Ser original —o genial si prefieren— es algo al alcance de muy pocos, ya sea en el mundo de la ciencia o en el del periodismo. De hecho, como decía un amigo mío parafraseando la cita sobre la materia: “La ciencia ni se crea ni se destruye, solo se copia”. Y eso hacemos, progresamos en las investigaciones cuando un colega encuentra la manera de ver o medir algo; es decir, utilizamos su método para desvelar otros secretos.
Pero esto no es copiar ni plagiar. En el código deontológico de todo buen científico, tan importante como descubrir cosas nuevas es reconocer quién ha hecho una cosa por primera vez. Es por ello que cuando usamos los métodos de otros, sencillamente constatamos quién o cuál ha sido la fuente original. Desgraciadamente, las prisas por triunfar de los más jóvenes, el exceso de competitividad reinante o las ansias de atesorar firmas en las revistas hacen que algunos se la jueguen y se dediquen al noble arte del copy & paste, a falsear datos o a otro tipo de atajos que no solo redundan en que se juegan su carrera científica, sino en que empañan esta noble profesión a la que otros nos dedicamos cumpliendo escrupulosamente las reglas. Eso cuando no ocasionan problemas a terceros.
De todos los atajos, el más peligroso sin duda es el derivado del ego. Y en esto de las primas donnas he tenido la ocasión de comprobar que en el mundo de la divulgación es un mal que abunda. Cuando nos embarcamos en la aventura de este blog, desde el colectivo nos impusimos como norma reconocer el trabajo de los demás. Al fin y al cabo, divulgar es transferencia de conocimiento, algo así como meter la mano en un saco lleno de bolitas, sacar una e intentar contar una historia de manera comprensible, un hecho científico que seguramente pasaría desapercibido para el común (bien porque no se ha encontrado una explicación práctica o porque se ha hecho utilizando ese lenguaje críptico que en ocasiones utilizamos en los laboratorios). La originalidad, por tanto, no está tanto en el fondo como en la forma.
Aun así, las historias que presentamos de lunes a viernes están plagadas de referencias; bien a links de otras páginas que puedan ayudar a comprender las cosas o bien las fuentes de inspiración en las que nos hemos basado para hacer la contribución semanal. Pero, y siempre hay un pero en estos cuentos, parece que a algunos el ego no les permite ver el bosque y compruebo con cierta tristeza que otros medios —incluso de esos que pomposamente se ponen el adjetivo de independientes y que enarbolan cruzadas a favor de los derechos de autor— utilizan con absoluto descaro en parte o totalmente ideas (y me refiero a los enfoques) que hemos descrito mis compañeros y yo sin tener la menor decencia de reconocer qué parte del texto, el concepto o la idea la han tomado de este modesto blog. Está bien sentirse fuente de inspiración de otros, la verdad es que nunca me había sentido musa de nada ni de nadie, pero como dicen en el metro, “es muy triste de pedir, pero es mucho más triste de robar”.
Ahora entiendo por qué el periodismo está en crisis. Si nos copiamos los unos a los otros, el lector, a fuerza de ver la misma historia contada por distintas personas, empieza a sospechar que hay gato encerrado y no se fía ni de unos (los que trabajan correctamente) ni de otros (los que copian). Y no crean que soy víctima de un ataque de cuernos ni que me posee un furor porque me he leído en otras páginas con otra personalidad, es que con el mezquino planteamiento de copiar perdemos todos y, sobre todo, el lector, a quien se supone que nos debemos a la hora de divulgar.
No me importa ser la musa de otros… yo puedo tener una idea para contar una historia, pero sin duda hay mejores plumas que la mía para desarrollarla. Con una simple cita o un link ganamos todos, y sobre todo trasladamos a quien nos lea los principios de honestidad que soportan la actividad que, al menos a mí, me da de comer: hacer ciencia.
Y como toda historia debe tener un final feliz, en lugar de señalar con el dedo a quien copia sin rubor, prefiero detenerme en hablar de aquellos que lo han hecho bien. El Diario Médico publicó una reseña donde se hablaba de los animales que se automedican y donde no se hacía mención al blog pero sí al contenido, autor y la fuente. Este documento fue leído por el personal de la revista divulgativa QUO, que se puso en contacto conmigo para hacer un breve reportaje sobre el tema. ¡Chapeau! Bien hecho, y todos contentos.
Y una vez hecha esta declaración de principios, prometo seguir la próxima semana intentando contarles historias más divertidas.
Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica




Te sorprenderías (o quizás no) si supieras cuántas de esas “apropiaciones indebidas” se nos escapan, Jesús. De vez en cuando detecto por ahí algún que otro copy&paste que sí acredita, pero sin link, que es como no hacerlo cuando se trata de medios online. Y muchos, ya digo, ni nos enteramos.
Pero te iba a proponer algo, de ahí el comentario aquí: vale que no digamos quiénes plagiaron, pero sí podrías añadir qué artículos fueron, ¿no? Más que nada, para que quede constancia y, con el tiempo, no parezca lo contrario. Los podemos poner con sus correspondientes links y todo, jajaja.
Un abrazo.