En más de una ocasión hemos abordado los efectos colaterales que tiene el modelo de crecimiento económico y urbano que están imponiendo los humanos desde principios del siglo XX. Unos efectos que tienen como protagonista indiscutible los residuos y como paganos de la fiesta a los ecosistemas y los animales que viven en ellos.
El ciclo natural de la vida, además, convierte al agua en uno de los agentes transmisores más habituales y, a la vez, en uno de los chivatos más efectivos a la hora de la detección de alertas. La mayoría de los residuos que generamos son hidrosolubles y, como en la canción de los Toreros Muertos, ese agüita amarilla que fluye por los desagües acaba en los estómagos de otros animales.
Los análisis periódicos de las aguas nos ofrecen datos nada tranquilizadores. Los fármacos que tomamos para calmar nuestra ansiedad, como el ansiolítico Oxazepam, acaban calmando la ansiedad —que no padecen— de los peces.
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