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marte

A pesar de las grandes capacidades de adaptación con las que cuenta el ser humano, existen límites físicos que difícilmente —sin ayuda de la tecnología— se pueder sortear. Problemas físicos que se ponen de manifiesto, por ejemplo, cuando emprendemos una escalada a una montaña. La falta de concentración de oxígeno necesaria para completar el ciclo de mantenimiento de las células es quizá el más evidente de ellos.

Pero en esta ocasión no nos detendremos en los picos más altos. Elevamos el punto de mira hasta el mismo cielo. Explorar, conquistar y quién sabe si colonizar el espacio es uno de los anhelos de los seres humanos, en cuya consecución han puesto todo su empeño y tecnología desde hace algunos siglos. Pero las misiones espaciales, más allá de construir el ingenio que nos transporte, ponen de relieve que provocan problemas en nuestro organismo. Ver artículo completo »

pentagrama

Nadie duda que las Matemáticas están presentes en la vida, en la cotidiana y, de modo general, en la naturaleza. Quizá los signos más evidentes los encontramos en la aritmética, en la proporción que guardan las formas de tienen determinadas estructuras y cómo esos números se acercan a lo que denominamos bello. Pero hoy no toca referirnos al número áureo, ni tampoco a la teoría de juegos o a la genética de poblaciones, otro tipo de ecuaciones que permiten explicar determinados fenómenos o situaciones en biología.

Hace tiempo que un grupo de investigadores encontró similitudes entre el algoritmo de los tejidos de seda y el de la música, entre los niveles de la estructura de ese tejido y los elementos jerárquicos que conforman una composición musical (tono, rango, dinámica, tempo…). Tanto, que fueron capaces de describir las estructuras de las proteínas utilizando la teoría de categorías y tradujeron estos detalles en forma de composición musical. Ver artículo completo »

Si llamo a alguien Pinocho, no es que me esté acordando del personaje que creó el carpintero Gepettto. Más bien al contrario, lejos de reflejar la simpática imagen del niño de madera italiano, lo que le estoy llamando es mentiroso. Tan bien puedo estar llamándole narizotas, ya que ese apéndice le crecía a medida que iba desgranando mentiras.

Por el contrario, si fuera un experto en comunicación no verbal, estaría atento al movimiento de sus manos y si ante cualquier pregunta su respuesta fuera acompañada con un movimiento de una mano hacia la cabeza atusándose el pelo, relacionaría ambos elementos para concluir que no dice la verdad. También dicen que no mirar a los ojos directamente puede estar reflejando intenciones mentirosillas.

Otros estudian la mentira atendiendo al discurso del sujeto. Aseguran que, cuando mentimos, la estructura de nuestro discurso presenta evidentes señales de falta de lógica y que incurrimos en inumerables contradicciones. Quizá por eso lo de que se coge antes a un mentiroso que a un cojo.  Ver artículo completo »

Optimismo

De todas las especies que pueblan la Tierra, seguramente somos la que presenta unos grados más grandes de optimismo. Es posible, porque jamás dejamos ese componente infantil que nos hace pensar que lo malo solo le puede ocurrir al resto o porque, cuando crecemos, no abandonamos esa faceta temeraria en nuestro comportamiento.

De hecho, esa forma de entender nuestra relación con el entorno es la responsable de la toma de decisiones que solemos calificar como inconscientes y que, en ocasiones, nos hace adoptar riesgos innecesarios con consecuencias fatales. El resto de los animales huyen habitualmente de lo desconocido o, cuando menos, desconfían de una manera tal que en pocas ocasiones ponen en riesgo su vida. Y cuando eso ocurre se debe a un error de cálculo o a la adopción de algún tipo de acción cuando están asustados y no controlan totalmente sus movimientos.

Olvidémonos de las otras especies y sigamos con nosotros. Los estudiosos del cerebro lo definen como “un sesgo optimista” que discrimina en nuestro interior lo que pueden representar buenas o malas noticias. En términos geográficos, está localizado en la circunvolución frontal inferior del hemisferio izquierdo, una pequeña área del encéfalo que inhibe de alguna manera el efecto de las malas noticias.  Ver artículo completo »

Foto de Alvimann

Hace ya dos años que salimos a la luz. El 11 de noviembre de 2010, un ilusionado equipo de científicos y periodistas hacíamos público este blog con la intención de difundir historias de ciencia de forma sencilla, sin por ello perder rigor. En el tiempo transcurrido, Más que Ciencia ha ido creciendo, sin prisa pero sin pausa, añadiendo secciones (y las que aun esperan su momento) y haciéndose un modesto nombre (o eso nos gusta creer) entre los medios de difusión científica en castellano.

Así, este sitio sigue creciendo en número de visitas (el mes pasado fue, sin ir más lejos, el que más obtuvo) y ya está asentado en más de 20.o00 mensuales, más del doble que hace un año, cuando celebrábamos nuestro primer aniversario. Asimismo, hemos recibido un premio que nos hizo especial ilusión: el de la categoría de Divulgación en los Premios de la Salud 2012, que concede Caja Rural de Granada. También nos compensa parte del esfuerzo diario comprobar que Más que Ciencia aparece listado en el puesto 18 entre los blogs de ciencia de la plataforma e-Buzzings y que, hace unos días, quedásemos entre los 50 mejores, según los lectores, de los premios Bitácoras (concretamente, en el puesto 39, un par de posiciones mejor que el año pasado: gracias a quienes nos votasteis. El año que viene, a ver si nos lleváis a la final).

Por supuesto, que una editorial como Silente decidiese publicar un libro con lo mejor que hemos publicado aquí (con versiones extendidas de esos artículos) es otro motivo para continuar dedicando parte de nuestro tiempo a este proyecto.  Ver artículo completo »

La línea que separa el amor del odio es muy delgada, tanto que apenas están separadas por un paso. ¿Topicazo? Pues no se crean, parece que estamos ante dos tipos de sentimientos aparentemente contradictorios, pero se que se activan en paralelo en nuestro cerebro. El amor y el odio comparten dos reacciones cerebrales muy similares: la de protección y la de inquietud.

En la primera de ellas se pone en marcha el área cerebral que planifica los movimientos (la agresividad ante el odiado o la necesidad de proteger al ser amado) y en el segundo no nos resulta indiferente ni la persona amada ni la odiada (en ambos casos nos producen fuertes reacciones de atracción o rechazo).

Las acciones o movimientos de defensa o protección se activan en dos áreas del cerebro: en el putamen (palabra derivada del latin, podar, que en seguida se me vuelven malpensados), que está situada en el centro del cerebro, y en la corteza insular, en la superficie lateral, donde se controlan la mayoría de las emociones.  Ver artículo completo »

Pasó Halloween y atrás quedó eso de susto o golosinas de los más pequeños, aunque siempre queda lo de “¿zuzto o muette?” para los que seguimos instalados en la crisis. Aunque si decimos ¿susto o grasa? seguro que más de uno se apunta de mil amores, aunque para ello tenga que soportar sin pestañear la última película de la Hammer.

Como lo oyen, aplastarse en la butaca del salón o de un cine y tragarse —sin la ración gigante de palomitas de maíz y el refresco carbónico de turno, que eso es hacer trampas— una peli de miedo-miedo puede quemar cerca de 200 calorías. O, si lo prefieren así, equivale al peso que podemos perder a lo largo de una caminata de media hora.

Eso al menos afirma un estudio realizado por científicos de la Universidad de Westminster (Reino Unido) del que se ha hecho eco el tabloide británico The Sunday Telegraph. Los investigadores quisieron comprobar los efectos que provocan en el organismo el visionado de películas que nos ponen en tensión —que nos llevan a situaciones de estrés— y comprobar el gasto de energía que se provoca.  Ver artículo completo »

Seguramente, la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) sea el insecto que más elementos comunes comparte con los humanos en sus genes (casi un 70%) pero, sin duda, el que más atrae la atención de biólogos y entomólogos son las hormigas. Quizá por esa gran capacidad de formar colonias altamente organizadas —donde conviven en orden y armonía miles de especímenes—, por su prusiana organización del trabajo, o del trabajo en equipo, o bien por esa facilidad que tienen a la hora de comunicarse entre ellas.

Esos códigos de comunicación propios que les permiten comunicarse a largas distancias, por ejemplo para pedir ayuda o alertar de un peligro, es algo que intriga a los investigadores, que se afanan en desencriptarlos. Eso parecen haber conseguido en la Universidad de Vanderbilt (EE UU). Por primera vez, se ha completado el mapa del sentido del gusto y del olfato.

Sí, parece que el elemento diferencial de las hormigas está en las narices. O mejor dicho, en las antenas. Y que esta diferencia es lo que les permite ser consideradas como los insectos más exitosos de la naturaleza.

La mayoría de los insectos elevan su sistema ofaltivo del rostro y lo sitúan en las antenas. A través de ellas, son capaces de registrar el mundo que les rodea, procesarlo y estructurarlo. Y, según parece, en las hormigas, distinguirse del resto de sus semejantes.

Sus antenas, según los investigadores, están formadas por tres tipos de receptores: los que registran los olores, llamado ORs, el que diferencia los sabores, GRs, y un tercer grupo, demominado de receptores ionotrópocos, que les permite identificar los compuestos que son tóxicos o venenosos (y, por lo tanto, les evita más de un problema de salud).

Los resultados obtenidos al completar el mapa olfativo y gustativo han sido sorprendentes: poseen genes para desarrollar 400 receptores del olfato distintos, nada menos que cinco veces más que otros insectos. Las avispas apenas llegan a los 170; las moscas, entre 75 y 150; y las mariposas solo son capaces de desarrollar unos 50.

Además, las hormigas practican una curiosa discriminación de género. Los machos están peor dotados que las hembras. Las antenas de ellos cuentan con un tercio menos de receptores que las de ellas. Los investigadores piensan que tiene que ver con la división del trabajo entre ambos géneros, ya que los machos tienen funciones más limitadas en el hormiguero (menos funciones y menor protagonismo en el desarrollo de la especie) y se centran fundamentalmente en la fecundación de los huevos.

Parece que en cuestión de hormigas está claro que quien más aporta acaba con mayores habilidades. Tiene narices.

Siesta

Los españoles nos vanagloriamos de haber aportado la siesta —esa cabezadita después de comer— como uno de los grandes avances de la humanidad. Ese pequeño —o grande, que ya saben que frente a la de 20 minutos tenemos la llamada “de pijama y orinal”, que se prolonga en más de una hora y se ejecuta en el lecho y no en sofá o sillón— alto en el camino en la jornada laboral que nos permite retomar el quehacer con mayores dosis de energía y entusiasmo y que sajones o japoneses recomiendan a sus abnegados trabajadores.

Pero, como diría el castizo, menos lobos, Caperucita, que todos los animales —al menos los mamíferos— practican esta saludable práctica. Y lo primero que hay que señalar es que los alimentos de la colación del mediodía influyen, y de qué manera, a la hora de dejarnos vencer y caer rendidos en los brazos de Morfeo. Ver artículo completo »

Si nos dijeran que existe un botón que al apretarlo nos permitiera borrar cualquier recuerdo que tuviéramos almacenados en la memoria, seguro que una gran mayoría de nosotros haría desaparecer todas aquellas imágenes, sensaciones o vivencias que nos producen miedo. El temor, sin duda, es una emoción que no solo nos puede paralizar en el momento en que la sentimos, sino que nos acompaña durante largo tiempo y nos puede llegar a bloquear en la toma de decisiones en el futuro.

Pues bien, estos recuerdos emocionales no tienen por qué ser permanentes. Bastaría con determinar cuál es el proceso de aprendizaje que sigue nuestro cerebro ante determinadas situaciones y, sobre todo, cómo y dónde se almacenan esas sensaciones que hacen que reaccionemos de una determinada manera. Ver artículo completo »