Tal vez por falta de tradición militar, reconozco que no me deslumbran los héroes fanáticos que tanto abundan en la Historia. El caso es que, poniéndome en la piel del almirante Pascual Cervera y Topete, creo que se le debió hacer muy larga la noche del 2 al 3 de julio de 1898 en el puerto de Santiago de Cuba. En unas horas debía acatar una orden ajena al sentido común: salir con su escuálida flota a enfrentarse con la todopoderosa armada norteamericana. Una carnicería segura.
Poco antes había burlado con éxito —pese a su obsoleta armada— el bloqueo al que la moderna marina yanki sometía a la isla, llevando tropas y suministros de refresco para la última gran colonia de un antiguo imperio. El dilema era grande: obedecer la orden y ganar fama de héroe o hacer caso a su conciencia e intentar salvar a la marinería (incluso a fuer de arrastrar su prestigio como militar). Hombre de conciencia, mantuvo a sus barcos muy próximos a la costa optando así por preservar la vida de su tropa. Para mí, un marino ilustre.
El azar ha querido que, 114 años después de esa hazaña, una de sus tataranietas investigue con talento y tesón en nuestro laboratorio de genética. Del viejo marino ha heredado el apellido Cervera, curiosamente completo e inalterado, algo poco común en España, donde el paso de generaciones suele venir aparejado a cambios en vocales y consonantes, y una dieciseisava parte de sus genes (un modesto 6%) que se reducirá a la mitad si decide tener descendencia. Lo que perdure en ella de los pensamientos, ideas y sentimientos de don Pascual resulta imposible descifrarlo. Ver artículo completo »




