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Los agricultores que han desarrollado su actividad junto a la costa siempre han buscado en el mar elementos que contribuyeran a abonar sus tierras. Una actividad milenaria que fue arrinconada por el progreso. La investigación en fertilizantes fue el detonante para abandonar prácticas como el uso de la concha del mejillón o de algas para enriquecer sus tierras de cultivo, en detrimento de otro tipo de productos que resultaban más baratos o, sencillamente, menos costosos en esfuerzo (venían directamente de la fábrica en lugar de tener que recolectar ellos mismos el abono).

El progreso, en esta ocasión, no tenía razón y ha supuesto de hecho un paso atrás. Resulta que el tratamiento con conchas de mejillón mejora la calidad y fertilidad de suelos ácidos: aumenta su pH y reduce la cantidad de aluminio. Ver artículo completo »

“Estos tomates no saben como los de antes”. Seguro que esta frase, aplicada a cualquier otro producto alimenticio, le resulta común. Un inicio de conversación, además, al que suele suceder otro tipo de comentario achacando al uso de pesticidas, los piensos compuestos en el caso de los productos animales y, más recientemente, a la modificación genética o uso de transgénicos esa falta de sabor.

Y siempre hay alguien que sentencia para rematar que en aras de aumentar la productividad o el márketing —que luzcan más bonitos en el supermercado— se han sacrificado los sabores de los productos.

En algunos casos razón no les falta, pero también se olvidan otro tipo de observaciones como, por ejemplo, que gracias a la producción de pollos en cadena los humanos accedieron al consumo de proteínas baratas, tan necesarias para nuestro organismo, aunque para ello se haya sacrificado el sabor del pollo. A lo largo de siglos la única fuente de proteínas, por no decir grasas, de los humanos procedían del consumo de carne de cerdo. Lo de la ternera, el cordero o el pollo estaba reservado solo para los bolsillos más pudientes.  Ver artículo completo »

La primera gran virtud del hombre fue la duda y el primer gran defecto la fe (Carl Sagan)

El 28 de Julio de 1941 era ejecutado de un disparo en la Unión Soviética -el destino de los traidores- uno de los más brillantes genetistas del país: Georgii Dmitrievich Karpechenko. Cinco meses antes fue arrestado, y acusado de espionaje y subversión. Una cortina de humo que oculta la lucha abierta entre burócratas y científicos ortodoxos desatada cuando el ‘camarada Lysenko‘ accedió al poder.

En los albores del movimiento revolucionario, un grupo de científicos decidieron aplicar modernas técnicas genéticas para incrementar la producción agrícola de la Unión Soviética y acabar así con las hambrunas seculares que asolaban Rusia. Consiguieron extraordinarios éxitos genéticos y agronómicos. Pero terminaron ejecutados (o murieron tras largas condenas en el Gulag). Ver artículo completo »

Trofim Lysenko.

Si algo se aprende en una vida dedicada a la investigación es a valorar el concepto de lo relativo y huir de los maximalismos. En ciencia no hay dogmas ni caben los dogmáticos, y cuando este espíritu invade los despachos de los burócratas, se corre el riesgo de hacer que fracase toda la sociedad, como le ocurrió a la soviética, cuya agricultura -y por tanto la alimentación de toda la población- todavía está pagando los errores cometidos (al intentar que la política totalitaria pueda aplicarse a las ciencias biológicas) por abrazar sin más el dogma revolucionario.

Lenin escribió que “salvo el poder, todo es ilusión”, pero los jóvenes bolcheviques, imbuidos por el espíritu del nacimiento de un nuevo hombre, llegaron a confundir poder e ilusión, e impregnados de prejuicios sobre todo aquello que pudiera parecer pequeñoburgués, se emplearon a fondo a erradicarlo.

Trofim Lysenko (1898-1976), ingeniero agrónomo y prohombre del régimen, es el responsable directo del atraso del campo soviético e indirecto de las hambrunas que ha padecido el país, así como de que la Unión Soviética pasara de ser exportador a importador de trigo.  Ver artículo completo »

Foto de Science

La ciencia ha mejorado espectacularmente nuestra calidad de vida. Ya no se sufre la tragedia de ver morir a los hijos, los parásitos han desaparecido del cuerpo del hombre, apenas se siente dolor… La ciencia aporta una vida cómoda, segura y, en gran parte, predecible. Pero como contrapartida, no deja de dar tremendos golpes en el orgullo colectivo del ser humano.

Poco antes de Galileo, el hombre estaba hecho a imagen y semejanza del mismísimo Dios y, en consecuencia, ocupaba el centro de la creación: la Tierra estaba quieta en su posición privilegiada y todos los demás cuerpos cósmicos (las estrellas, el Sol, los otros planetas…) giraban inalterables alrededor suyo. Ahora resulta que la Tierra no es más que un miserable planeta de un sistema solar de segunda mano, en un extremo de una más de entre los millones de galaxias existentes… En pocos años pasamos de ser los reyes de la creación a ser insignificantes en la inmensidad del universo…

Y va a peor. Hace poco se ha derribado otro de los pilares sobre los que ha construido los mitos de la civilización y el progreso: el desarrollo de la agricultura, un hito que formaba parte del patrimonio de la especie más inteligente que jamás pobló la Tierra.  Ver artículo completo »