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Mileva Maric y Albert Einstein. Foto de Galaxy FM

Esposa y madre… Las pocas mujeres que podían escapar a esta especie de determinismo histórico en los albores del siglo XX y lograban acceder a una formación académica o científica estaban condenadas a desarrollar su carrera   a la sombra de sus maridos.

Tan asumido tenía su rol Mileva Maric, la única mujer de su promoción en el instituto Politécnico Federal de Zúrich, que en una carta que dirige a su amiga Helene Kaufer comenta satisfecha: “Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”.

El trabajo no era otro que La Teoría de la Relatividad y su compañero por entonces era Albert Einstein. Pero solo pasará a la historia el genio de aspecto despistado de melena blanca y encrespada. Muy pocos rendirán tributo a esta matemática que puso soporte a una de las teorías que revolucionó el mundo de la Física.  Ver artículo completo »

La imagen de un ser atormentado, ebrio de alcohol, buscando a su musa en oscuros o siniestros bares para después plasmarlo en un lienzo, o la de otros jóvenes discutiendo acaloradamente en torno a una mesa repleta de vasos medio llenos (o medio vacíos, según se mire) que de pronto sacan papel y lápiz para registrar los acordes de una canción, los esbozos de un poema o la idea para un relato no resulta extraña en el imaginario colectivo cuando queremos simbolizar el genio creativo.

Prácticamente a nadie le extraña que Van Gogh (o cualquier otro superdotado de los pinceles) tuviera que nadar en absenta para visionar sus paisajes o retratos, o a Nietzsche dándose un chute para deslizar sus teorías del superhombre. Ahora bien, si hablamos de otras creaciones y de otros genios, por ejemplo los científicos, esa imagen bohemia —de un irresistible atractivo— se torna en una de tal pulcritud y limpieza que echa para atrás. Newton leía plácidamente a la sombra del manzano cuando cayó la fruta madura, et voilá, Teoría de la Gravedad al canto.

Los rayos X se vislumbraron en el interior de un laboratorio casi por error… Y también una casualidad en la sala contigua permitió a Bell inventar su teléfono. Vamos, que si bohemia y arte van de la mano, aburrimiento y ciencia resultan sinónimos.  Ver artículo completo »

Muchos mercados financieros, para satisfacer la demanda de nuevos sistemas de contratación, han habilitado espacios cercanos —centros de procesos de datos llamados proximity  para que los brokers ubiquen sus servidores dedicados al algorithmic trading y disminuya la latencia. Lo que persigue un broker no es solo una buena latencia, sino que esta sea mejor que la de sus competidores y, por tanto, llegue antes al libro de órdenes del mercado en el que opera. Una ventaja de 1 milisegundo podría suponer un aumento de 100 millones de dólares al año en la cifra de negocio.

Para rizar más el rizo, algunos mercados que ya tienen muchos miembros ubicados en proximity han habilitado otra modalidad conocida como colocation. Esto consiste no en tener cerca los servidores de sus miembros, sino en ubicarlos dentro de su propio centro de proceso de datos. Por tanto, la latencia queda reducida al mínimoVer artículo completo »

Cuando hablamos de supuestos de futuro relacionados con el cambio climático, no vale afirmar que, como se trata de predicciones no muy buenas, no cabe otorgarles credibilidad. Esas predicciones, con sus muchas imperfecciones y elementos aun desconocidos, es lo mejor que tenemos hoy por hoy. Eso sí, tienen, obviamente, un margen de error —mejor dicho, de incertidumbre— que ni siquiera es fácil de cuantificar pero que, en algunos supuestos, podría ser considerable.

Sobre todo cuando se utilizan modelos matemáticos del clima a los que se les hace predecir situaciones globales para dentro de cien años, aun a sabiendas de que existen graves lagunas de desconocimiento, o de conocimiento imperfecto, difíciles de acotar, incluso de identificar, en la actualidad; por ejemplo, que el sistema climático en su conjunto es un sistema caótico, lo que hace inaplicables las matemáticas que usamos en los modelos al uso.

Conviene observar la enorme cantidad de circunloquios y precauciones de lenguaje que hay que utilizar en estas cuestiones: “Difíciles de explicar”, “parece probable”, “cierta seguridad”, “todavía muy imperfecto”, “no fácil de cuantificar”, “incertidumbres”, “lagunas de desconocimiento”, etc. Todo ello resultaría inadmisible en un texto periodístico, pero es necesario cuando se quiere abordar el asunto con honestidad y rigor científicos.  Ver artículo completo »

Marie Curie ganó el Premio Nobel de Física en 1903, "en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubierta por Henri Becquerel"

“Hace poco hemos [plural] terminado un trabajo muy importante que hará [singular] mundialmente famoso a mi marido”. Aquel trabajo fue conocido como Teoría de la Relatividad y la frase es de Mileva Maric, mujer de Albert Einstein. El uso del singular pone de manifiesto la posición que ocupaba la mujer en los albores del siglo XX. Aun así, la mujer salía del túnel de la Edad Media, 1.500 años después del asesinato de Hipatia en Alejandría.

Los colegas de Einstein comentaban que Mileva resultaba desconcertante por lo buena matemática que era y afirmaban que “le resolvía [a su marido] todos sus problemas matemáticos, en especial los de la Relatividad”. Sin embargo, Mileva es una perfecta desconocida, abandonada por Einstein unos años antes de obtener el Nobel.

Mejor suerte corrió su contemporánea Marie Skłodowska-Curie, a quien se le reconoció su valía, dedicación y conocimiento con dos premios Nobel. Sin embargo, sufrió rechazo social por su relación personal con el físico Paul Langevin y jamás fue admitida en la Academia de las Ciencias Francesas.  Ver artículo completo »

El 5 de septiembre de 1906, el físico Ludwig Boltzman realizó su último experimento. Ató una soga a los barrotes de una ventana de su casa, hizo un nudo corredizo alrededor de su cuello y se ahorcó. Minutos más tarde, cuando la señora Boltzman regresó al hogar después de haber llevado un traje a la tintorería, se encontró a su marido muerto, quieto como el péndulo de un reloj al que se le ha acabado la cuerda.

Nunca se perdonó haber tardado en llegar a casa o incluso haber salido de ella y, así, evitar el desenlace fatal que la convirtió en viuda. Cuando el ser humano se enfrenta a una situación final, seguro que en más de una ocasión desearía tener la capacidad de retroceder en el tiempo para cambiar su manera de comportarse.

Manejar las manecillas del reloj a su antojo es una constante en la literatura, en la psicología, en la filosofía o en la física… En todas las disciplinas que precisan de una actividad intelectual.  Ver artículo completo »