Categoría: Viento y marea


Foto de Alvimann

Hace ya dos años que salimos a la luz. El 11 de noviembre de 2010, un ilusionado equipo de científicos y periodistas hacíamos público este blog con la intención de difundir historias de ciencia de forma sencilla, sin por ello perder rigor. En el tiempo transcurrido, Más que Ciencia ha ido creciendo, sin prisa pero sin pausa, añadiendo secciones (y las que aun esperan su momento) y haciéndose un modesto nombre (o eso nos gusta creer) entre los medios de difusión científica en castellano.

Así, este sitio sigue creciendo en número de visitas (el mes pasado fue, sin ir más lejos, el que más obtuvo) y ya está asentado en más de 20.o00 mensuales, más del doble que hace un año, cuando celebrábamos nuestro primer aniversario. Asimismo, hemos recibido un premio que nos hizo especial ilusión: el de la categoría de Divulgación en los Premios de la Salud 2012, que concede Caja Rural de Granada. También nos compensa parte del esfuerzo diario comprobar que Más que Ciencia aparece listado en el puesto 18 entre los blogs de ciencia de la plataforma e-Buzzings y que, hace unos días, quedásemos entre los 50 mejores, según los lectores, de los premios Bitácoras (concretamente, en el puesto 39, un par de posiciones mejor que el año pasado: gracias a quienes nos votasteis. El año que viene, a ver si nos lleváis a la final).

Por supuesto, que una editorial como Silente decidiese publicar un libro con lo mejor que hemos publicado aquí (con versiones extendidas de esos artículos) es otro motivo para continuar dedicando parte de nuestro tiempo a este proyecto.  Ver artículo completo »

Ruinas de Cartago

En uno de los más trascendentes y arriesgados viajes marítimos de la antigüedad, el fenicio Hannon partió de Cartago (Túnez) al frente de una flota de 60 barcos que transportaban unas 30.000 almas, cruzó las columnas de Hércules, se internó en el Atlántico, y bordeando África llegó hasta las costas de Gabón tras dejar atrás el gran golfo de Guinea. Corría el año 425 a.C.

Después de explorar la costa, fundar asentamientos y comerciar con sus habitantes, volvió a casa. El viaje de Hannon (en su época comparable a la carrera espacial del siglo XX) representó el mayor esfuerzo científico-tecnológico de su tiempo.

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Foto de Ivan Rumata

Hace justo un año, abríamos al público esta revista online con la intención de ayudar a difundir el conocimiento científico entre el público general, sin rebajar el rigor ni la calidad de los textos e imágenes. Los primeros lectores que entraron en Más que Ciencia se encontraron con un artículo por sección, fechados desde el día 5 del mismo mes: era nuestra manera de arrancar con una pequeña muestra de todo lo que pretendíamos ofrecer en adelante. Creemos que no nos ha salido mal del todo, aunque el veredicto final es cosa vuestra, de los que nos seguís a diario o esporádicamente.

Más que Ciencia nacía con cinco secciones que abordaban la ciencia desde distintos ángulos. Purasangres y Cerdos, donde va incluido nuestro primer artículo, era y es el espacio para explicar la genética y la evolución con un punto de vista en ocasiones particular. Una muestra de esto son los dos posts más leídos a día de hoy dentro de la sección: Las leyes de la atracción y El error genético del Tea Party.

Como publicación comprometida con nuestro planeta y con el ser humano, era necesario mantener un espacio para escribir sobre medio ambiente y cambio global. Aunque Tiempos de Cambio ha tenido una frecuencia de actualización variable, artículos como la primera parte dedicada a contar la maldición de los humanos y el final de la serie sobre el poder destructor del agua también aparecen entre los textos que más han llamado la atención.  Ver artículo completo »

De sobra es conocido que parte de nuestra dieta cotidiana, la patata, el tomate, el maiz o el cacao entre otros alimentos, proceden del Nuevo Mundo. En un mundo globalizado parece algo normal.

Ahora bien, para que estas plantas cruzaran el Atlántico por primera vez en viajes llenos de peligros y penalidades hizo falta un espíritu muy especial y un ansia de conocimiento.

Es el momento de las grandes expediciones científicas y la ‘Comisión de Francisco Hernández a Nueva España’ se considera como la primera de estas características de la historia de España. Su impulsor, el controvertido Felipe II. Ver artículo completo »

David Livingstone nació tres veces. La primera en Glasgow, el 19 de marzo de 1813, en el seno de una familia calvinista que marco su existencia hasta que la muerte se lo llevó 60 años más tarde en Chitambo, Zimbabue. Las otras dos ocasiones en las que este humilde misionero de creencias religiosas a prueba de bomba salvó milagrosamente su blanquísima piel fueron en Ujiji, Tanzania, y en Mabotsa, Suráfrica.

En ambos lugares fue el hombre -y no su dios, como pensó él- quien se interpuso en el inevitable camino hacia el otro barrio. En Ujiji surgió un sádico periodista de entre la maleza selvática quien, sin querer, pronunció una de esas frases que le lanzan a uno a la estratosfera de la fama: “Dr. Livingstone, supongo”. Efectivamente lo era, pero con un aspecto lamentable tras un lustro perdido en el continente negro. Ver artículo completo »

Hay tipos que nacen con estrella y otros estrellados. Henry Stanley está a medio camino entre los dos polos. En 1871 se topó con David Livingstone, el explorador escocés a quien casi todos daban por muerto en su obsesiva búsqueda de los flecos del nacimiento del Nilo que Speke y Burton habían dejado sin cerrar. Estaba en el corazón de África.

—“Usted es el Dr. Livingstone, supongo”.

—“Sí, caballero” —contestó Livingstone, con la benévola sonrisa y la ritual reverencia típica de un hombre con un carácter dulcísimo que gozaba en Inglaterra de un sólido aprecio popular.

Se encontraba sentado en la orilla del lago Tanganica, en una aldea llamada Ujiji, en Tanzania, y vestía como un lord en pleno centro de Londres. Llevaba más de cinco años desaparecido. La última noticia que se tenía de sus andanzas por el continente negro era un cable llegado a las oficinas de la Royal Geographical Society: “He encontrado el nacimiento del Nilo”. Todos los expertos de la refinada y prestigiosa sociedad británica quedaron estupefactos. Las coordenadas enviadas le situaban mucho más al sur, en Tanzania.  Ver artículo completo »

Una vez superado el mal trago, Roald Amundsen puso manos a la obra para su siguiente expedición: la búsqueda del mítico paso del Noroeste, que se había tragado a su héroe infantil, John Franklin. Para esta empresa, Amundsen unió al descubrimiento geográfico un objetivo científico, con el fin de facilitar los apoyos financieros. El anzuelo fue el magnetismo polar. En tres años obtuvo el dinero que necesitaba, compró el Gjoa, un pesquero de 47 toneladas y poco calado, seleccionó a seis expertos marinos y científicos, y zarpó.

Cruzó el Atlántico Norte y se dirigió por la costa occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una vez allí, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear hacia el sur, entre el laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hicieron penosa la marcha, pero a fines del verano, descubrió un puerto natural de invierno en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Allí pasó dos años prolíficos en materia científica ya que los datos recogidos suministraron a los expertos material para 20 años de evaluación.

Pero aún quedaba lo más duro: llegar a Alaska. La ruta fue extenuante. Día tras día midiendo la profundidad, probando aquí y allá para meter el barco entre témpanos de hielo. Finalmente, el segundo de a bordo gritó: “¡Una vela, una vela!”. Era un ballenero. La victoria era suya.  Ver artículo completo »

El Polo Sur es un lugar inhóspito. Es un escenario de absoluta desolación. Una extensión plana de hielo barrida por vientos huracanados, cegadoramente blanca bajo el claro verano y envuelta en sombras impenetrables durante la larga noche. Es la zona más gélida del planeta. Y también, la más silenciosa.

Sin embargo, el 14 de diciembre de 1911, los gritos de Roald Amundsen y cuatro compañeros noruegos rasgaron el silencio de aquel paisaje desolado. Acababan de conquistar el Polo Sur. Ellos eran los primeros.

Aquella hazaña aun se mantiene en la cumbre de la historia de las exploraciones. Amundsen, un enjuto marino noruego de 39 años, describía así a un periodista el valor de su conquista: “No puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto de mi vida. Sería novelar descaradamente. Más me vale ser honesto y aceptar con sencillez que no he sabido nunca de un hombre que se encontrara en una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel momento. El Polo Norte es el que me ha atraído desde la infancia, pero yo estaba en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?”  Ver artículo completo »

Hespérides, en la expedición Malaspina. Foto de puratura.com

Por muy difícil que resulte entenderlo en los actuales tiempos de oscuridad -España bordea hoy la entrada el selecto club de países deudores conocido como PIGS (cerdos)-, en 1789 el Estado español dedicaba al desarrollo científico un presupuesto muy superior al de resto de naciones europeas. La monarquía absoluta de Carlos III gobernaba sobre un vasto e inhóspito territorio y el rey era un fanático de la ciencia, la técnica, los globos aerostáticos y las estrellas. Un monarca ilustrado, una rara avis en tiempos de decadencia.

Se financió una asombrosa cantidad de expediciones científicas a Nueva Granada, México, Perú y Chile, pero el más ambicioso y largo de aquellos viajes fue, sin duda, el que capitaneó Alejandro Malaspina. Una vuelta al mundo para cartografiar los océanos y poner nombres en español a las cosas y seres que habitan la Tierra. Durante cinco años, navegó por las costas de Suramérica hasta el río dela Plata, continuó hasta las islas Malvinas yla Patagonia. Dobló el Cabo de Hornos y pasó al Pacífico para subir hacia el norte, a lo largo de su costa, y alcanzar Acapulco, en México.  Ver artículo completo »

Ilustración de Descubierta y Atrevida, las dos corbetas en las que Malaspina llevó a cabo su expedición

Fue un marino listo. Un lobo de mar. Alejandro Malaspina fue el buscador de gloria perfecto en el momento perfecto, en los tiempos de la expansión colonial. Seductor, líder, comprometido, culto, riguroso, osado y, sobre todo, muy vanidoso. Nació cerca de Parma en 1754 y con 19 años ya era cadete de la Escuela de Guardia Marinas de Cádiz, lo que le permitió participar en combates navales donde pudo demostrar a sus superiores militares el valor que atesoraba para enfrentarse a pruebas extremas. Capitaneó la fragata Astrea, que dio la vuelta al mundo entre 1777 y 1779. Tiempo de hastío suficiente para encajar su ambición personal con las necesidades del Imperio, que tras años de conquista sufría un bloqueo de conocimiento. América era un gigantesco territorio inexplorado, donde incontables especies de flora y fauna desconocidas crecían como por ensalmo.

Con la Ilustración llegó a su plenitud una idea del progreso asociada a la expansión del saber, a las ciencias naturales. La corona española puso fin a los viajes de aventura y fe, para impulsar su influencia mundial en descubrimientos de botánica, zoología, geología y también cartográficos. La carrera del conocimiento había comenzado.  Ver artículo completo »