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Vigorexia

vigorexia

Cuando uno pone la vista hacia adelante, al verano que se avecina, no puede evitar la tentación de mirarse algo más detenidamente en el espejo al salir de la ducha. Rápidamente, no puedo evitar la sensación de que hay que acometer algún reajuste. Dietas y ejercicio son las soluciones más habituales y, en cierta medida, si se hacen con unas pautas adecuadas no solo serán buenos para perder esos kilos de más, sino que además valdrá para estar mejor a todos los niveles.

Si vamos al gimnasio, ya sabemos, hay de todo, pero siempre llaman la atención los mazas, esos que se toman el ejercicio y las pesas como una penitencia existencial cuyo único fin es esculpir esos pectorales y esa tableta de chocolate a base de machacarse en el gimnasio y de tomar alguna cosilla…

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El olor del miedo

El corazón late de manera acelerada, las pupilas se dilatan o se nubla la vista, se seca la boca, el vello se eriza y sentimos escalofríos, sudamos, parece incluso que nos falta el aire y cualquier roce o sonido desconocido hace que saltemos como un resorte porque estamos en tensión. Son algunos de los síntomas del miedo. Son respuestas físicas automáticas de nuestro organismo que se denominan “respuesta de lucha/huida”. Ahora bien, ¿el miedo huele?

Decimos que los perros saben por su olfato si una persona les teme. Y eso es porque detectan a distancia el olor de la adrenalina, algo que los humanos no somos capaces de hacer. Ahora bien, a corta distancia sí somos capaces de percibir ese cambio, aunque no lo asociamos de manera automática a esa sensación. Ver artículo completo »

Erguirse sobre las cuatro extremidades para apoyarse solo en dos representa uno de los grandes saltos en la evolución. Para algunos es una señal de la supremacía de los mamíferos llamados humanos sobre el resto (de los mamíferos, se entiende, ya que las aves y algún que otro saurio lo hicieron antes). Eso, y el desarrollo cerebral.

Ahora bien, en términos ergonómicos y de diseño, el negocio ha resultado una ruina total. Vamos, una chapuza poco pensada o una decisión precipitada, a pesar de su presunta mayor inteligencia. Existen en nuestra anatomía pruebas del error que aun arrastramos. Ver artículo completo »

No hay nada tan inútil como la muela del juicio o el apéndice. Parece que están en el cuerpo con el único fin de provocarnos dolor. No parecen tener una misión concreta para que funcione esa máquina que algunos definen como perfecta. Aún así, forman parte de nuestro organismo. Son huellas del largo recorrer en el tiempo para llegar a ser una especie que se considera a sí misma como la reina de la naturaleza.

Las muelas del juicio son herencia de tiempos pretéritos donde los humanos mascaban hierbas para complementar su alimentación y donde una hilera de molares más facilitaba la tarea. Hoy es raro la persona que no acaba en el sillón del dentista para su extirpación. Y para digerir la celulosa de esa dieta rica en proteínas vegetales, estaba el apéndice.

El propio Darwin llegó a catalogar una decena de miembros “inútiles” en la anatomía humana que consideraba sin interés para la selección natural. Rasgos superfluos producto de un pasado animal. Pero el viejo Charles se quedó corto en su enumeración… Ver artículo completo »