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Son tiempos extraños. Al tiempo que los mercados condicionan nuestras vidas, el pensamiento único, o mejor dicho el pensamieno dominante en el mundo occidental, convierte al dinero en el bien supremo. Tanto que no hay alternativa. Nos hacen creer que vivimos en el único mundo posible.

La sociedad comunal o la del trueque es una entelequia, y la teoría afirma que el origen del dinero se pierde en la noche de los tiempos y está íntimamente asociado a nuestra especie. Y seguirá siendo así durante toda la Historia de la Humanidad. ¿O no? Ver artículo completo »

Como decía Ramiro de Maeztu, “hay un problema moral en la inversión del dinero. No es indiferente que se gaste de un modo o de otro. No es lo mismo comprar caramelos de limón que poner la peseta en una caja de ahorros o darla de limosna a un pobre” (ABC, 17 de diciembre de 1933).

Efectivamente, no da igual lo que hagamos con el dinero. Aplicado a la sanidad, con su bolígrafo, cada médico y enfermera ejecutan un importante gasto dinerario cada día, y no da igual a lo que se dedique. Veamos ejemplos, en los que a veces los propios profesionales no reparan.

Un fármaco llamado enalapril es hoy en día el patrón en tratamiento de la hipertensión arterial. Se trata de un conocido inhibidor de la enzima convertidora de la angiotensina (IECA) y su efecto vasodilatador y ligeramente diurético es hipotensor, y muy bien tolerado por la mayoría de los pacientes, excepto aquellos (pocos) a los que les produce tos como efecto indeseado.  Ver artículo completo »

De la irracionalidad del hombre común se obtienen pruebas a cada instante. Basta observar el comportamiento que empuja a una persona a decidirse, por ejemplo, por una Coca-Cola cuando en realidad le gusta más el sabor de la Pepsi. Incluso a la hora de decantarse por una transacción bursátil en lugar de por otra.

Desde un punto de vista científico, no hay lógica. O, al menos, no en la manera en que los teóricos de la economía liberal clásica dibujaron su Homo economicus: un ser que resuelve dudas en base a preferencias razonables, especialmente aquellas que afectan a su bolsillo.

Sin embargo, lo que no previeron fue la influencia en la toma de decisiones de algo tan irracional como las emociones personales. Descifrar este misterio se ha convertido en una obsesión de los grandes lobos de Wall Street, de multinacionales del marketing y también de universidades de Estados Unidos, Alemania y Japón, que se han lanzado a una enloquecida carrera por descifrar las claves emocionales del comportamiento económico del hombre, la neuroeconomía. Ver artículo completo »