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Foto de Ivan Rumata

Hace justo un año, abríamos al público esta revista online con la intención de ayudar a difundir el conocimiento científico entre el público general, sin rebajar el rigor ni la calidad de los textos e imágenes. Los primeros lectores que entraron en Más que Ciencia se encontraron con un artículo por sección, fechados desde el día 5 del mismo mes: era nuestra manera de arrancar con una pequeña muestra de todo lo que pretendíamos ofrecer en adelante. Creemos que no nos ha salido mal del todo, aunque el veredicto final es cosa vuestra, de los que nos seguís a diario o esporádicamente.

Más que Ciencia nacía con cinco secciones que abordaban la ciencia desde distintos ángulos. Purasangres y Cerdos, donde va incluido nuestro primer artículo, era y es el espacio para explicar la genética y la evolución con un punto de vista en ocasiones particular. Una muestra de esto son los dos posts más leídos a día de hoy dentro de la sección: Las leyes de la atracción y El error genético del Tea Party.

Como publicación comprometida con nuestro planeta y con el ser humano, era necesario mantener un espacio para escribir sobre medio ambiente y cambio global. Aunque Tiempos de Cambio ha tenido una frecuencia de actualización variable, artículos como la primera parte dedicada a contar la maldición de los humanos y el final de la serie sobre el poder destructor del agua también aparecen entre los textos que más han llamado la atención.  Ver artículo completo »

Hay tipos que nacen con estrella y otros estrellados. Henry Stanley está a medio camino entre los dos polos. En 1871 se topó con David Livingstone, el explorador escocés a quien casi todos daban por muerto en su obsesiva búsqueda de los flecos del nacimiento del Nilo que Speke y Burton habían dejado sin cerrar. Estaba en el corazón de África.

—“Usted es el Dr. Livingstone, supongo”.

—“Sí, caballero” —contestó Livingstone, con la benévola sonrisa y la ritual reverencia típica de un hombre con un carácter dulcísimo que gozaba en Inglaterra de un sólido aprecio popular.

Se encontraba sentado en la orilla del lago Tanganica, en una aldea llamada Ujiji, en Tanzania, y vestía como un lord en pleno centro de Londres. Llevaba más de cinco años desaparecido. La última noticia que se tenía de sus andanzas por el continente negro era un cable llegado a las oficinas de la Royal Geographical Society: “He encontrado el nacimiento del Nilo”. Todos los expertos de la refinada y prestigiosa sociedad británica quedaron estupefactos. Las coordenadas enviadas le situaban mucho más al sur, en Tanzania.  Ver artículo completo »

Ilustración de Descubierta y Atrevida, las dos corbetas en las que Malaspina llevó a cabo su expedición

Fue un marino listo. Un lobo de mar. Alejandro Malaspina fue el buscador de gloria perfecto en el momento perfecto, en los tiempos de la expansión colonial. Seductor, líder, comprometido, culto, riguroso, osado y, sobre todo, muy vanidoso. Nació cerca de Parma en 1754 y con 19 años ya era cadete de la Escuela de Guardia Marinas de Cádiz, lo que le permitió participar en combates navales donde pudo demostrar a sus superiores militares el valor que atesoraba para enfrentarse a pruebas extremas. Capitaneó la fragata Astrea, que dio la vuelta al mundo entre 1777 y 1779. Tiempo de hastío suficiente para encajar su ambición personal con las necesidades del Imperio, que tras años de conquista sufría un bloqueo de conocimiento. América era un gigantesco territorio inexplorado, donde incontables especies de flora y fauna desconocidas crecían como por ensalmo.

Con la Ilustración llegó a su plenitud una idea del progreso asociada a la expansión del saber, a las ciencias naturales. La corona española puso fin a los viajes de aventura y fe, para impulsar su influencia mundial en descubrimientos de botánica, zoología, geología y también cartográficos. La carrera del conocimiento había comenzado.  Ver artículo completo »

Tumbas en la isla de Beechey de tres miembros de la expedición de John Franklin. Foto de Ansgar Walk

“Este fuego a tal punto nos abraza el cerebro, que queremos sumergirnos en el fondo del abismo. ¿Qué importa?” Charles Baudelaire, poema El Viaje.

Hay misterios que perforan la voluntad de los vivos hasta dejarla fuera de combate. Uno de ellos lleva el nombre de John Franklin, capitán de la Royal Navy y explorador del Ártico durante el febril siglo XIX. El 19 de mayo de 1845, Franklin partió de Londres al mando de 128 hombres enrolados en dos poderosos barcos de guerra, el Erebus y el Terror, con el objetivo de abrir el infranqueable Paso del Noroeste, en el ártico canadiense. 36 días después, el ballenero Prince of Wales encontró a la expedición amarrada en la bahía de Baffin, cerca del estrecho de Lancaster, esperando un cambio de tiempo para acometer definitivamente la conquista del Paso y adelantarse a otra expedición de nacionalidad rusa.

Ese día fue el último en el que un hombre blanco vio con vida a Franklin y todos los miembros de su amplia tripulación. Jamás se supo de ninguno de ellos. El destino que corrieron fue un gran misterio hasta que, 14 años más tarde, la tenacidad de una poderosa mujer enamorada logró movilizar una flota de once buques para conocer la desastrosa suerte de la expedición. Anteriormente se habían organizado 16 intentos para encontrar alguna prueba, indicio, huella o señal que indicara que a Franklin y a los 128 tripulantes no se los había tragado la Tierra. Nada.  Ver artículo completo »