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No crean que la hemos tomado con la Dirección General de Tráfico, ni que pertenecemos a ese grupo de “los locos de Canonball”, ni tan siquiera que acumulamos en los archivos de Más que Ciencia una colección de multas impagadas por infringir las normas de circulación de manera continuada o que aspiramos a un nombramiento en ese departamento. Sencillamente, entendemos que la gobernanza de cualquier país debe de regirse por el rigor y si esos asuntos entienden de temas tan delicados como este, ha de extremarse al máximo y que, ante la duda, siempre será mejor que campe a sus anchas un delincuente a que vaya a la cárcel un inocente.

Desde estas páginas hemos puesto en solfa los criterios de la instauración del carnet por puntos y más recientemente las verdades a medias sobre los supuestos beneficios de llevar abrochado el cinturón de seguridad (tal y como está diseñado y salen los autos de la fábrica en España y Europa), pero las campañas que la citada Dirección General lleva a cabo nos obligan a ello.
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Nulius in verba” —(no creas) en la palabra de nadie— es el lema de la Royal Society, una de las sociedades científicas más antiguas y reputadas del mundo. Es una instiución que, entre otros cometidos, combate los argumentos de autoridad sin demostración que tanto gustan utilizar a nuestros políticos. Y es que la estulticia —y, desgraciadamente, la maldad— de muchos de nuestro políticos es colosal.

Un ejemplo es la reciente campaña de la Dirección General de Tráfico española para promocionar el uso del cinturón de seguridad en los vehículos. En la radio emplean un argumento supuestamente contundente: uno de cada cinco muertos en accidentes de tráfico iba sin el cinturón. Si le damos la vuelta al argumento, la tentación elemental es, obviamente, suponer que utilizar el cinturón es muy peligroso: de cada cinco muertos en accidente cuatro llevaban puesto el cinturón de seguridad.

Pero un sencillo cálculo de probabilidades demuestra que el asunto es —como casi siempre— mucho más complejo. Tenemos que conocer qué porcentaje de conductores utiliza el cinturón. Y resulta evidente, por ejemplo, que si tan solo el 1% de los conductores no usa el cinturón, teniendo en cuenta que muere el 20% de los que no lo utilizan, estos conductores temerarios tienen 20 veces más probabilidades de morir en accidente que los que si se lo abrochan.  Ver artículo completo »

Sobre el carácter de los niños se dicen muchas cosas: que si son ingenuos, que si no tienen maldad porque en su pequeño universo no se conciben las ideas del bien y del mal, que siempre dicen la verdad (como los borrachos, por cierto)… Pero lo que nunca se había afirmado, hasta ahora, es que piensan como si fueran científicos: analizan patrones estadísticos, hacen experimentos y asimilan conocimientos mediante la observación de lo que hacen los demás. Sorprendente, ¿no?

Es decir, que en su corta inteligencia, hacen uso de la estadística para tomar sus propias decisiones. Se han realizado diferentes estudios que prueban este esquema de pensamiento. Uno de los más curiosos fue poner a un bebé junto a una caja llena de bolas rojas y blancas. Los investigadores se acercaban a la caja y cogían bolas mayoritariamente de determinado color, el rojo. Luego, dejaron que fuera el peque quien diera la bolas a quien se acercaba a la caja. Sin mayor problema, en el reparto optaba por entregar más pelotas rojas que blancas. Ver artículo completo »

La estadística es una herramienta muy importante en cualquier investigación científica. Gracias a ella se pueden obtener patrones comunes ante un fenómeno a estudiar que, posteriormente, se convertirán en la base que sustente determinada teoría. Por ejemplo, a la hora de establecer diagnósticos médicos ha jugado un papel determinante: determinados síntomas repetidos de manera constante sirven para conocer qué tipo de enfermedad padecemos.

Ahora bien, a la hora de abordar cualquier experimento en el laboratorio, es importante determinar de una manera precisa cuáles son esos elementos significativos que se van buscando y cuáles, aunque se repitan machaconamente, no aportan nada al estudio. Y, lógicamente, luego hay que afinar a la hora de determinar el tamaño de la muestra (cuántos resultados son significativos para establecer unas conlusiones generales). Toda una disciplina complementaria que cuenta con su propio desarrollo y evolución y que resulta de crucial ayuda a la hora de sentarse en un laboratorio.

Pero cuidado con sacralizarla, porque por sí misma la estadística no ofrece resultados. O mejor dicho, no aporta soluciones; en ocasiones, plantea interrogantes o abre líneas para abordar nuevas investigaciones o para sumirnos en misterios sin solución por el momento.  Ver artículo completo »

Empecemos con un juego. Se elige un hombre al azar de entre toda la población española. El hombre resulta ser soltero, católico practicante, un tanto melifluo y meapilas. ¿Usted qué cree: se trata de un obrero de la construcción o de un cura?

Parece evidente que se trata de un cura. A fin de cuentas, sus características coinciden mucho más con las del estereotipo de una persona salida de un seminario que con las de un recio obrero de la construcción…

Pero no. Hemos tomado una decisión errónea. Casi seguro que se trata de un obrero de la construcción. A fin de cuentas, en España hay muy pocos curas y muchísimos obreros de la construcción (aunque muchos estén en el paro). Incluso hay muchos más obreros de la construcción solteros, católicos practicantes, un tanto melifluos y meapilas que curas. Y el quid de la cuestión es que “se elige un hombre al azar entre toda la población española”. Pero nuestra intuición nos juega una mala pasada: no emplea la estadística y, en cambio, utiliza un prejuicio sobre cómo son los curas.  Ver artículo completo »

En este cursillo acelerado sobre economía al que estamos sometidos, el nombre de las grandes agencias de calificación de riesgos (como Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch Group) se ha erigido en el dedo acusador que separa el trigo del grano. En teoría, su poder radica en su capacidad de predicción del futuro económico (al menos del inmediato) con un cierto grado de exactitud. Sus predicciones orientan a los inversores sobre cómo invertir su dinero de forma rentable y segura.

Así, los informes de estas corporaciones pueden hacer que la prima de riesgo se dispare y que un país no pueda encontrar financiación para su deuda si no es a precio de usura.

Y si tanto poder tienen, lo menos que se puede pensar es que las predicciones que realizan estas agencias son certeras. Vamos, que aciertan en una buena parte de sus diagnósticos. ¿O no? Ver artículo completo »

Todo se conjura contra el portero a la hora de detener la temida pena máxima en el fútbol. La física determina que el delantero puede impactar a la pelota con razonable precisión (colocándola donde quiera) a 28 metros por segundo. El punto de penalti está situado a solo 11 metros de la portería. Si, como dice el reglamento, el portero no puede moverse hasta que el delantero chuta la falta, entonces dispone de menos de cuatro décimas de segundo para averiguar por dónde va el balón, moverse hacia el lugar al que este llegará y pararlo.

Es fácil comprender que se le acumula el trabajo. Por cuestiones de fisiología de la visión, el cancerbero necesita observar aproximadamente los tres primeros metros de la trayectoria del balón antes de adivinar su dirección (una tarea en la que utiliza aproximadamente un décima de segundo). Su cerebro debe calcular la trayectoria (aunque el portero no sea consciente, se trata de un cálculo complejísimo) para lanzarse y aunque nuestro cerebro realiza este cálculo muy rápido, necesita algún tiempo. Ver artículo completo »

Más allá del pánico que provoca la situación de la prima de riesgo y la falta de liquidez del país, los españoles —y los europeos y, por qué no, buena parte del mundo— viven en un ay pendientes de la Eurocopa y las andanzas de la Roja. Así que para aquellos que abandonan la defensa de los eurobonos para transmutarse en seleccionadores, allá va una retahíla de argumentos para acaloradas conversaciones de bar. Y todo desde una perspectiva científica, no crean, porque además de arte, en el deporte rey también hay mucha ciencia.

Ya a principios de los 60 del siglo pasado, los ingleses decidieron estudiar científicamente el fútbol. Uno de los aspectos que se abordaron fue el penalti perfecto. Ese momento donde dos hombres, cual Gary Cooper en Duelo en OK Corral, se enfrentan al reto de alcanzar la gloria o hundirse en los infiernos. ¿Existe una manera de lanzarlo para que sea imposible pararlo? Ver artículo completo »

El contacto es quizás la manera más intensa de comunicarse que hemos desarrollado los humanos. El roce de las yemas de los dedos sobre la piel de un semejante, sea en forma de caricia, de apretón de manos o incluso de cachete, transmite emociones y mensajes de seguridad, de confianza, de fuerza, de protección, de solidaridad, de cariño.

La piel es una fuente continua de sensaciones, pero también puede resultar un vehículo de contagio de enfermedades. La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta que 7 de cada 100 infecciones en el mundo desarrollado y cerca de 10 en las naciones en vías de desarrollo que se transmiten en los hospitales son provocadas por una deficiente forma de lavarse las manos por parte del personal de los centros hospitalarios o por los visitantes que tocan a los pacientes.

Imaginen el grado que puede alcanzar esta manera de contagio en los llamados países de llamado Tercer Mundo. Y los datos hacen referencia tan solo a lo que ocurre en los hospitales. Ver artículo completo »

Foto de The USO

A mis alumnos les suelo explicar fundamentos de epidemiología terminando con un corolario humorístico, de profundo sentido humano y práctico. Se trata de la epidemiología de Barrio Sésamo, muy útil para el científico y para la vida en general.

Coco, un peluche excepcional de andares inconfundibles e intensa mirada, intentaba en aquel mítico programa televisivo explicarles a los niños la diferencia entre grande y pequeño, y cerca y lejos. Íntimamente relacionados, estos conceptos son la base de toda investigación epidemiológica y, por qué no, de cada cosa que nos sucede en la vida.

Un estadístico puede encontrar asociaciones por doquier, estadísticamente significativas, por lo tanto no atribuibles, en principio, al azar. Pero, ¿es la asociación fuerte? ¿Explica gran parte del efecto? Por ejemplo, un fumador aumenta su riesgo de cáncer de pulmón, una enfermedad frecuente, quizá ocho o diez veces respecto del no fumador. Esta es una asociación fuerte.  Ver artículo completo »