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Al final, tanto hablar de la crisis económica, de sus derivadas y sus consecuencias, vamos a terminar aprendiendo economía sí o sí. Y lo estamos haciendo por el camino más difícil, que es comprobando sus efectos en nuestras carnes. Y “como la letra con sangre entra”, el aprendizaje también hace que nos cuestionemos, al menos los de mi generación, los postulados sobre los que se asienta el sistema, o sus presuntos postulados.

De entrada, los defensores del libre mercado nos machacan con la ley de la oferta y la demanda, y cómo su desarrollo marca ese mercado —y por lo tanto la economía—. Así asientan las recetas para salir de la crisis. Esta ley nos encuadra a todos, por un lado están los productores de bienes, por otro lado los consumidores y la pulsión entre ambos determina el precio del producto y las necesidades de producción del mismo. A saber, si la demanda excede la oferta, aumenta el precio y habrá más fabricantes que se decanten por esta línea, ya que se presupone se obtendrán pingües beneficios. Ver artículo completo »

No cabe duda de que la actual política de recortes generalizados está desmochando muchas de las actividades más prometedoras de este país. Estas actividades contribuían a dar a España un prestigio internacional. Desafortunadamente, la ciencia está entre las más perjudicadas por los recortes (en torno al 40% y tendiendo a aumentar).

Como es lógico, la ciencia española se resiente ya a corto plazo. Y se resentirá mucho más cuando las consecuencias del recorte se noten de verdad en la falta de recursos, la obsolescencia de las infraestructuras científicas y la falta de relevo generacional.

Son muy conocidos los indicadores que permiten estimar la calidad y la repercusión de la ciencia y la tecnología de un país (basados en el número y la calidad de los artículos publicados, las patentes y los modelos de utilidad, la cooperación internacional, etc). Pero, asimismo, hay indicadores de mayor interés económico: los estimadores que calculan cuánto aporta la ciencia al prestigio de un país. Sin duda, no son más que una aproximación. Pero permiten ver tendencias.  Ver artículo completo »

Empecemos con un juego. Se elige un hombre al azar de entre toda la población española. El hombre resulta ser soltero, católico practicante, un tanto melifluo y meapilas. ¿Usted qué cree: se trata de un obrero de la construcción o de un cura?

Parece evidente que se trata de un cura. A fin de cuentas, sus características coinciden mucho más con las del estereotipo de una persona salida de un seminario que con las de un recio obrero de la construcción…

Pero no. Hemos tomado una decisión errónea. Casi seguro que se trata de un obrero de la construcción. A fin de cuentas, en España hay muy pocos curas y muchísimos obreros de la construcción (aunque muchos estén en el paro). Incluso hay muchos más obreros de la construcción solteros, católicos practicantes, un tanto melifluos y meapilas que curas. Y el quid de la cuestión es que “se elige un hombre al azar entre toda la población española”. Pero nuestra intuición nos juega una mala pasada: no emplea la estadística y, en cambio, utiliza un prejuicio sobre cómo son los curas.  Ver artículo completo »

En este cursillo acelerado sobre economía al que estamos sometidos, el nombre de las grandes agencias de calificación de riesgos (como Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch Group) se ha erigido en el dedo acusador que separa el trigo del grano. En teoría, su poder radica en su capacidad de predicción del futuro económico (al menos del inmediato) con un cierto grado de exactitud. Sus predicciones orientan a los inversores sobre cómo invertir su dinero de forma rentable y segura.

Así, los informes de estas corporaciones pueden hacer que la prima de riesgo se dispare y que un país no pueda encontrar financiación para su deuda si no es a precio de usura.

Y si tanto poder tienen, lo menos que se puede pensar es que las predicciones que realizan estas agencias son certeras. Vamos, que aciertan en una buena parte de sus diagnósticos. ¿O no? Ver artículo completo »

El ritornello conservador de la eficacia de lo privado frente a la mala gestión de lo público, que ha calado ya en sectores como la Salud, la Educación o la televisión, y que ha sido una constante en el discurso del Gobierno desde que presentó los Presupuestos Generales para este año, se da de bruces con la realidad de lo que ocurre en España en relación con la inversión en I+D+i (uno de los pilares para salir de la recesión con garantías de futuro).

El discurso neocon se asienta en la paulatina desaparición de la gestión del Estado (en todas sus formas: central, autonómica o local) en todos los sectores de la actividad productiva y en una continua transferencia de fondos confiando en las bondades de la iniciativa privada. Pero, curiosamente, cuando llega el momento de los recortes, el tijeretazo del 26% realizado en este capítulo resta 475 millones a subvencionar proyectos y 916 a la partida de créditos para empresas. Es decir, que no deben de confíar tanto en la gestión privada como predican en su discurso.

Los números son tozudos y no resulta cierto, como reza el dogma liberal, que la iniciativa privada esté sustituyendo al Estado. La balanza de inversiones ha demostrado que el gasto privado en Investigación y Desarrollo apenas llega al 0,7% del PIB, según los datos relativos a 2010 publicados por el Strategic Research Center de la EAE Business School, frente a la media de 1,2% del resto de nuestros socios comunitarios. Alemania, Francia y Reino Unido invierten el 2,8, el 2,3 y el 1,9%, respectivamente, e igualmente inalcanzable resultará el objetivo de la Agenda de Lisboa de llegar al 3%.  Ver artículo completo »

Llega la primavera y la vista inconscientemente se dirige a los picos nevados de los montes. Comienza el deshielo y con él otro ciclo de la vida. Pero no siempre es así, a veces sus consecuencias pueden resultar fatales, tanto para el destino de la humanidad como para otras especies. Concretamente, la disminución de la capa de hielo en el Ártico no es una buena noticia.

En términos económicos, tal y como se entiende hoy en día la economía dominante, la apertura de una segunda ruta navegable por el Ártico confirmada por la NASA el pasado septiembre (que es cuando se realiza la medición de la capa de hielo) supone un nuevo atajo en la navegación entre Europa y Asia.

Y ya sabemos que para el capitalismo un atajo se traduce en ahorro de costes en el transporte —en el gasto de energía— y, por lo tanto, en mayores beneficios. Aunque a medio plazo se puede augurar un conflicto entre países por reclamaciones de soberanía (bussiness are bussiness). Ver artículo completo »

Las Matemáticas nos proporcionan la mejor explicación del mundo que nos rodea, pero casi nadie las aplica en su vida cotidiana. Algunos biólogos evolutivos aseguran que no hacerlo resultó para la especie humana adaptativo: el peligroso mundo primitivo de los cazadores-recolectores era tan difícil que si hubiera calculado certeramente las probabilidades de sobrevivir no hubiese tenido la presencia de ánimo necesaria para enfrentarse a la caza o la guerra.

Pero si aplicamos un enfoque numérico a problemas cotidianos, podemos encontrarnos con interesantes sorpresas. Incluso de algo tan sencillo como comer pan podemos extraer sorprendentes conclusiones.

En 1980 cada español comía de media 86 kilos de pan al año. Luego empezamos a preocuparnos por guardar la línea y el consumo de pan cayó progresivamente. Hoy solo comemos 35 kilos por habitante y año. De seguir así esta tendencia, una sencilla interpolación nos indica que para el año 2033 habremos dejado de consumirlo.  Ver artículo completo »

Inmersos en la crisis, ni siquiera el futuro parece ser el que se presumía. Sin embargo, quienes nacimos antes de la llegada de la democracia todavía recordamos cuando éramos pobres (el pollo era un lujo que se comía cuando había algo que celebrar y aún estaba en plena vigencia el refrán de “cuando seas padre ya comerás huevos”).

Es bastante probable que una mezcla de codicia, incompetencia y neoliberalismo vuelvan a llevarnos a una situación económica difícil. Si llegamos a ella, nuestra vida volverá a estar condicionada por los bienes  Giffen. Y me explico.

En los tiempos de vacas gordas, cuando hay recursos de sobra, el dinero de la cesta de la compra se diversifica en una buena cantidad de productos. Cuando la situación empeora, no queda más remedio que reducir gastos: se compran menos productos, y cada vez más baratos. Así, en las vacas flacas, cuando un producto sube mucho de precio, todavía nos queda la alternativa de comprar otros no tan caros. A corto plazo, la balanza se equilibra, o por lo menos, no existe la sensación de pérdida de calidad de vida.  Ver artículo completo »


Quien tiene una idea tiene un tesoro. Esta frase adaptada a las empresas tecnológicas, fundamentalmente las de informática y las de telefonía movil, se puede traducir en: quien tiene una patente  tiene un tesoro. Y la posesión de una patente —que es un papel que certifica que alguien  posee el derecho sobre el uso y comercialización de determinado aparato o tecnología— ha desatado una guerra sin cuartel entre las empresas del ramo, como hemos podido leer hacer poco en la prensa.

Patentar algo no impide a la competencia utilizar este producto, tan sólo señala que para usarlo se debe pagar por su uso al inventor. Esta situación hace que las empresas tecnológicas que descubren cosas nuevas traten de protegerlas con las correspondientes patentes, para que si la competencia las necesita pasen por caja. Ver artículo completo »

Inmersos en la crisis, políticos y economistas nos plantean continuos recortes y mayores sacrificios como receta. Mediocres soluciones de escaso atractivo que nos encaminan hacia un mundo gris. Y encima poniendo en riesgo cosas que no tienen repuesto -como el medio ambiente-.

Echamos en falta soluciones ingeniosas (o cuanto menos diferentes). Sin duda tenemos costumbres y estilos de vida que tal vez tuvieron sentido en otras épocas, pero que hoy en día podrían estar de más.

Por ejemplo: cada año gastamos más de 10.000 millones de euros en maquinillas desechables. Como resultado generamos alrededor de 250.000 toneladas de metales pesados (de los restos de las cuchillas) que van a la basura. Y eso sin contabilizar las cantidades ingentes de energía necesarias para fabricarlas estas maquinillas. Ver artículo completo »