Uno de los espectáculos molestos que nos ofrece la civilización tecnológica es contemplar a esa caterva de adolescentes, y no tan adolescentes, solitarios que nos obsequian con su imagen contorneándose al compás de una melodía parapetados en unos auriculares —cascos, para entendernos— de donde percibimos algo parecido a una música. Bueno, se puede empeorar con unos gorgoritos desafinados saliendo de sus labios.
Presuponemos que, para escuchar esos sonidos, el volumen debe de estar tan alto que están acabando con su capacidad auditiva y que en nada y menos se quedarán sordos. Al menos, así se alimentó una leyenda urbana que ha ido creciendo desde que ese tipo de audífonos se popularizó en la década de los ochenta. De hecho, se publicó algún que otro estudio donde se afirmaba que una de cada 20 personas se estaba quedando sorda por el abuso de estos dispositivos. Ver artículo completo »












