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Superar como media de vida la barrera de los 100 años sigue siendo, a día de hoy, un sueño infranqueable para los más reputados gerontólogos. Un muro que parece podrá ser salvado gracias al desarrollo de la genética celular.

Cada vez hay más evidencias de la existencia de los genes de la muerte, cuyo funcionamiento determinan la senescencia y la muerte celular. Laboratorios de Estados Unidos y Canadá han conseguido caracterizar en tomates los genes NR, NOR y RIN, que aparentemente forman parte del conjunto de los genes del envejecimiento del tomate. Su modificación genética ha permitido multiplicar su vida por cinco. Otro grupo europeo ha conseguido inhibir el envejecimiento de un alga unicelular aislando unos receptores que actúan como factores de crecimiento.

La biología celular ha desvelado que las células humanas y de animales están programadas para envejecer y morir después de haber realizado un número fijo de divisiones. Factores de crecimiento, receptores de membrana y oncogenes intervienen en este proceso, por ello no es extraño que células que han alterado los mecanismos de división —las tumorales— sean inmortales.  Ver artículo completo »

Foto de Carmen Romero

Corría la centuria quinta del segundo milenio después de nuestro señor, unas décadas tras haber sido descubierto por su voluntad —y por azar– un Nuevo Mundo, que albergaba entre sus muchos tesoros un fuente que otorgaba la eterna juventud a quien de sus aguas bebiera.

Don Pánfilo de Narváez y Alvar Núñez Cabeza de Vaca preparaban en Sanlúcar de Barrameda una expedición de 300 hombres con el objetivo de explorar la ignota tierra de Florida, donde diversas leyendas situaban la fuente.

Abandonaron el reino en 1528, estableciendo la cabeza de puente en la bahía de Tampa, y se internaron en la jungla. Tras dos meses de infructuosa búsqueda retornaron al punto de partida, donde descubrieron que los barcos los habían abandonado. Habían regresado a La Española pensando que los exploradores habían muerto en su empeño.

Nueve años después, cuatro españoles que cabalgaban a 30 leguas de Culiacán (México) divisaron a un grupo de 13 personas semidesnudas. Cuando se encontraron, uno de ellos hincó sus rodillas en tierra y exclamó: “¡Hermanos españoles! ¡Alabado sea el señor!”  Ver artículo completo »