Una de las sensaciones físicas más agradables de quienes disfrutan de largos momentos de lectura se produce cuando se entra en una librería de esas que se llaman de viejo. Entre los anaqueles repletos de vetustos ejemplares se percibe un olor característico que aumenta cuando acercamos la nariz al libro mientras se hojea. Un aroma a pergamino que te invade por completo y que te sumerge en ese mundo a caballo entre la imaginación y la realidad que evoca el acto de leer y que produce un viraje de la vista al amarillo.
Desde hace mucho tiempo se conoce que ese olor y ese color amarillento que los libros adquieren con paso del tiempo se debe al proceso de oxidación que sufre la celulosa, el material principal con el que se fabrica el papel y que permite, por otra parte, que en el laboratorio se pueda provocar o acelerar ese efecto envejecimiento.
La celulosa es la materia orgánica más abundante en las plantas, y como tal, esta sujeta a un proceso de degradación natural una vez convertida en pasta de papel; es decir, al estar en contacto con el aire el aire (óxido). Eso sin contar que durante el proceso de fabricación se puedan adherir a la pasta algunas bacterias y otro tipo de impurezas presentes en el agua y que, en su posterior oxidación, generen manchas. Del mismo modo, el papel, durante su vida útil, puede almacenarse en unas condiciones de exceso de humedad o donde exista un exceso de iluminación y, con ellas, proliferen los micoorganismos que aceleren ese envejecimiento. Ver artículo completo »












