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Ahora que sabemos que los mayas no se ganarían el sustento como augures, aunque tampoco ningún otro seguidor de las teorías apocalípticas en boga como los Testigos de Jehová, por ejemplo, y que nos toca penar por estos lares un tiempo más —corto si seguimos empeñados en destruirlo— tampoco se trata de despreciar por este fallo todos los aportes que hizo esta gran y avanzada civilización precolombina.

Por continuar con los elementos astronómicos, esta civilización se caracterizó por realizar una minuciosa y precisa observación del cielo. Tanto, que con sus rudimentarios instrumentos —comparados con los actuales— fueron capaces de determinar con bastante exactitud la traslación de la Tierra alrededor del Sol. La definieron en periodos de 365,2420 días (la Nasa la ha medido en 365,2422 días), fueron capaces de predecir los eclipses solares y descubrieron los equinoccios y los solsticios, describían las posiciones del Sol, la Luna, Marte y conocían las fases de la Luna, entre otros asuntos. Ver artículo completo »

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Mirar a las estrellas y dejarse fascinar por las constelaciones estaba al alcance de cualquiera, pero fueron pocas, muy pocas las mujeres que pudieron dedicarse a esta actividad con intenciones científicas. Las trabas puestas a las mujeres para acceder al conocimiento astronómico hicieron esperar hasta bien entrado el siglo XVIII (1786) para que una de ellas descubiera un cometa.

Nacida en Hanover (Alemania, entonces Prusia) en 1750, hija del director de la banda de la Guardia Hanoveriana y hermana de un gran astrónomo, Carolina Herschel (15 años mayor que ella), compartió con su hermano la pasión por explorar el Universo. La vida de ambos, hasta cierto punto corrió en paralelo. Ver artículo completo »

Hacer tu carrera a la sombra de tu marido o de tus hijos y pasar a la historia como la anómima descubridora del Cometa de 1702 es un triste bagaje para una reputada astrónoma. Pero fue el peaje que tuvo que pagar Maria Winkelman por haber nacido mujer y demostrar unas dotes poco frecuentes para la investigación y la ciencia.

Nacida en Alemania en 1670, su padre y su tío decidieron que la pequeña Maria debería tener las mismas oportunidades que sus hermanos varones para estudiar. Fruto de su formación, se decantó por la astronomía, disciplina a la que se acercó de modo autodidacta, en contacto con el astrónomo Cristopher Arnold, con quien llegó a trabajar.

Maria empezó a contactar con la inteligencia de su época y se enamoró del matemático y astrónomo Gottfried Kirch, 30 años mayor que ella. Se casaron y tuvieron cuatro hijos. Pronto comenzaron a trabajar en equipo y juntos realizaron las observaciones y los cálculos precisos para los calendarios (fases de la Luna, puesta de Sol, eclipses y posición del Sol y otros planetas que elaboraba la Real Academia de las Ciencias de Berlín y que eran de gran utilidad para la navegación).  Ver artículo completo »

“Al ver su estrella en el oriente, hemos venido para adorarle… Entonces Herodes, llamó en secreto a los magos, e indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: vayan, y averiguen con diligencia acerca del niño; y cuando lo hallen, hagánmelo saber, para que yo también vaya y le adore.

Y ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño”.

Es la narración del cronista Mateo en su Evangelio sobre el avistamiento de un cometa. Algunos se atreven a afirmar que fue ni más ni menos que el cometa Halley. Quizás el Halley sea el más famoso de los que conocemos porque sus avistamientos se remontan en torno al 467 a. C. Existen registros de que fue visible durante 80 días y los astrónomos chinos registran su paso alrededor de la Tierra desde el 240 a.C.

Aunque no parece probable que se tratara de él, ya que su ciclo de orbital ronda los 76 años y cronológicamente no fue hasta 11 años después de nacer Jesucristo cuando volvió a aparecer entre nosotros. Ver artículo completo »

El lunes 27 de abril de 1789 se desata el motín mas célebre de la historia: el Motín de la Bounty, dirigido por Christian Fletcher. Y también comienza la que posiblemente sea la mayor hazaña náutica de la humanidad: una travesía de 3.618 millas marinas efectuada en 41 días. 19 personas hacinadas en un pequeño bote sin cubierta, de solo siete metros, sin apenas recursos ni instrumentos, al mando del teniente de navío William Bligh.

Excepto una persona, que murió asesinada por los nativos al desembarcar, todos llegaron con bien al final de la extraordinaria odisea. ¿Cómo fue posible?

Sin duda gracias a la extraordinaria cualificación como marino de William Bligh. Pero también gracias a su excelente cualificación científica, que ya había demostrado trabajando a las órdenes del capitán Cook en sus famosas expediciones.  Ver artículo completo »

Entre los marinos existe el acuerdo tácito de considerar que la navegación de 3.618 millas náuticas que realizó William Bligh hasta Timor —después de ser abandonado en altamar durante el célebre motín de la Bounty— es, con mucho, la mayor hazaña en el mar de todos los tiempos. No es para menos: lo dejaron en un pequeño bote sin cubierta de 23 pies (apenas siete metros), con 14 tripulantes leales, sin brújula, corredera, ni cartas náuticas.

En primer lugar, Bligh puso rumbo a la isla de Tofua para obtener alimentos y agua. Allí, los nativos mataron a un tripulante (la única baja en tan largo viaje). Bligh, sin armas, huyó internándose en el mar y decidió ir directamente a Timor (el puesto europeo más cercano) en un viaje aparentemente imposible de casi 7.000 km.

Como necesitaba instrumentos, con los escasísimos medios de a bordo fabricó una rudimentaria corredera para saber la velocidad a la que navegaba. Para suplir el cronómetro, enseñó a su tripulación a medir el tiempo en base a la media de los latidos cardíacos. Tomaba la altura de las estrellas con su mano estirada… Y así logró la extraordinaria hazaña de alcanzar Timor en sólo 47 días (más o menos lo que tardaría un yate a vela moderno).

Y no perdió a nadie en el mar a pesar de las escasas raciones y de algún que otro temporal. Jamás nadie navegó una distancia semejante en un bote sin cubierta.  Ver artículo completo »

Reloj astronómico. Foto de pryanphoenix

Manejar el tiempo se ha convertido en una obsesión, sobre todo desde que se descubrió cómo los periodos de luz y oscuridad conforman nuestra existencia, determinan el flujo de las mareas o marcan el crecimiento de las cosechas. En ese tránsito de controlar los ciclos vitales, el tiempo también ha sido protagonista de problemas mucho más prosaicos.

Estas preocupaciones llevaron a tomar medidas drásticas a Julio César, quien impuso su propio calendario. Originariamente, los romanos utilizaban un calendario de 304 días distribuidos en diez meses (seis meses de 30 días y cuatro de 31). Los desfases producidos (el año solar tiene 365) se ajustaban en el último mes del año, pero se hacían con criterios políticos y no astronómicos.

Por ejemplo, determinar el día de pagar a la servidumbre o para prorrogar cargo de un funcionario, adelantando o retrasando las votaciones… Numa (el primer rey romano) impuso un calendario de doce meses de 30 días cada uno.  Ver artículo completo »