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pergamino 

Una de las sensaciones físicas más agradables de quienes disfrutan de largos momentos de lectura se produce cuando se entra en una librería de esas que se llaman de viejo. Entre los anaqueles repletos de vetustos ejemplares se percibe un olor característico que aumenta cuando acercamos la nariz al libro mientras se hojea. Un aroma a pergamino que te invade por completo y que te sumerge en ese mundo a caballo entre la imaginación y la realidad que evoca el acto de leer y que produce un viraje de la vista al amarillo.

Desde hace mucho tiempo se conoce que ese olor y ese color amarillento que los libros adquieren con paso del tiempo se debe al proceso de oxidación que sufre la celulosa, el material principal con el que se fabrica el papel y que permite, por otra parte, que en el laboratorio se pueda provocar o acelerar ese efecto envejecimiento.

La celulosa es la materia orgánica más abundante en las plantas, y como tal, esta sujeta a un proceso de degradación natural una vez convertida en pasta de papel; es decir, al estar en contacto con el aire el aire (óxido). Eso sin contar que durante el proceso de fabricación se puedan adherir a la pasta algunas bacterias y otro tipo de impurezas presentes en el agua y que, en su posterior oxidación, generen manchas. Del mismo modo, el papel, durante su vida útil, puede almacenarse en unas condiciones de exceso de humedad o donde exista un exceso de iluminación y, con ellas, proliferen los micoorganismos que aceleren ese envejecimiento.  Ver artículo completo »

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Nos admira, ya sea en nosotros mismos o en los demás, esa capacidad para seguir trabajando en demoledoras jornadas de muchas horas a pesar de acumular cansancio por pasar mucho tiempo sin dormir. Lo llamamos fuerza de voluntad o tesón, pero en el fondo nos estamos refieriendo a un interruptor que se enciende o apaga en nuestro cerebro y que da la orden de continuar con el esfuerzo o parar y descansar.

De hecho, podemos comprobar que hay días en que somos capaces de pasar toda una noche sin mayor problema embelasados con algo que tenemos que terminar, mientras que otros días, con la misma tarea por delante, apenas cae el sol nuestro pensamiento se dirige solamente a la cama y al sueño y nos dejamos vencer.

Todo tiene que ver con los mecanismos de recompensa (de obtención de un premio o un beneficio) que operan en nuestra mente. A través del diagnóstico de neuroimagen y de resonancias magnéticas, un grupo de investigadores franceses ha comprobado que esa febril actividad —fuerza de voluntad— tiene que ver con la activación de la parte del cerebro que regula ese mecanismo. Es decir, que esa biocomputadora que está en la azotea máximiza las actividades que representan la obtención de un premio mientras que se pone en posición de descanso cuando no es así.  Ver artículo completo »

La evolución de los organismos vivos depara grandes paradojas. Sobre todo si la miramos desde nuestro punto de vista. Por una parte, nos coloca en la cúspide (o muy cerca de ella, si nos dejamos llevar por los instintos más bajos) de los animales más inteligentes que moran la Tierra, pero por otra nos ha llenado de imperfecciones (taras de fábrica) que podrían hacernos desaparecer. Pero a pesar de esas deficiencias, aquí seguimos dando la lata.

Desenredemos el trabalenguas. Somos de los pocos mamíferos (apenas otras dos especies más y algún ave) que no somos capaces de producir vitamina C o ácido ascórbico por nosotros mismos y, por lo tanto, tenemos que incorporarla a través de la ingesta de alimentos que sí la poseen. Una vitamina que resulta vital para evitar el envejecimiento prematuro, facilita la absorción de otras vitaminas y minerales, es antioxidante y previene ante enfermedades degenerativas (como el alzehimer, el cáncer o la arterioesclerosis) o cardíacas.

Es decir, que sin ella seríamos incapaces de producir colágeno, las venas y demás vasos sanguíneos se romperían, dejaría de funcionar los tejidos conectivos (los que nos mantienen con la estructura que tenemos; son los que unen músculos con huesos, por ejemplo) o se nos caerían los dientes.  Ver artículo completo »

Llega el otoño y, con él, el verde se vira al ocre en bosques. Y no está de más recordar por qué ese característico verde de las hojas de los árboles se torna en un glosario de tonos que van del marrón al naranja, pasando por toda una gama de colores intermedios, cuando se aproximan los tiempos más fríos. La fotosíntesis, ese proceso de almacenamiento o transformación de la energía solar en energía química que realizan los organismos con clorofila, o su ausencia mejor dicho, es la responsable.

Las hojas actúan a modo de fábricas de alimentos. Crean glucosa, el principal nutriente de las plantas, con el agua que es recogida por las raíces, el dióxido de carbono que filtran del aire y la luz que capturan del sol a través de la acción de una molécula que se llama clorofila. Ver artículo completo »

La naturaleza no entiende de política y creo que esto es un alivio, porque evita muchos problemas. Sin embargo, sí tiene predilección por la izquierda y la derecha; unas veces por una y otras por la otra. Pero ojo, no cambia. Si la naturaleza ha decidido que algo sea de o, mejor dicho, a derechas, ya será siempre así y lo mismo si es de o a izquierdas.

Pero también hace sus particulares saltos mortales sin red. Por ejemplo, resulta interesante destacar que las moléculas importantes para la vida, como por ejemplo los aminoácidos que forman las proteínas o los monosacáridos que forman los azúcares, son quirales. Que una molécula sea quiral significa que puede existir en dos formas. Esas formas son como la imagen de una molécula y su imagen en el espejo. A esta pareja de moléculas se les llama enantiómeros. Las dos moléculas son en todo idénticas, o casi. Prácticamente funcionan igual, pero si las iluminamos con una luz especial, llamada luz polarizada, una de las dos la desvía hacia la derecha y la otra a la izquierda. Ver artículo completo »

Hace unos días tuve la oportunidad de pasarme por Pontevedra y pude volver a comprobar lo desagradable que es el olor que produce la fábrica de celulosa. El olor es extraño, no irritante, pero muy persistente y obviamente maloliente. Si uno le pregunta a un pontevedrés por el olor de la celulosa nos dirá, con buen criterio, que no la huele. Y es cierto, porque al cabo de un rato de estar en ese entorno, la percepción de ese olor desagradable desaparece.

Es curioso lo que sucede con el olfato o con el sonido (y los ruidos), al cabo de un rato ya no percibimos el aroma de la colonia o el perfume o por suerte dejamos de oler algún que otro efluvio desagradable como comentaba. Ver artículo completo »

Afortunadamente, los científicos ampliamos nuestro conocimiento a través de nuestros colegas, y no necesariamente porque nos aporten puntos de vista novedosos sobre nuestras investigaciones. También aprendemos de otros campos. Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar a un colega que trabaja para la empresa farmacéutica Abbot. Este investigador, norteamericano y un buen amigo por cierto, nos deleitó hablando de dos aspectos muy relevantes actualmente en el panorama científico: el dolor y la inflamación.

Su charla me resultó altamente interesante porque planteaba a un nivel molecular por qué se producen estos dos fenómenos y, sobre todo, de qué manera se pueden abordar; es decir, cómo podemos mejorar las sustancias antiinflamatorias y las analgésicas. Ver artículo completo »

No se si es porque ha estado haciendo mucho calor estos días atrás y he dormido mal, porque ha ganado la selección la Eurocopa o simplemente porque llegó el verano, pero creo que estoy trasnochando más de la cuenta. La verdad es que, a estas alturas y con las vacaciones en ciernes, uno esta deseando adelantarlas y, por eso, me da la sensación que trasnochar, aunque pueda resultar cansado, es bueno para desconectar.

Yo siempre digo que nunca han echado a nadie por tener sueño en el trabajo, pero a veces las caras reflejan, aparentemente, que hemos tenido una mala noche. Pero en la mayoría de los casos se trata precisamente de todo lo contrario.

Probablemente a los varones la mala cara nos dé igual, pero a las féminas, que en general se cuidan más que los hombres, no les da lo mismo. La pregunta que surge de manera casi inmediata es ¿por qué cuando salgo por ahí o trasnocho al día siguiente tengo ojeras?  Ver artículo completo »

¡Infección!

Cultivo de bacteria E.colli

Como ocurre en la vida en pareja, todo depende de la compatibilidad. Cuántas veces habremos dicho eso de que no se me va esta u otra enfermedad porque me ha cogido cariño. O más académicamente, se pregunta por qué unas bacterias pueden afectar a unos animales y a otros no o por qué hay personas más susceptibles que otras de contraer enfermedades infecciosas. Amor de célula, seguro.

La compatibilidad de dos células y, por lo tanto, la capacidad de formar una unión estable depende de su parte externa, de su membrana celular. La membrana tiene lípidos, proteínas y azúcares y la interacción se produce a través de estos últimos gracias a unas proteínas que se llaman lectinas. Si una bacteria posee una lectina en la que encajan unos azúcares que tiene una célula humana, esa bacteria podrá infectar a la célula humana. Es más, muchas veces no se necesita que la bacteria entre, simplemente con que la toxina causante de la enfermedad, que es una proteína, reconozca los azúcares, podrá entrar en la célula y causar la enfermedad. Ver artículo completo »

Copyright Flaivoloka

Somos lo que somos, genéricamente como especie y individualmente como especímenes, gracias a la información genética que se va transfiriendo de generación en generación. Este código es el que nos agrupa con otros individuos de parecidas características y, al mismo tiempo, lo que nos diferencia de ellos.

Toda esta información se almacena y se transfiere a partir de dos moléculas, el ADN y el ARN. El ADN está presente en todas las células y contiene la información genética de todos los seres vivos y es responsable de tansmisión hereditaria.

Está formado por un grupo de azúcar (la desoxirribosa), una base nitrogenada y un grupo de fosfato. Su estructura es la de un polímero formado por muchas unidades simples unidas (como las cuentas de un collar). El hilo que los une es el fosfato y lo que diferencia a cada cuenta es la base nitrogenada. Para que esta información pueda ser utilizada, debe de copiarse en otros nucleótidos, llamados ARN.  Ver artículo completo »