A menudo se publican crónicas de científicas y tecnólogas de extraordinario mérito y bonhomía: son hijas de Hipatia tan notables como Madame Curie o Rita Levi-Montalcini. Su simple existencia convierte en absurdo cualquier prejuicio machista. Pero son las mujeres como Joan Hilton (principal artífice de la bomba atómica China) o Hanna Reitsch, capaces de figurar en el número uno de la felonía mundial, quienes nos demuestran irrefutablemente que, como dice la vieja copla castellana, “entre mujer y hombre poca diferencia va”.

El 26 de abril de 1945 un pequeño avión Fieseler Fi 156 Storch logra aterrizar en la Puerta de Brandeburgo, a tan solo unos pocos pasos del búnker de Hitler. La piloto capaz de semejante hazaña, una mujer de menos de 1,50 m de estatura y apenas 40 Kg de peso: Hanna Reitsch.

La feroz Batalla de Berlín, que terminará con el régimen nazi, está a punto de finalizar. Reitsch, que sentía verdadera adoración por Adolf Hitler, intenta convencerlo de que abandone el Berlín sitiado y huya con ella. No lo consigue, pero repitiendo hazaña escapa despegando de una calle el 28 de abril: el último vuelo desde la capital nazi. Los rusos no logran abatirla.  Sigue leyendo