“Hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que navegan” (Sócrates)
No era fácil parir en la Holandaimperialista del siglo XVI pero morir se convertía, a veces, en una complicación. Eso es lo que le sucedió a la expedición dirigida por el asesor científico Willem Barents que zarpó de Amsterdam un placentero 10 de mayo de 1596 rumbo al Extremo Oriente por la ruta inhóspita del norte dela Tierra. Era el tercer intento por abrir una nueva vía que acortara los plazos de navegación hacia Indonesia, Sri Lanka y Taiwán. Cansado de estrepitosos fracasos en plena época de expansionismo colonial, el pragmático Estado General marítimo holandés anunció que ya no malgastaría su gigantesco presupuesto en viajes a la aventura. El de Barents -dos buques de madera capitaneados por Jacob van Heemskerk y Jan Cornelisz Rijp- sería el último.
Con 26 tripulantes a bordo, decidieron poner rumbo hacia latitudes altas, hacia el Polo Norte. La ruta fue fijada en tierra firme por un influyente teólogo y cartógrafo llamado Petrus Plancius, a quien el viejo lobo de Barents consideraba un picapedrero de las tierras bajas, un ignorante de las venganzas que urde el mar. Sin embargo, le resultó imposible variar el plan marcado. Rijp era un fiel escudero de Plancius. Era primavera avanzada y el sol tenía que haber fundido cualquier barrera de hielo. Ver artículo completo »



