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sexo por placer

El ser humano se encuentra ubicado, dentro de la escala evolutiva, en el peldaño más alto. Eso nos da una posición de observatorio hasta cierto punto privilegiada, pero por otra parte prepotente. En este sentido, se ha venido pensando en muchos casos que en el mundo animal el concepto de “sexo” se relaciona exclusivamente con la necesidad de perpetuar la especie.

Evidentemente, el ser humano como especie animal no se diferencia del resto de los animales en el tema del sexo y la reproducción, pero tenemos un valor añadido, que es la capacidad de disfrutar del sexo por el mero placer de disfrutar, sin la necesidad de garantizar nuestra descendencia.

Son cada vez mayores las evidencias etológicas que sugieren que los mamíferos superiores podrían tener también deseos de tener sexo por puro placer. En este sentido, es bien conocido que algunos monos se masturban o pueden llegar a usar objetos como elementos para su excitación sexual. En estos casos, queda plenamente claro que el objetivo no es la procreación sino, probablemente, su satisfacción personal. Redundando en este tema de sexo no reproductivo, solo me gustaría comentar que se han reportado unas 1.500 especies con comportamiento homosexual, de las cuales en 500 está demostrada la homosexualidadVer artículo completo »

Deje de buscar los tres pies del gato y de sacar al perro del armario. Definitivamente no, no existe la homosexualidad en los animales. Por más que nos guste atribuir características humanas al resto de especies que comparten con nosotros el Planeta —como están empeñados en hacernos creer los personajes de Disney y demás compañías de animación—, la homesexualidad es una opción sexual exclusiva de los seres humanos. Y por si hubiera alguna duda más, obedece a razones conductuales (de cómo vivimos nuestra sexualidad como Homo sapiens) y de entorno (factores culturales) y no existe ninguna causa genética.

Así que si se encuentra artículos de tal jaez, sencillamente no les haga caso, porque según los investigadores Andrew B. Barron y Mark J. F. Brown, son sencillas manipulaciones —bien intencionadas o no— de la prensa relacionando el contacto sexual en animales con actos puramente humanos.  Ver artículo completo »

Ducharse todos los días, aplicarse una capa de desodorante y/o colonia, peinarse y adecentar el cabello de manera reiterada, afeitarse o depilarse, limpiarse la dentadura después de cada comida… la verdad es que nos ha tocado la lotería como animales. Dedicamos buena parte del día a la higiene personal y al acicalamiento. ¿Higiene o coquetería?

Digamos que una mezcla de ambos, en nuestro caso. Por una parte, existe un código social que nos impone lucir de determinada manera y, por otra, un código no escrito inconsciente que nos induce a la protección como especie. En el reino animal, no somos los únicos que destinamos parte de nuestra jornada al cuidado corporal. Sin necesidad de mirar más allá del cojín de nuestras mascotas, podremos comprobar que los gatos se lavan a diario utilizando su propia saliva o que los pájaros utilizan su pico para limpiar su plumaje. Otros, algo más comodones, como los hipopótamos o determinados tipo de peces, se dejan desparasitar por otras especies para que les mantengan limpitos (es una relacion comercial; el picabuey obtiene el alimento de los insectos que anidan en la gruesa piel del hipopótamo y este se libera de esos molestos inquilinos).

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Decimos de él “que nos gusta hasta los andares”, pero lo cierto es que somos crueles cuando nos referimos a este animal. Su nombre invita a pensar en alguien de escasa higiene, modales o conducta inadecuada y con su imagen representamos al capitalista rico despiadado y sin escrúpulos. Sin embargo, el cerdo es uno de los grandes aliados de los humanos en términos de salud.

Las similitudes fisiológicas entre hombres y cerdos ha desplazado a los primates y han convertido a aquellos en la prinicipal fuente para la investigación de los exotransplantes (donación de órganos entre dos especies distintas), ya sean de hígado, corazón o pulmones, aunque para ello sea preciso modificarlos —a los cerdos— genéticamente o clonarlos para lograr su compatibilidad absoluta y evitar los rechazos.

Su piel es utilizada desde hace décadas para transplantes temporales —no para definitivos— en quemaduras de tercer grado. Se utiliza a modo de vendaje temporal que protege a los quemados contra las infecciones mientras la piel humana se va regenerando. Por otra parte, desde hace diez años se están logrando notables avances en la sustitución de válvulas cardíacas deterioradas (las porcinas provocan menos rechazo que las creadas artificialmente).  Ver artículo completo »

Animales bandera

El lince está condenado a desaparecer de Doñana

El lince de Doñana, los pandas chinos, el oso del cantábrico, las águilas calvas norteamericanas… son animales que trascienden a sus características como especie, se convierten en símbolos de una sociedad, de un paraje o de un espacio natural –los identificamos con él— y se destinan ingentes cantidades de fondos para evitar su desaparición.

Ahora bien, la permanencia o no, en el caso del lince por ejemplo, en las marismas de la desembocadura del Guadalquivir no resulta fundamental o básica para que ese espacio natural se degrade. En cambio, el dinero que se consigue abrazando su causa sí es imprescindible.

En términos de ecologismo bien entendido y partiendo de la base de que ninguna especie debe ser condenada a la extinción por la mera acción del ser humano, se denomina especie bandera a estos animales o plantas que resultan elegidos como símbolo.  Ver artículo completo »

En investigación, las prisas por llegar o por registrar una patente no suelen ser buenas consejeras. Como tampoco puede resultar bueno supeditar la investigación exclusivamente a los intereses de las empresas, del mercado, de las modas de turno o a un exceso de pasión por formular una teoría novedosa.

A veces el gran salto para la humanidad se convierte en un auténtico salto al vacío. Si no, que se lo pregunten a Luigi Galvani, natural de Bolonia (Italia), uno de los pioneros investigadores de la electricidad.

Médico y físico, Galvani, en la década de 1780, se interesó por descubrir las relaciones entre la fisiología y la electricidad. Una pasión que condujo a uno de los errores más notables en la Historia de la Ciencia.

Galvani, fanático de la demostración empírica de las investigaciones, en uno de sus experimentos comprobó algo que dio paso a una rocambolesca teoría. Un día de tormenta, tras colgar una hilera de ranas en una verja metálica, observó cómo las ancas de los batracios se contraían al tocarlas con unas pinzas metálicas. Es decir, que podía conseguir que los animales saltaran incluso después de haber muerto.  Ver artículo completo »

Cambio de rol

Hace unos meses escribí un artículo sobre la partenogénesis, tema que despertó bastante interés, probablemente por lo curioso del asunto. Hoy quiero hablar de otra cosa que tiene que ver con el mundo animal y que estaría muy bien que les ocurriese a los humanos.

Existen algunos animales que tienen la propiedad de cambiar de género, dependiendo de diversos aspectos ambientales o conductuales. Por ejemplo, las doncellas (Coris julis), unos peces que viven en el mar Mediterráneo, se caracterizan por ser hermafroditas.

Esto no quiere decir que tengan los dos sexos simultáneamente. Estos peces son hermafroditas de manera secuencial: cuando son jóvenes son hembras y tienen un color, y cuando son adultos se convierten en machos y su coloración cambia. El esfuerzo del cambio de sexo puede ser tan tremendo desde el punto de vista biológico que puede llevar el 30% de la vida del animal.  Ver artículo completo »

Todos los animales tenemos un tamaño fruto del proceso adaptativo, con el cual nos movemos por el mundo, en la mayoría de los casos con gran éxito. Aun así, el ser humano se esfuerza en evolucionar por su cuenta.

Los deportistas, por ejemplo, tras un programa minucioso de entrenamiento —y con alguna ayudita química para los tramposos— se fuerza al máximo cada grupo de músculos para superar cotas que le hagan el más fuerte, el más rápido, el más ágil o el más flexible de la raza.

Aunque parezca mentira, si existiesen pulgas del tamaño de un ser humano jamás serían acreedoras de un metal olímpico. La altura que sea capaz de saltar un animal (h) depende de su impulso inicial, que a su vez depende de su fuerza (f) y de la distancia (d) que recorre el centro de gravedad (el punto a partir del cual perdemos el equilibrio y caemos) al extender sus patas mientras siguen en contacto con el suelo.

Es decir, que el salto que consigamos está en relación de la fuerza del impulso y de la capacidad de mantener el equilibrio en el momento del salto.  Ver artículo completo »

Aunque seamos agua en gran proporción y pertenezcamos a este medio por concepción y evolución, sin duda es el lugar que resulta más hostil a los esfuerzos por adaptarnos a él. Sin profundizar en cuestiones de diseño, basta con afirmar que el tamaño es fundamental para determinar la velocidad dentro del agua y la forma de nadar (en superficie o buceando).

La fuerza que propulsa a cualquier animal depende de la masa muscular, una magnitud que se mide en función del volumen, es decir, es cúbica. En cambio, la resistencia al agua depende de su forma y sección; en este caso en función de su superficie, es decir, cuadrada.

A diferencia de lo que ocurre con el peso, en este caso la proporción se invierte, y la relación volumen/superficie beneficia a las especies mayores: los peces más grandes son los que alcanzan velocidades superioresVer artículo completo »

Una hormiga puede transportar hasta 20 veces su peso

Una vez cada cuatro años —ya sea en verano o en inverno—, se produce la concentración más elevada de personas por metro cuadrado en torno a un electrodoméstico: los Juegos Olímpicos. Es el mejor modo de observar cómo ha evolucionado la máquina llamada ser humano.

El hombre es quizá el único animal que puebla la Tierra empeñado en enmendarle la plana a la naturaleza constantemente. No se resigna a que su diseño (tamaño y forma) responda a una vida en un entorno concreto y, de ahí, sus restricciones mecánicas, termodinámicas…

A priori, puede parecer —teoría corroborada por los halteras— que a mayor tamaño, más capacidad para soportar un mayor peso. Es decir, en teoría, en función de su tamaño, un elefante es más fuerte que un mosquito (es más grande y, por lo tanto, levanta más peso). Una afirmación correcta en términos absolutos, pero no tanto en relativos.  Ver artículo completo »