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La ortodoxia cristiana dice que somos “imagen y semejanza de Dios”… pero como este señor (o ¿señora?) “está en todas partes” no debiéramos ser tan distintos de otras especies como nos creemos porque, de ser así, habría que buscar la intervención del Maligno en los elementos que nos diferencian del resto —a nosotros o a ellos—. Digo yo.

Así que, si obviamos la arrogancia que nos caracteriza —quizá esa parte de nuestro carácter es obra del mismísimo demonio— y evitando las comparaciones —existen cientos de cosas que nos hacen bastante más torpes y menos inteligentes que muchos animales—, así como en aras de buscar esos puntos comunes que nos asemejan al resto, por aquello de sumar y no restar —ya saben: siempre positivo nunca negativo—, habrá que tirar de la genética para encontrar ese tronco común y esas líneas que nos definen. Porque seguro que existe algo que objetivamente nos haga ser distintos.

Desde que en el año 2006 se hizo publico el genoma humano, llamó poderosamente la atención un grupo de genes denominados HAR, que responde a las siglas Human Accelerated Regions (regiones humanas aceleradas). Estas regiones, que son un total de 49, la presentan muchos vertebrados, pero las que tenemos los humanos son muy diferentes a la del resto, incluso a las de los chimpancés, que tan cerca están de nosotros en la escala evolutiva. Ver artículo completo »

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Uno de los enigmas que los humanos nos empeñamos en descifrar es el origen de la vida. Representa una de las cuestiones a las que intentamos dar una respuesta desde las más variadas disciplinas. En las últimas décadas, parece que nos hemos instalado en el consenso de que vida es todo aquello que evoluciona —o tiene capacidad de evolucionar—.

Si pasamos por alto las interpretaciones teológicas —que merecerían un capítulo al margen—, parece claro que los mecanismos evolutivos que hacen evolucionar a las especies es un fenómeno que se llama mutación.  Las mutaciones son cambios en la información genética que pueden permitir a los individuos adaptarse mejor a las condiciones ambientales (mutaciones beneficiosas) o bien tener consecuencias desastrosas siendo causa de enfermedad (mutaciones deletereas). Ver artículo completo »

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Trabajando entre marmitones en una mazmorra en largas noches en vela se perfila la imagen de los alquimistas de la Edad Media. Esos ciudadanos a caballo entre los científicos y los brujos, entre la razón y el esoterismo, que dedicaban su vida entera a la búsqueda de la piedra filosofal. Una piedra que, al entrar en contacto con otros metales, alteraba su composición y los convertía en oro.

Nada tiene que ver su imagen con la del rey Midas, sin duda, pero sus consecuencias podrían formar parte de la misma leyenda. Siglos después de haber erradicado esa superchería del imaginario científico, estudiando la vida en los ambientes extremos, los investigadores descubren comportamientos de determinados microorganismos que asemejan el paradigma de los alquimistas: son capaces de sacarse oro de la manga. Ver artículo completo »

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Por mucho que se empeñen los poetas y por muy poéticos que puedan resultar, los ojos negros no existen. O, mejor dicho, si los ve no tenga duda: esta frente a una persona enferma. Se denomina Aniridia y su principal síntoma es que la falta total o parcial del iris.

Se trata de una rara enfermedad que afecta a los dos ojos por igual y tiene su origen en el anómalo funcionamiento del gen PAX6, el encargado de regular la unión de las proteínas con el cuerpo. Quienes la padecen tienen una visión baja y padecen fotofobia, pero también puede afectar al aparato urinario, los riñones e incluso al desarrollo mental. Se conoce como tal desde principios del siglo XIX.

Pero volvamos al color de ojos. Esos negros que inspiran a los vates son realmente de color marrón oscuro —los predominantes para nuestra especie humana—, pero además de los verdes y azules, los siguientes en abundancia, los hay de más colores.  Ver artículo completo »

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Si nos detenemos a pensarlo, posiblemente nos entre algo de vértigo. Los animales pluricelulares formamos una complicada estructura celular y molecular formada por miles de organismos que vamos transmitiendo de generación en generación y que deben funcionar con la precisión de un reloj suizo.

Una desincronización o desajuste de la maquinaria tiene consecuencias fatales, o mejor dicho puede tenerlas. A estos defectos de fábrica nosotros los llamamos genéricamente enfermedades. Aunque no tienen necesariamente que ser malos, ya que forman parte de la propia cadena evolutiva. Pero sea como fuere, siempre acabamos anotando las consecuencias negativas.  Así que reparemos un momento en ellas.

Hace días ya subrayábamos que esa transmisión genética de una generación a la siguiente no resultaba tan perfecta, que se producían mutaciones y que el resultado de esas mutaciones en términos del funcionamiento de nuestro cerebro era la posibilidad de poner una fecha de caducidad a la inteligencia de los humanos. Es decir, una regresión evolutiva. Ver artículo completo »

La evolución de los organismos vivos depara grandes paradojas. Sobre todo si la miramos desde nuestro punto de vista. Por una parte, nos coloca en la cúspide (o muy cerca de ella, si nos dejamos llevar por los instintos más bajos) de los animales más inteligentes que moran la Tierra, pero por otra nos ha llenado de imperfecciones (taras de fábrica) que podrían hacernos desaparecer. Pero a pesar de esas deficiencias, aquí seguimos dando la lata.

Desenredemos el trabalenguas. Somos de los pocos mamíferos (apenas otras dos especies más y algún ave) que no somos capaces de producir vitamina C o ácido ascórbico por nosotros mismos y, por lo tanto, tenemos que incorporarla a través de la ingesta de alimentos que sí la poseen. Una vitamina que resulta vital para evitar el envejecimiento prematuro, facilita la absorción de otras vitaminas y minerales, es antioxidante y previene ante enfermedades degenerativas (como el alzehimer, el cáncer o la arterioesclerosis) o cardíacas.

Es decir, que sin ella seríamos incapaces de producir colágeno, las venas y demás vasos sanguíneos se romperían, dejaría de funcionar los tejidos conectivos (los que nos mantienen con la estructura que tenemos; son los que unen músculos con huesos, por ejemplo) o se nos caerían los dientes.  Ver artículo completo »

Ada Yonath impartiendo la conferencia "El increíble ribosoma". Foto de gedankenstuecke

La trayectoria vital y profesional de Ada Yonath es una historia de superación ante problemas que harían rendirse a muchos. Su constancia a la hora de estudiar cuando el entorno no era favorable y de mantener durante décadas una investigación en la que pocos dentro de la comunidad científica creían la ha llevado a estar más cerca que nadie de la esencia de la vida y a recibir el Premio Nobel.

Cuando nació en 1939 en Jerusalén, hija de una familia de escasos recursos económicos y sin estudios, pocos podrían haber sospechado que Ada Yonath acabaría siendo una eminencia del campo de la Química. Los precedentes familiares, según ella misma ha revelado, no daban el perfil de quien se dedica a la ciencia: padre rabino, que solo había estudiado sobre religión judía, y madre ama de casa entrenada para ello desde pequeña. Ambos, con lo justo para vivir. Pero Ada, desde pequeña, tenía curiosidad por el conocimiento.

A pesar de las carencias económicas, los padres de Ada siempre apoyaron su decisión de estudiar. El padre, de salud precaria y asiduo de los hospitales, falleció cuando ella solo tenía 11 años, lo que debilitó aun más las finanzas domésticas. La niña tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a la madre, limpiando casas o cuidando niños, pero no por ello desistió en su empeño de estudiar.  Ver artículo completo »

Cultivo de bacteria E. coli

Cuando hablamos de mutantes, lo primero que piensa la mayoría de la gente es en monstruos con tres ojos, tres brazos, con algún otro tipo de deformidad o con superpoderes. Sin embargo, no todas las mutaciones son lo que estamos acostumbrados a pensar; nosotros los humanos, sin ir más lejos, somos el fruto de innumerables mutaciones que se generaron a lo largo de muchos millones de años a partir de una célula primitiva.

Existe la creencia popular de que los mutantes se originan debido a condiciones adversas en el entorno, es decir, que la mutación es postadaptativa, y nada más lejos de la verdad; en realidad, las mutaciones son preadaptativas y ocurren al azar, no debido a ningún efecto del entorno.

Los encargados de demostrar que las mutaciones no están causadas por ningún agente externo, ni producidas por ninguna causa inducida fueron Luria y Delbruck en 1969, y fueron galardonados con el Premio Nobel por este descubrimiento.  Ver artículo completo »

Vencer el cáncer es uno de los caballos de batalla de la ciencia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Cada semana, cada mes, aparecen noticias esperanzadoras sobre técnicas, fármacos o simplemente algo tan básico como determinante: conocer cómo se desarrolla a través de secuenciar los genes que conducen a su aparición.

La penúltima se refiere a la leucemia linfática, tiene apellido español (sus protagonistas son un grupo de investigadores españoles liderados por los doctores Elías Campo y Carlos López Otín) y aborda la secuenciación completa del genoma de este tipo de cáncer, un paso previo para encontrar los tratamientos adecuados.

Se sabe que el cáncer se produce por un conjunto de daños genéticos en las células normales. Estas alteraciones hacen que proliferen una serie de células de manera incontrolada que irrumpen en el normal funcionamiento del organismo (en este caso linfocitos B).  Ver artículo completo »

Imagen de latvian

Uno de los argumentos que esgrimen con virulencia los detractores de la teoría de la evolución y seguidores del negacionismo evolutivo es la búsqueda del eslabón perdido. Preguntan hasta la saciedad por ese nanosegundo en la cadena donde el mono pasó a ser hombre.

Algunos se limitan a negar que ese tiempo existiera y, por lo tanto, rompen con cualquier posibilidad de que exista una línea fina que una a los seres más evolucionados con los microorganismos unicelulares ancestrales sin más.

Otros, como en su día hiciera Maradona, atribuyen ese tiempo pretérito a la intervención divina y establecen que, tocados por su mano, nos convertimos en lo que somos (o éramos o seremos). ¿Y la genética? Pues bien gracias, debe de ser un entretenimiento del creador puesto en nuestro camino para que no nos aburramos demasiado.  Ver artículo completo »