeno (H) oxígeno (O), nitrógeno N), azufre (S) y fósforo (P) —incluso cuando se busca vida extraterrestre se rastrea una composición similar—. Hasta Craig Venter, el padre del secuenciado del genoma humano, cuando intenta generar vida en el laboratorio se plantea conseguir un organismo de estas caracterísitcas.

Al mismo tiempo que Schrödinger, John Von Neumann1 (también físico) llegaba a la conclusión de que una máquina realmente eficiente es aquella capaz de construir otra igual a sí misma mientras trabaja. En otras palabras, imagine que elige el mejor coche que hay en el mercado. Al cabo de unos años será chatarra. Según Von Neumann, el mejor coche posible es aquel que, después de unos años de uso, es capaz de producir otro nuevo.  Ver artículo completo »

Felisa Wolfe-Simon ante el árbol de la vida

Uno de los eslóganes más coreados durante las revueltas estudiantiles de mayo del 68 era “Hay otros mundos, pero están en este”. El equipo dirigido por Felisa Wolfe-Simon ha demostrado, al descubrir una bacteria que utiliza el arsénico para vivir y crear vida, que la utopía es una realidad.

Ahora bien, ¿esta bacteria estaba ahí y no lo sabíamos hasta ahora? ¿Es una adaptación seleccionada por las condiciones extremas, lo que abre nuevos caminos para reflexionar sobre cómo se adaptan los organismos al cambio global? ¿O es un ser que procede del mundo exterior y, por lo tanto, abre nuevas vías a aquellos que buscan vida fuera de la Tierra? Sea lo que fuera, lo cierto es que vive entre nosotros, pero no es como nosotros.

Hasta el pasado viernes 2 de diciembre, la comunidad científica trabajaba con un solo paradigma: todos los organismos vivos, desde el microbio más pequeño al ser humano (y hoy somos más de 12 millones de especies diferentes), compartimos un mismo patrón, una misma maquinaria molecular: ácidos nucleicos (ADN y ARN que contienen los planos de construcción y las instrucciones de funcionamiento), proteínas (que ejecutan las instrucciones de los planos), lípidos y glúcidos (ladrillos y combustible).  Ver artículo completo »

Cianobacteria

El nitrógeno es uno de los pilares básicos que sustentan la vida en este planeta que con tanto ahínco nos proponemos destruir. Es un elemento fundamental en la síntesis de proteínas, las macromoléculas básicas de las que estamos formados.

La principal reserva de este elemento se encuentra en la atmósfera (el 78%), donde resulta imposible de utilizar por la inmensa mayoría de los seres vivos. Tanto, que el ser humano tuvo que esperar hasta el siglo XX para que mediante un complejo procedimiento llamado reacción de Haber lo pudiéramos capturar (su descubridor fue galardonado con el Nobel). Hasta entonces, utilizábamos las minas (las más famosas, las de nitrato de Chile).

Los sistemas terrestres se apañan mediante las plantas leguminosas. Estos vegetales forman unas complejas asociaciones con unas bacterias especializadas en la fijación del nitrógeno. Dejando los campos en barbecho se consigue que las leguminosas silvestres los enriquezcan en nitrógeno. Ver artículo completo »