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Evitar que el lince desaparezca de la faz del territorio español es una noble causa. Pero cuando científicos y personas dedicadas a la conservacion hablan con la razón y no con el corazón, son conscientes de que se trata de una batalla de David contra Goliath, pero sin final feliz. A pesar de todo, y sabedores de que, como mucho, se puede retardar unas generaciones su extinción, se afanan en su tarea con todos los medios que pone a su alcance la ciencia.
Las leyes de la evolución de las especies son díficiles de vadear, y existe una que nadie puede quebrar. Una especie de sentencia sin posibilidad de apelación: las especies que no se adaptan están irremediablemente condenadas a desaparecer. A lo largo de la historia de la vida -animal o vegetal- en la Tierra existen numerosas pruebas de ello.
Todos los animales, incluyendo a los humanos, necesitan un espacio, un hábitat determinado para su desarrollo. Hace falta un territorio -que puede ser limitado como en el caso de los lagartos o muy amplio como ocurre con los osos pandas o este felino- y unas condiciones específicas de este -una temperatura determinada, un tipo de biodiversidad que permita se suceda la cadena trófica, es decir, que les permita acceden a los nutrientes necesarios, etc- para su supervivencia. Ver artículo completo »