Sobre el carácter de los niños se dicen muchas cosas: que si son ingenuos, que si no tienen maldad porque en su pequeño universo no se conciben las ideas del bien y del mal, que siempre dicen la verdad (como los borrachos, por cierto)… Pero lo que nunca se había afirmado, hasta ahora, es que piensan como si fueran científicos: analizan patrones estadísticos, hacen experimentos y asimilan conocimientos mediante la observación de lo que hacen los demás. Sorprendente, ¿no?

Es decir, que en su corta inteligencia, hacen uso de la estadística para tomar sus propias decisiones. Se han realizado diferentes estudios que prueban este esquema de pensamiento. Uno de los más curiosos fue poner a un bebé junto a una caja llena de bolas rojas y blancas. Los investigadores se acercaban a la caja y cogían bolas mayoritariamente de determinado color, el rojo. Luego, dejaron que fuera el peque quien diera la bolas a quien se acercaba a la caja. Sin mayor problema, en el reparto optaba por entregar más pelotas rojas que blancas.

El patrón de conducta del peque se repetía siempre, lo que a juicio de los investigadores prueba que había establecido en su mente un modelo estadístico para repartir las pelotas en función de las preferencias mostradas por la gente. Igualito que hacen los mayores cuando aplican el método científico.

Del mismo modo, repitieron otro experimento con niños que todavía no habían pisado una escuela y, por lo tanto, no habían socializado otros métodos de aprendizaje. Esta vez se trataba de un juguete que se ponía en funcionamiento realizando determinados movimientos.

Los adultos tomaban el juguete en sus manos y adoptaban varias acciones, en concreto tres, aunque realmente solo dos eran necesarias para ponerlo en marcha. El bebé observaba concienzudamente todos los movimientos que realizaban, pero cuando se le ponía en sus manos, curiosamente, solo reproducía las dos acciones eficaces en lugar de las tres. Es decir, en lugar de imitar todo lo observado eran capaces de discriminar lo relevante de lo accesorio. Al igual que los científicos al uso, eran capaces de aprender sacando conclusiones a partir de lo que hacían los adultos.

Y si esto forma parte del conocimiento intrínseco de los bebés humanos, algo estaremos haciendo mal en la escuela y en el resto de su proceso de aprendizaje, si tenemos en cuenta que cuando esos niños son adolescentes y jóvenes no se decantan por estudios de ciencias y que si les preguntamos por sus asignaturas favoritas las Mates y la Física ocupan los últimos lugares.

¿No creen que sería más lógico estimular la curiosidad natural de los infantes y diseñar nuevos modelos para enseñar la ciencia?

Referencia bibliográfica:

Alison Gopnik. Scientific Thinking in Young Children:Theoretical Advances, Empirical Research, and Policy Implications. Science. 27 de septiembre de 2012. Vol 337. 10.1126/science.1223416.

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