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 music

Comer, beber y… ya imaginan, practicar sexo. Son tres actividades básicas que se focalizan en una zona de nuestro cerebro que se denomina genéricamente sistema de recompensa. Nadie nos recompensa por eso, que quede claro, ya le gustaría a algunos que se dejan tentar por alguno de los pecados capitales. Tan solo es que se activan en esta parte de nuestra cabeza una serie de hormonas que nos provocan sensaciones placenteras.

Y como el equilibrio parte por producir una dosis adecuada de estas sensaciones y todos pretendemos vivir en armonía, las buscamos de manera más o menos continuadamente. Todo eso sucede en el núcleo accumbes. Esta estructura cerebral está siendo objeto de numerosos estudios neurológicos para conocer, además de las actividades descritas, qué otro tipo de acciones lo ponen a producir hormonas. Ver artículo completo »

bibe

Cuando pasas de cierta edad o simplemente cuando las vivencias se van acumulando ,pasamos buenos momentos dándole al review de la memoria y recordando esos tiempos pasados. Momentos de ensoñación que, curiosamente, siempre se detienen en un punto a partir del cual no somos capaces de recordar nada.

Es como si tuviéramos cada uno una señal inscrita en nuestro cerebro donde comenzara a funcionar la grabadora. Y más o menos eso es lo que ocurre. A partir de un momento de nuestra vida, comenzamos a recordar. Es lo que se llama amnesia infantil o amnesia de la infancia y tiene que ver con la capacidad de nuestras neuronas de establecer conexiones y las respectivas redes de la memoria. Ver artículo completo »

telepatia 

Los experimentos de telepatía no dejan de ser curiosos juegos de salón que hacen las delicias del respetable, que provocan la admiración ante los poderes del mago y que siembran la duda sobre el poder de la mente para intercomunicarse con otra. Ahora bien, el desarrollo informático ha abierto un nuevo campo de posibilidades que pueden hacer viable esta conexión sin cables de cerebro a cerebro.

Al fin y al cabo, sabiendo que el funcionamiento neuronal no es otra cosa que un biocircuito electrónico y que el software es capaz de convertirse en impulsos eléctricos, parece que la solución está al alcance de nuestras manos. Ya hemos comentado que ya existe ese cable que puede conectar el cerebro a un terminal de ordenador e intercambiar entre cerebro-máquina información. Así que, si es posible esta conexión, por qué no hacerlo con otro cerebro. Ver artículo completo »

auriculares

Uno de los espectáculos molestos que nos ofrece la civilización tecnológica es contemplar a esa caterva de adolescentes, y no tan adolescentes, solitarios que nos obsequian con su imagen contorneándose al compás de una melodía parapetados en unos auriculares —cascos, para entendernos— de donde percibimos algo parecido a una música. Bueno, se puede empeorar con unos gorgoritos desafinados saliendo de sus labios.

Presuponemos que, para escuchar esos sonidos, el volumen debe de estar tan alto que están acabando con su capacidad auditiva y que en nada y menos se quedarán sordos. Al menos, así se alimentó una leyenda urbana que ha ido creciendo desde que ese tipo de audífonos se popularizó en la década de los ochenta. De hecho, se publicó algún que otro estudio donde se afirmaba que una de cada 20 personas se estaba quedando sorda por el abuso de estos dispositivos. Ver artículo completo »

disco duro

Las analogías y las comparaciones pueden resultar muy peligrosas, pero sin duda resultan muy gráficas y a través de los ejemplos somos capaces de comprender fenómenos muy complejos. El desarrollo informático nos lleva sin duda a una de las analogías más curiosas: comparamos nuestro cerebro con un gran computador. Y en cierto modo es cierto. Entonces, siguiendo este hilo argumental, cabría preguntarse si, como cualquier ordenador al uso, el cerebro tiene una capacidad limitada para almacenar datos. Es decir, cuántos megas o gigas alberga nuestro disco duro.

Teóricamente es así. Tenemos un número determinado de neuronas en nuestro cerebro, entorno a los 100.000 millones, y nuestra capacidad de almacenar datos depende de la formación de conexiones neuronales. Además, recientes investigaciones han echado tierra al mito de que no se regeneran (hasta hace poco, se pensaba que las neurones no se reponían, así que una neurona muerta se perdía para siempre). Es decir, que su capacidad útil no es tan limitada como se pensaba. Sobre todo parece que está capacidad es especialmente activa en algunas regiones de la memoria, como los hipocampos. Ver artículo completo »

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

Hablaba de fósiles de dinosaurios el otro día y, pensándolo bien, hay preguntas que me rondan la cabeza cuando pienso en esas inmensas moles. Por ejemplo, si tenemos un diplodocus de 27 metros de longitud y le muerden en la cola, ¿tardará mucho el impulso nervioso en llegar al sistema nervioso central y reaccionar frente a la agresión?

Actualmente, los animales más grandes son mamíferos y podríamos hacernos una idea del proceso poniendo seguidos varios elefantes o una ballena azul. Pero los dinosaurios eran “lagartos terribles”, y cualquier comparación entre los sistemas nerviosos de mamíferos y dinosaurios es más que cuestionable. Eso sin contar que, de aquel tiempo a esta parte, el sistema nervioso de elefantes y ballenas ha evolucionado. Ver artículo completo »

Groucho Marx comentaba en uno de sus surrealistas diálogos: “Si no le gusta mis principios, no se preocupe, tengo otros”. Sin llegar al paroxismo de su frase, no resulta raro que las personas con firmes e inamovibles principios puedan acabar desarrollando un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Ahora bien, no hay que confundir este tipo de enfermedad con el complejo de culpa —tan arraigado en la cultura cristiana—.

Quienes presentan síntomas de padecer este trastorno se manifiestan como personas perfeccionistas hasta la exageración, que se preocupan por los detalles al máximo y que a la vez son incapaces de tomar decisiones. Intentan mantener la sensación de controlar lo que les acontece prestando una gran atención a las reglas, los detalles, los protocolos… Un ansia de prefeccionismo que los acaba convirtiendo, entre otras cosas, en obsesos del trabajo y en personas que apartan el ocio de sus ocupaciones (los distrae). Esta enfermedad afecta a un 2% de la población. Ver artículo completo »

Dicen que el miedo es un síntoma de evolución y de supervivencia. A simple vista puede parecer una tontería, pero tiene su sentido. El miedo evita que nos metamos en problemas. Es decir, si lo entendemos como un mecanismo de respuesta de nuestro organismo ante un entorno hostil, el miedo a eso desconocido nos hace estar en alerta y, por lo tanto, nos obliga a tomar decisiones que a la larga y a la corta nos eviten meternos en situaciones ante las que peligre nuestra vida.

Aunque también es cierto que los comportamientos más temerarios —que no temerosos— ofrecen la posibilidad de controlar ese entorno aparentemente hostil y dominarlo. Por ejemplo, hizo falta quemarnos o sentir el calor con toda la intensidad para que un temerario comprendiera que esa quemazón se puede evitar protegiéndonos; y de ahí a inventar los guantes ignífugos va un paso.

Pero sin entrar en polémicas, lo cierto es que llevado el miedo al extremo lo que produce es el desarrollo de una patología que se denomina fobia. Y todos, más o menos, tenemos una pequeña colección de fobias a nuestras espaldas: ya sea a las arañas, a los espacios cerrados a las alturas o a algo más insólito como salir de casa sin el teléfono móvil —esta fobia moderna se denomina nomofobia—. Dicen que una de cada diez personas desarrolla este tipo de enfermedad, que produce ansiedad y, con ella, los trastornos que todos conocemos.  Ver artículo completo »

Una mujer y un hombre, heterosexuales se entiende, jamás podrán ser solo amigos. ¿Cierto? Como cliché es una cuestión que ha llenado horas y horas de interminables y agradables charlas de café y cuya afirmación encuentra vehementes defensores y detractores, basándose casi siempre en las experiencias personales o narradas en tercera persona pero muy próximas.

Hay quien afirma sin rubor que haberla hayla, pero que si es posible es porque siempre, y recalcamos el adverbio, una de las dos partes ha de controlar sus impulsos sexuales hacia la contraria (normalmente el varón), cuando no son las dos las que refrenan y/o abortan los impulsos y deseos sexuales. Vamos, que es algo de nuestra naturaleza y cuando se encuentran un espécimen XX con uno XY se activan, y de qué modo, los instintos de reproducción y, por lo tanto, las ganas de ejecutar el ayuntamiento. Ver artículo completo »

Optimismo

De todas las especies que pueblan la Tierra, seguramente somos la que presenta unos grados más grandes de optimismo. Es posible, porque jamás dejamos ese componente infantil que nos hace pensar que lo malo solo le puede ocurrir al resto o porque, cuando crecemos, no abandonamos esa faceta temeraria en nuestro comportamiento.

De hecho, esa forma de entender nuestra relación con el entorno es la responsable de la toma de decisiones que solemos calificar como inconscientes y que, en ocasiones, nos hace adoptar riesgos innecesarios con consecuencias fatales. El resto de los animales huyen habitualmente de lo desconocido o, cuando menos, desconfían de una manera tal que en pocas ocasiones ponen en riesgo su vida. Y cuando eso ocurre se debe a un error de cálculo o a la adopción de algún tipo de acción cuando están asustados y no controlan totalmente sus movimientos.

Olvidémonos de las otras especies y sigamos con nosotros. Los estudiosos del cerebro lo definen como “un sesgo optimista” que discrimina en nuestro interior lo que pueden representar buenas o malas noticias. En términos geográficos, está localizado en la circunvolución frontal inferior del hemisferio izquierdo, una pequeña área del encéfalo que inhibe de alguna manera el efecto de las malas noticias.  Ver artículo completo »