Dicen los modernos que estudian la sociología —antropología más bien, diría yo— humana del Homo televisivo que se puede comprobar la influencia maléfica de este aparato a través de las huellas que quedan en el sofá. Y no solo se refieren a las manchas o quemazones que denotan que el individuo deglute como un auténtico cerdo y se manifiesta indolente con lo que ocurre a su alrededor, ya que su mirada permanece fija en la pantalla, sin pestañear siquiera. Más bien hacen referencia a los cambios que se producen en la fisonomía de esa pieza imprescindible en el salón, que poco a poco sufre un proceso de mutación —casi de clonación— dibujando una fiel radiografía en relieve de las partes traseras del sujeto en cuestión.
Pero no solo sufre el pobre sofá; a medio plazo, también quien deposita su confianza sobre él. Este tipo de sedentarismo moderno se traduce en una pérdida de la mitad de los espermatozoides. Como lo está leyendo, permanecer frente a la televisión más de 20 horas semanales provoca como efecto secundario esta merma en las potencialidades reproductivas de los varones. Ver artículo completo »





