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La mayoría de las personas tiene bastante claro que, de la misma manera que los animales tenemos que tomar alimentos para poder obtener la energía que nos permite funcionar, las plantas usan otra estrategia igualmente válida, pero radicalmente distinta. Me refiero a que las plantas realizan la fotosíntesis, un proceso directamente dependiente de la luz solar.

La fotosíntesis permite transformar moléculas inorgánicas presentes en el suelo donde las plantas están arraigadas en moléculas orgánicas sencillas. Estas pequeñas sustancias serán transformadas en otras más complejas y necesarias para que la planta crezca y se desarrolle con normalidad.

Pese a que parece bastante segregada la manera con la que animales y plantas obtienen energía, resulta siempre curioso comprobar que en el mundo vegetal existe un grupo a las que también les gusta comer.  Me estoy refiriendo a las plantas carnívoras.  Ver artículo completo »

Llega el otoño y, con él, el verde se vira al ocre en bosques. Y no está de más recordar por qué ese característico verde de las hojas de los árboles se torna en un glosario de tonos que van del marrón al naranja, pasando por toda una gama de colores intermedios, cuando se aproximan los tiempos más fríos. La fotosíntesis, ese proceso de almacenamiento o transformación de la energía solar en energía química que realizan los organismos con clorofila, o su ausencia mejor dicho, es la responsable.

Las hojas actúan a modo de fábricas de alimentos. Crean glucosa, el principal nutriente de las plantas, con el agua que es recogida por las raíces, el dióxido de carbono que filtran del aire y la luz que capturan del sol a través de la acción de una molécula que se llama clorofila. Ver artículo completo »

La vida tal y como la conocemos es en parte el legado de unos microorganismos llamados cianobacterias. Su contribución fue esencial —hacen la fotosíntesis— para oxigenar la atmósfera a lo largo de miles de años y crear las condiciones para permitir el posterior desarrollo de otras especies de animales y plantas.

Llevan con nosotros, o mejor dicho, nosotros llevamos con ellas desde hace unos 3.000 millones de años. Acostumbran a colonizar todo tipo de ecosistemas, ya sean terrestre o acuáticos, aunque es en este último medio donde se encuentran más a gusto, dando lugar a grandes poblaciones en aguas ricas en nutrientes (particularmente fosfatos, nitratos y amoníaco) y a temperaturas más bien altas (entre 15 y 30 grados centígrados).

Sabemos que, gracias a su metabolismo, son capaces de sintetizar un gran número de compuestos orgánicos. De hecho, la metabolización de la geosmina y el 2-metil-sioborneol hace que las aguas tengan un sabor desagradable o, por otra parte, son las responsables de grandes mortandades de peces, ganado y humanos por las toxinas que pueden llegar a almacenar.  Ver artículo completo »

En el día de la Tierra

De pronto, tener la sensación de sentir una mirada clavada en la nuca. Levantar la vista y comprobar que un gran ojo te está observando. Acabar de descubrir que el mundo, ese universo cerrado y completo donde sentirse feliz y a salvo es una ilusión, que se es un juguete en manos de unos seres superiores. Un mundo dentro de otro mundo.

No se trata de un pensamiento original. Forma parte del argumento de más de un relato de ciencia-ficción y si me apuran está en la base del sentir religioso. Y, si les dotáramos de nuestra capacidad de pensar, algo similar sentirían los pececillos alojados en una pecera cuando nos mirasen o esos camarones que dan vueltas alrededor de una esfera de cristal.

Los primeros precisan que les filtremos el agua cada cierto tiempo y que les aportemos nutrientes para poder subsistir. No son autosuficientes. Las gambas, en cambio, viven en un ecosistema cerrado y completo que puede mantenerse a lo largo de varios años, entre tres y cinco (aunque hay algunos que han sobrevivido diez). Tan solo necesitan un poco de luz, sea natural o artificial.  Ver artículo completo »

No deja de sorprenderme la importancia que tiene la luz para los seres vivos. En función del tipo de luz a la que estemos adaptados organizamos buena parte de nuestra existencia. Las serpientes captan el infrarrojo y son capaces de detectar las fuentes de calor incluso en el tórrido desierto. Los insectos perciben una gran variedad de matices en las flores que se escapan a los humanos, porque ven el ultravioleta. ¿Y las plantas? ¿Son capaces de ver?

Formalmente hablando, las plantas no tienen un órgano para ver, pero poseen una gran variedad de pigmentos capaces de captar la luz… Luz, por otra parte, de muy diferentes longitudes de onda. El más conocido, sin duda, la clorofila. Este pigmento de color verde absorbe la luz imprescindible para transformar materia mineral en sencillos azúcares esenciales para crear un sinfín de biomoléculas vitales. Este proceso se denomina fortosíntesis y es apasionante, pero quería ahora remarcar otro pigmento que es todavía, si cabe, más sorprendente. Se llama fitocromo.

La naturaleza parece no equivocarse nunca y las plantas saben el momento exacto en el que tienen que germinar o florecer y lo hacen sin poseer ojos ni sentidos para percibir los cambios de las estaciones. De buena parte de esos procesos tiene la culpa el fitocromo. Es una proteína que tiene dos posibles formas: Pr y Pfr.  Ver artículo completo »

El agua será protagonista durante unos días de las noticias. Coincidiendo con la celebración del Foro Mundial del Agua en Marsella se harán públicos informes y se irán desgranando situaciones concretas que tendrán como denominador común su escasez, su mejor aprovechamiento y su redistribución más justa.

En los fondos marinos (con una composición de acidez bastante diferente a la actual) surgió la vida en forma de microorganismos unicelulares y, millones de años más tarde, en combinación con la energía solar, las microalgas desarrollaron la fotosíntesis dando comienzo a un proceso evolutivo que culminó —en una de sus ramas— en el ser humano.

Y del mar puede venir un cambio de tendencia que acabe con el ciclo de Gaia: la capacidad que tiene la Tierra para mantener estable la temperatura mediante un equilibrio entre los gases que componen la atmósfera y la salinidad de sus océanos. Unas condiciones estables que explican la vida tal y como la entendemos a día de hoy.  Ver artículo completo »

Honrar al padre

Fotografía CSIC

Existe un cierto consenso en la comunidad científica en que el primer organismo vivo que pobló el planeta fue una célula procariota, una arqueobacteria. Un ser que se alimentaba de moléculas orgánicas que, a su vez, se formaron a partir de los gases de la atmósfera y mediante alguna fuente energética y se acumulaban en el mar. A partir de ahí, comenzó un apasionante camino evolutivo de cerca de 5.000 millones de años. Hoy, día del padre en la comunidad católica y la que cae en las garras del marketing, es de justicia rendirle tributo a la paternidad del resto de las especies.

Los registros fósiles más antiguos conocidos se localizaron en Groenlandia y datan de hace 3.800 millones de años. No obstante, desde hace unos años se otorga esta paternidad a la Ferroplasma acidiphilum, una bacteria hallada en 2007 en un reactor ruso alimentado con pirita. Esta bacteria se nutre de hierro y sobrevive en condiciones extremas y donde hay ácido sulfúrico.

El equipo de científicos que la descubrió, formado por españoles del CSIC, alemanes y británicos, estiman que los especímenes hallados de esta arqueobacteria sean los descendientes directos del primer organismo que vivió en la Tierra hace 4.600 millones de años.  Ver artículo completo »

El biodiésel está de moda. Esperamos que nos permita seguir con nuestro actual estilo de vida basado en el petróleo de forma más sostenible y sin apenas contaminar. Y a un coste económico asumible: tan solo un moderado encarecimiento de algunas materias primas agrícolas. Las grandes empresas energéticas (incluidas las españolas Iberdrola o Repsol) están financiando programas de investigación en este combustible.

Y si se obtiene de microalgas, mejor que mejor. Este microorganismo no compite por el suelo agrícola, crece más rápido que las plantas y no forma parte de la dieta de los humanos. Hasta Craig Venter, el gurú de la secuenciación del genoma humano, está en el camino de conseguir una microalga por ingeniería genética (combinando genomas de varias de ellas en una sola) que sea altamente eficiente en la producción de biodiésel. A fin de cuentas, el petróleo está formado mayoritariamente por los restos de las microalgas que proliferaron en tiempos remotos.

Si hacemos un rápido repaso a como funciona la Tierra como máquina térmica, debemos saber que la energía que llega del Sol es captada por cianobacterias, microalgas y plantas (los fotosintetizadotes) y almacenada en forma de moléculas orgánicas complejas.  Ver artículo completo »

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La evolución de convertirse en animales recolectores y dejar de ser animales cazadores sufrida por el Homo Sapiens supuso un cambio cualitativo para nuestra especie. Nos convirtió en autónomos. Con el desarrollo de la agricultura, llegaron los asentamientos estables y nos situamos en la antesala de las revoluciones tecnológicas. Eso, sin adentarnos en los cambios que se produjeron en la cadena trófica.

Un rasgo más del desarrollo de la inteligencia de los homos sobre el resto y, por lo tanto, un elemento distintivo evolutivo. Pero parece que los comportamientos granjeros no son patrimonio en exclusiva nuestro. Hace apenas unos años, en 2006, fue descubierto en las profundidades de las aguas de Costa Rica, a unos 1.000 metros, el cangrejo Kiuwa puravida por los investigadores Andrew Thurber, William J. Jones y Schnabel Kareem, cuando participaban en una expedición geológica que estudiaba las filtraciones de metano a traves de las fisuras del suelo marino. Un cangrejo que cultiva su propio alimento.

En las profundidades donde vive no existe suficiente comida procedente de la energía solar. El alimento depende en buena medida de la energía química que se libera desde el fondo del mar. El equipo que lo descubrió estudia el modus vivendi del Kiuwa puravida y ha concluido que este cangrejo cosecha su propia comida.  Ver artículo completo »

El cambio climático afecta de distinta manera a las diferentes especies de fitoplancton, debido a las capacidades genéticas de unas y otras para adaptarse al calentamiento global. Así, las especies que viven en mar abierto serán más vulnerables a los cambios de temperatura marina, mientras que las de aguas continentales serán más resistentes.

Un estudio publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B, en el que han participado los miembros de Más que Ciencia Eduardo Costas, Victoria López Rodas y Emma Huertas, arroja estas conclusiones, que servirán de base para diseñar nuevas herramientas de predicción del funcionamiento de los ecosistemas marinos bajo condiciones de cambio global, así como en estudios de ecología evolutiva o gestión de ecosistemas acuáticos.

La gran cantidad de especies distintas de fitoplancton existentes tenían que suponer capacidades genéticas de adaptación diferentes. Esa era la hipótesis de partida del equipo de investigadores. Para demostrarla, se estudiaron en el laboratorio doce de estas especies, pertenecientes a cuatro grandes grupos representativos. Una de estas especies es la de las microalgas asociadas a los corales de la Gran Barrera de Coral, el mayor arrecife del mundo, situado al noreste de Australia.  Ver artículo completo »