Categoría: Maneras de vivir


viagra y peso 

Cuando enfermamos, la sabiduría popular atribuye a los medicamentos una serie de propiedades para curarnos, al mismo tiempo que los señala como causantes de nuevos males. “Lo que se arregla por un lado se estropea por otro”, viene a decir el dicho.

Y no resulta del todo desencaminado, ya que los famosos efectos secundarios que puede tener la ingesta de determinado tipo de sustancias no son otra cosa que eso, desajustes en el organismo. Por ejemplo, cuando nos recetan antiiflamatorios hay que ingerir las famosas bombas de protones para proteger los efectos negativos de la producción de ácido en los jugos gástricos en el estómago. O sea, que la reducción de la inflamación puede conllevar un problema estomacal si no se toman precauciones. Pero no pretendemos abordar ahora el mundo de los efectos colaterales. Ver artículo completo »

bacteria 

El arte de disfrazarse para pasar desapercibidos no solo es una cualidad de los camaleones y de émulos de Mortadelo. La simulación está presente en la naturaleza y la practican numerosas especies. Lo que no se había comprobado hasta ahora es que también es patrimonio de las bacterias.

Y con ellas las cosas se complican, ya que al disfrazarse de virus lo que consiguen es burlar el sistema inmunitario. Así evitan que este las extermine y se alojan cómodamente en las células para perseverar en sus criminales intenciones. El descubrimiento es muy relevante, sobre todo si tenemos en cuenta que el bacilo de Koch, causante de la tuberculosis, es una de las bacterias que podrían utilizar esta táctica.

El asunto es que al hacerse pasar por un virus, el sistema inmune, engañado, comienza a trabajar utilizando otro tipo de armas para eliminar la invasión… en este caso liberando una proteína que está específicamente diseñada para combatir virus: la interferón beta, que utiliza la vitamina D para prevenir y erradicar el ataque.  Ver artículo completo »

dolor de cabeza 

De los males comunes que nos aquejan, sin duda los dolores de cabeza o migrañas son de los más molestos o inhabilitantes. Mucho se ha investigado sobre sus causas y más allá de remedios puntuales para paliar sus efectos, la ciencia —o la medicina, si lo prefieren— ha logrado desarrollar pocos tratamientos para evitar que se reproduzcan.

Aquellos que los padecen deben de conformarse con acudir al uso de analgésicos, más o menos potentes en función del dolor, y ralentizar sus actividades hasta que nuestro riego cerebral vuelva a la normalidad. Los últimos estudios apuntan que, para determinado tipo de migrañas, los analgésicos naturales —es decir, los que produce nuestro propio organismo— son un buen remedio. Estos neurotransmisores no son otros que las endorfinas. Y nada tan liberador de endorfinas como practicar sexo. Ver artículo completo »

 tvrota

Dicen los modernos que estudian la sociología —antropología más bien, diría yo— humana del Homo televisivo que se puede comprobar la influencia maléfica de este aparato a través de  las huellas que quedan en el sofá. Y no solo se refieren a las manchas o quemazones que denotan que el individuo deglute como un auténtico cerdo y se manifiesta indolente con lo que ocurre a su alrededor, ya que su mirada permanece fija en la pantalla, sin pestañear siquiera. Más bien hacen referencia a los cambios que se producen en la fisonomía de esa pieza imprescindible en el salón, que poco a poco sufre un proceso de mutación —casi de clonación— dibujando una fiel radiografía en relieve de las partes traseras del sujeto en cuestión.

Pero no solo sufre el pobre sofá; a medio plazo, también quien deposita su confianza sobre él. Este tipo de sedentarismo moderno se traduce en una pérdida de la mitad de los espermatozoides. Como lo está leyendo, permanecer frente a la televisión más de 20 horas semanales provoca como efecto secundario esta merma en las potencialidades reproductivas de los varones. Ver artículo completo »

cafe y nicotina 

Para algunos, el secreto está en la mente; todo es posible con voluntad. En cambio para otros, somos máquinas perfectamente engrasadas que funcionamos a base de química, que estimula la segregación de determinadas sustancias —hormonas—, que son las responsables de todos nuestros actos. Lo de siempre, lo puramente espiritual contra lo estrictamente mecánico. Es la contradicción permanente, esencia del ser humano.

Estas contradicciones se ponen de manifiesto de una manera palmaria al ejecutar determinadas acciones. ¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de yo fumo, porque a mí el tabaco me relaja? O eso de ¿nos relajamos tomándonos un cafelito? La nicotina y la cafeína son por principio estimuladores del sistema nervioso. Es decir, estamos ante dos sustancias que provocan por su propia composición una activación de determinadas funciones de nuestro organismo. Vamos, que químicamente es imposible que el tabaco o el café tengan efectos relajantes. Ver artículo completo »

juan historia

En un lugar del mundo, cuyo nombre no hace falta decir, había un pueblo sufriente en su desierto interior. Era 1950, y en aquella teocracia, la mitad de sus profesores universitarios habían sido forzados a la emigración. Del resto, la mitad, a su vez, llevaban hábitos y estaban consagrados a la divinidad. La producción total de trigo era menor que 30 años atrás; no había combustibles y las carboneras crecían tras los matorrales.

En ese yermo, la gente sufría raquitismo, lepra o tuberculosis. Había manicomios en los que se encerraba a los locos, entre los cuales sobresalía gente inadaptada y de izquierdas, mezclados con casos de sífilis congénita y ciudadanos envenenados con yerbas del campo, tan incomestibles como abundantes, tras dos décadas de hambruna.

Así, la sanidad era sobre todo un modo de apartar a los miserables en lugares llamados sanatorios. Las terapias útiles eran pocas, y el médico que sabía o decía saber aplicarlas, tenía una buena consulta privada en las capitales.

Los resortes del poder, del bienestar y de la prosperidad estaban en manos de una camarilla de militares, religiosos y sus descendientes (descendientes de ambos, digo).

Las cátedras y la judicatura eran hereditarias. El comercio estaba blindado con privilegios y aranceles que impedían la competencia real, a la que se tenía más miedo que al diablo. Todo lo que se movía en ese país era por concesiones a dedo, monopolios que mantenían a aquellos ciudadanos de talla baja en sucesivos cautiverios.

Con todo y con eso, alguno de los maestros pudo retornar, creó escuela, y sus discípulos salieron a ver mundo. Retornaron con la mente despierta y las manos entrenadas para curar de verdad. Alguien inventó un sistema meritrocrático e igual para todos, un sistema de acceso que elegía sistemáticamente a los mejores. No los premiaba con buenos salarios, sino con más trabajo, pero su principal motivación no era económica, sino profesional.

Hacia 1960 comenzó a venir gente curiosa por conocer un lugar incontaminado por la industria inexistente, rodeado de un halo mítico y feroz. Se dejaron cuatro perras que pusieron las bases de una nueva camarilla dirigente. Había que hacer carreteras. Ferrocarriles. Urbanizar. Comenzó a haber mano de obra procedente del campo que precisaba de todo. Parían. Se accidentaban. Morían. Eran necesarios hospitales. La propaganda vio conveniente crearlos, eran imprescindibles y resultaban de mucho impacto visual: cada inauguración, una foto. Pero ¿cómo relacionarlos con la salud de la población, en ausencia de programas preventivos y de atención primaria? Todo un misterio.

Muchos años después, José Ramón, un gerente de una de esas ciudades sanitarias, diría:

“Muchos de los ciudadanos de este barrio han tenido su primer y único contacto con el estado del bienestar a través de este hospital”. La sociedad se dotó de normas, a la muerte del tirano, que intentaban garantizar una igualdad en derechos entre los ciudadanos. Alguien pensó que había profundas desigualdades en salud y tuvo una idea genial: definir por ley un área, un lugar imaginario como la República de Platón, o la ciudad de Tomás Moro; habría de tenerse en ella todo lo necesario para restaurar y promover la salud de las personas, de forma accesible, universal y gratuita, en la que los servicios se prestaban esencialmente por servidores públicos, con un riguroso sistema de selección por méritos.

La sociedad, democrática ya, más justa, transversalizada por los impuestos y por las leyes, evolucionó hacia un sistema nacional de salud, universal y gratuito, real, en el que todos los ciudadanos, independientemente de su situación laboral o de su origen, tenían acceso completo a los servicios de salud.

Pero llegó una nueva época. Algunos nostálgicos de los privilegios volvieron al poder. Sintieron que era su momento de volver a vencer. Tenerlo todo otra vez. Echar a los descastados que habían rozado el poder por error.

Un médico muy viejo, más viejo que Gagaula, la inefable personaje de Las Minas del Rey Salomón, sintió nostalgia del pasado de las igualas y sanatorios, del tiempo de las enfermeras con cofia, y comenzó a hablar. Y sus palabras sonaban como campanillas a los oídos de los codiciosos, que por cada venta falsa llenarían más bolsas para mover por Cartagena de Indias. Sonaron bien también a los hijos de la camarilla extinta que veían una oportunidad para la resurrección. Sonaron bien, en fin, a los liberales que cada día acaparan más poder, a los que presumen de no estar ni por dinero ni por profesión, pero llevan cuarenta años colgando del cable de lo público. Fueron palabras perfectas para los adictos a la puerta giratoria, que ya se veían gobernando el futuro privatizado.

Solo tuvieron un fallo en el cálculo. El anciano creyó que los médicos, los profesionales liberales por antonomasia, se pondrían de su parte. Querrían ser aliados de esa deconstrucción del sistema público. Pero hasta los médicos habían cambiado. Habían tomado muchas veces cerveza con albañiles en los mismos bares. Habían tenido hijos con aquellas enfermeras y se habían juramentado en que nunca más llevarían cofia. Ese país había cambiado, aunque a muchos les resultase insoportable ese cambio.

Juan Martínez Hernández

cerradura 

Uno de nuestros objetivos es prolongar nuestra existencia en este planeta cuanto más tiempo mejor. Pero vivir más también puede resultar caro en términos de adaptación. De entrada, hay que subrayar que todos tenemos una fecha de caducidad y que en función de la misma nuestro organismo ajusta el funcionamiento de todas sus células. De ahí que, si estiramos la goma y prolongamos nuestra existencia, parece lógico pensar que alguien (alguna parte de nuestro cuerpo) ha de tener que pagar la fiesta. Es decir, que tendremos que acostumbrarnos a vivir con nuevas enfermedades —achaques producto del funcionamiento de células gastadas— y a combatirlas.

Quizá uno de los ejemplos más palmarios lo encontramos en nuestra osamenta. Diseñada para aguantar nuestra constitución, los huesos no tenían previsto estar tanto tiempo en activo y con su deterioro surgen los problemas de descalcificación, artrosis, artritis…. También el desarrollo de determinado tipos de cáncer es una buena muestra de ello. Sobre todo de aquellos cuya aparición, estadísticamente hablando, surgen a partir de determinada franja de edad adulta. Cuando la esperanza de vida no superaba los 50 años, lógicamente, no se desarrollaban, moríamos por otro tipo de causas. Ver artículo completo »

el color de los medicamentos<br /><br />

Los comportamientos de los humanos responden a diferente tipo de variables. Nos dejamos llevar por las percepciones que procesamos a través de los cinco sentidos a la hora de tomar determinado tipo de decisiones. Como especie, ni el oído ni el olfato resultan las más determinantes —tenemos una cierta desventaja sobre otras—. En cambio, la vista parece que nos influye sobre las demás.

En otras ocasiones hemos comentado cómo realmente comemos por la vista o cómo los colores predisponen favorable o desfavorablemente nuestro estado de ánimo. De hecho, esta circustancia es bien conocida por las compañías aseguradoras, que a través de sus propias estadísticas de siniestros establecen sus rankings de conductores más asiduos a entregar partes de accidentes. De hecho, aquellos automovilistas —entre otras variables como la edad, años de carnet, etc— que optan por comprar vehículos de color rojo muestran una predisposición a mantener una conducción más agresiva y, por lo tanto, resultan potencialmente más caros. Ver artículo completo »

auriculares

Uno de los espectáculos molestos que nos ofrece la civilización tecnológica es contemplar a esa caterva de adolescentes, y no tan adolescentes, solitarios que nos obsequian con su imagen contorneándose al compás de una melodía parapetados en unos auriculares —cascos, para entendernos— de donde percibimos algo parecido a una música. Bueno, se puede empeorar con unos gorgoritos desafinados saliendo de sus labios.

Presuponemos que, para escuchar esos sonidos, el volumen debe de estar tan alto que están acabando con su capacidad auditiva y que en nada y menos se quedarán sordos. Al menos, así se alimentó una leyenda urbana que ha ido creciendo desde que ese tipo de audífonos se popularizó en la década de los ochenta. De hecho, se publicó algún que otro estudio donde se afirmaba que una de cada 20 personas se estaba quedando sorda por el abuso de estos dispositivos. Ver artículo completo »

mussel 

La mitología postindustrial ha relegado a los japoneses como los grandes imitadores del planeta. Un pueblo al que le negamos la capacidad inventiva, pero por el contrario les aplicamos una gran capacidad para perfeccionar y adaptar lo que otros inventan. Como cliché no está mal, aunque dista mucho de la realidad.

Pero no se trata ahora de hacer una disquisición sobre la capacidad de los japos para crear. Más bien al contrario, se trata de llamar la atención sobre que muchas de las soluciones tecnológicas que pretendemos descubrir llevan millones de años funcionando de manera natural y sencilla en la naturaleza. En un mundo que estamos llenando de basura (los humanos, porque el resto de los animales está lleno de grandes recicladores) la solución pasa por la biotecnología: respuestas sencillas y naturales que determinados organismos vivos —sean vegetales o animales— aplican como mecanismos de adaptación a sus respectivos hábitats. Sin ir más lejos, la cinta velcro forma parte de esas respuestas que ofrecen determinado tipo de plantas. Ver artículo completo »