Superar como media de vida la barrera de los 100 años sigue siendo, a día de hoy, un sueño infranqueable para los más reputados gerontólogos. Un muro que parece podrá ser salvado gracias al desarrollo de la genética celular.
Cada vez hay más evidencias de la existencia de los genes de la muerte, cuyo funcionamiento determinan la senescencia y la muerte celular. Laboratorios de Estados Unidos y Canadá han conseguido caracterizar en tomates los genes NR, NOR y RIN, que aparentemente forman parte del conjunto de los genes del envejecimiento del tomate. Su modificación genética ha permitido multiplicar su vida por cinco. Otro grupo europeo ha conseguido inhibir el envejecimiento de un alga unicelular aislando unos receptores que actúan como factores de crecimiento.
La biología celular ha desvelado que las células humanas y de animales están programadas para envejecer y morir después de haber realizado un número fijo de divisiones. Factores de crecimiento, receptores de membrana y oncogenes intervienen en este proceso, por ello no es extraño que células que han alterado los mecanismos de división —las tumorales— sean inmortales. Ver artículo completo »





