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La II Guerra Mundial ha sido, sin duda, una de las más terribles que han asolado la Humanidad. Su rastro de horrores es patente y huelga hacer un relato en negativo de lo que son capaces los seres humanos. La inteligencia puesta al servicio de la muerte, de la construcción de máquinas perfectas para matar. Pero también, y quedémonos con eso, en su estela de destrucción vieron la luz algunos inventos que hoy consideramos imprescindibles (en el mal llamado mundo desarrollado) para nuestra comodidad, como el microondas.

Como suele ocurrir con muchos de los avances de la ciencia o la tecnología, ocurrió por casualidad. Por esa chispa de ingenio que surge (a las personas con talento) cuando se asocian hechos aisaldos: un dulce de chocolate en un bolsillo de un ingeniero goloso que se derritió de manera espontánea en un laboratorio bastó para el desarrollo de este horno, que ha revolucionado hábitos y modos culinarios desde la segunda mitad del siglo pasado. Ver artículo completo »

Foto de kasamaproject.org // copyright

A Rafael Lluch

La Guerra Fría y la carrera armamentística en la que derivó ha reservado un papel preponderante a los varones. La historia y la ficción, cuando nos referimos a las intrigas de espionaje, agentes dobles, héroes o villanos, se escribe en masculino, relegando a las mujeres a meras comparsas, bien como pobres bailarainas engañadas —del tipo Mata Hari— bien como exhuberantes chicas Bond. Pero nada más lejos de la realidad.

Ni este periodo, que abarca ampliamente la segunda mitad del siglo XX, se ha dividido entre estadounidenses y soviéticos, ni los grandes espías pertenecieron al selecto club de los machos, ni los claustros de universidades o laboratorios estaban plagados de ingenieros, investigadores o científicos dispuestos a vender sus secretos al mejor postor o ponerlos al servicio de un ideal. Por empezar por lo del género, el despertar de China como potencia nuclear se debe a una mujer, Joan Hinton, de Wisconsin (EE UU) por más señas. Ver artículo completo »

La rivalidad entre las dos superpotencias resultantes de la II Guerra Mundial se manifestó en todos los escenarios posibles. Estadounidenses y soviéticos, dos modelos de organizar el mundo, necesitaban demostrar al resto de la humanidad que atesoraban el poderío militar, el de la ciencia, el del progreso y el de la tecnología.

La guerra fría fue una situación que se vivió en muchos escenarios diferentes. De lo más burdo y sangrante, como el Muro de Berlín y la multitud de guerras en países a satelizar, a competiciones más nobles -por los beneficios resultantes para la Humanidad- como la conquista del espacio o la investigación para guardar más premios Nobel en sus vitrinas.

Pero, sin duda, en esa liza ambas superpotencias encontraron un escaparate donde sacar músculo: los Juegos Olímpicos. Retransmitidos en directo a todo el planeta y bajo el paraguas del citius, altius, fortius (el más rápido, el más alto, el más fuerte: el lema de los Juegos), las pantallas de los televisores daban una precisa imagen cada cuatro años de cómo el ser humano -el soviético y el occidental- evolucionaba y mejoraba.  Ver artículo completo »

Desde los 10 años se inclinó por la Química. Dorothy Crowfoot lo tenía claro, y eso que optaba con el atractivo de ayudar a su padre en las excavaciones arqueológicas en Egipto… Todo un mundo por descubrir.

Estamos en la primera década del siglo XX y el Imperio Británico gozaba de todo su esplendor. Mary Anne  Hood y John Crowfoot tienen a la pequeña Dorothy en El Cairo, donde John desempeñaba un puesto en el Departamento de Educación de Egipto. Los siguientes 15 años, los Crowfoot los pasarían entre Egipto y Sudán, aunque las hijas del matrimonio recibieron instrucción en Norfolk, limitando sus estancias en Oriente Medio a los periodos de estío.

Precisamente, fue en Sudán, donde desarrolló su vocación científica. Un amigo de la familia facilitó a Dorothy una serie de productos químicos para analizar la ilmenita. Desde ese momento, su camino estaba trazado hacia la consecución del Nobel.  Ver artículo completo »

La trayectoria profesional y vital de la científica italiana Rita Levi-Montalcini da material suficiente para una producción de Hollywood. Tiene todos los ingredientes necesarios para optar a los Oscar, si se realiza con estilo y precisión: espíritu de superación, lucha contra la adversidad, nazis al acecho, identidades falsas, laboratorios clandestinos, descubrimientos científicos que llevan al Premio Nobel, política, dedicación a la mejora de las condiciones de vida de los olvidados

A la hora de desarrollar su carrera, Rita Levi-Montalcini, nacida en Turín 1909, tuvo que superar, primero, la oposición de su padre, un acaudalado empresario judío que no creía en la educación universitaria para las mujeres. Aun así, ella se empeñó en estudiar Medicina tras la muerte por cáncer de su niñera, a la que se sentía muy unida.

Tras licenciarse, comenzó a trabajar en la clínica de neuropsiquiatría y en el Instituto Anatómico dela Universidad, a las órdenes de su mentor, Giuseppe Levi. Hasta que en 1938 el régimen de Benito Mussolini promulgó una ley racial que impedía el trabajo en universidades y, en general, en cualquier profesión por libre a los no arios. Rita encontró la solución al problema: instaló un laboratorio en su propia habitación, en el que continúo sus investigaciones, junto a Giuseppe Levi, sobre el sistema nervioso.  Ver artículo completo »

Los nativos de la isla de Tana rinden mayoritariamente culto al dios YonFrum. Los viejos del lugar fueron testigos de cómo este poderoso dios bajó del cielo, edificando al instante un extraño templo de una extraña forma y materiales desconocidos. El santuario contenía exóticos alimentos, sin duda mágicos, pues pese al ambiente cálido y húmedo de la isla jamás se pudrieron.

Tras repartir la sagrada comida, YonFrum sacó de su templo un extraño altar con el que habló, en el incomprensible lenguaje de los dioses, con el más allá. Poco después llegaron otros poderosos dioses en medio de un tremendo estruendo mucho más ruidoso que el de los truenos. YonFrum se fue con ellos, seguramente a construir nuevos templos y llevar el sagrado alimento divino a otras de las muchas islas que forman Vanuatu, en la Melanesia.

Como la isla de Tana es la más poblada de la zona, a nadie extrañó que YonFrum empezase su sagrada labor en ella. Seguramente pronto volverá, pese a que Tana sigue siendo una de las islas más aisladas…  Ver artículo completo »

Churchill observa los efectos de un bombardeo

 

Aplicando la teoría de la aparición de mutaciones en la genética de poblaciones al modo en que bombardeaban los alemanes, Haldane informó a Churchill que no había dudas, que los aviones de los boches al llegar a las cercanías de Londres, simplemente, dejaban caer sus bombas donde buenamente podían, acertando por pura casualidad.

De este modo, continuó, la población debería seguir viviendo donde siempre y los refugios antiaéreos se deberían construir en esos mismos puntos. Proponía, asimismo, que cualquier sitio que pudiera albergar aviones se convirtiera en un pequeño aeródromo —se diseminaron miniaeródromos a lo largo y ancho de todas las islas— y que las baterías para la defensa antiaérea se ubicaran donde fuera más fácil colocarlas.

Según contaban colaboradores del biólogo años después, Haldane terminó su alocución con una sesuda exposición de las estrategias que siguen los grandes predadores para encontrar los bancos de peces en el mar y qué estrategias siguen los pececillos para minimizar sus posibilidades de encontrarse con un depredador.  Ver artículo completo »

Vigilando el cielo de Londres ante la amenaza de los bombarderos

“Profesor universitario se ofrece al Gobierno de Su Majestad para predecir dónde los aviones de la Lutwaffe descargarán sus bombas en su próxima incursión”. Firmado, John Haldane. Para ello, precisaba en su anuncio, publicado en 1940, necesitaría tres días y una mínima información estratégica por parte del Alto Estado Mayor Británico. Sólo un británico es capaz de insertar un anuncio de estas características y sólo otro, Winston Churchill, es capaz de aceptar el envite.

John B. Sanderson Haldane, profesor universitario y biólogo iconoclasta (investigaba en los campos más variados, de la fisiología al origen de la vida, pasando por la genética de poblaciones), entendía que su contribución a la patria tenía que ir un paso más allá que educar a futuras generaciones de universitarios; que no debía quedarse mirando por la ventana mientras los nazis sembraban la muerte a su alrededor.

A su favor contaba que su apellido, Haldane, no resultaba desconocido en Downing Street, y que Churchill sabía los eficaces servicios que había prestado al Ejercito el padre del biólogo durante la I Guerra Mundial. Por eso, y por la situación desesperada que vivía el Reino Unido, sir Winston no dudó en citar al científico a una audiencia en la sede del Almirantazgo, ante la incredulidad de los militares.  Ver artículo completo »