Trabajando entre marmitones en una mazmorra en largas noches en vela se perfila la imagen de los alquimistas de la Edad Media. Esos ciudadanos a caballo entre los científicos y los brujos, entre la razón y el esoterismo, que dedicaban su vida entera a la búsqueda de la piedra filosofal. Una piedra que, al entrar en contacto con otros metales, alteraba su composición y los convertía en oro.
Nada tiene que ver su imagen con la del rey Midas, sin duda, pero sus consecuencias podrían formar parte de la misma leyenda. Siglos después de haber erradicado esa superchería del imaginario científico, estudiando la vida en los ambientes extremos, los investigadores descubren comportamientos de determinados microorganismos que asemejan el paradigma de los alquimistas: son capaces de sacarse oro de la manga. Ver artículo completo »




