Pocos materiales han resultado tan útiles al hombre como el amianto. Se utilizó masivamente en fibrocemento, recubrimientos —por ejemplo, uralita—, baldosas, embragues, frenos, materiales ferroviarios, en construcción naval, como aislante en el sector eléctrico —centrales térmicas y nucleares—, en materiales textiles, etc. Y pocos han sido, al mismo tiempo, tan dañinos.

Sus efectos adversos se conocen desde la antigüedad. En la Roma clásica, Plinio el Viejo advirtió contra los nefastos efectos sobre la salud, describiendo con precisión la enfermedad que padecían los esclavos que tejían amianto. Desde 1906, en que se describió en Inglaterra la fibrosis pulmonar producida por este producto, se han publicado centenares de trabajos científicos que inequívocamente señalan su exposición como causa del cáncer de pulmón, el mesotelioma de pleura y la asbestosis.

Sin embargo, en la España de la autarquía franquista —y posteriormente en la del desarrollismo— se permitió utilizar amianto sin apenas control: tan solo limitando el tiempo de exposición de los trabajadores. Una regulación perversa que impedía a los afectados darse cuenta de que el amianto era la causa de sus padecimientos pulmorares. Y es que a cualquier persona le resulta muy difícil ligar la exposición al amianto con la mala salud, porque las enfermedades producidas por él tardan décadas en manifestarse.  Ver artículo completo »