La evolución de los organismos vivos depara grandes paradojas. Sobre todo si la miramos desde nuestro punto de vista. Por una parte, nos coloca en la cúspide (o muy cerca de ella, si nos dejamos llevar por los instintos más bajos) de los animales más inteligentes que moran la Tierra, pero por otra nos ha llenado de imperfecciones (taras de fábrica) que podrían hacernos desaparecer. Pero a pesar de esas deficiencias, aquí seguimos dando la lata.
Desenredemos el trabalenguas. Somos de los pocos mamíferos (apenas otras dos especies más y algún ave) que no somos capaces de producir vitamina C o ácido ascórbico por nosotros mismos y, por lo tanto, tenemos que incorporarla a través de la ingesta de alimentos que sí la poseen. Una vitamina que resulta vital para evitar el envejecimiento prematuro, facilita la absorción de otras vitaminas y minerales, es antioxidante y previene ante enfermedades degenerativas (como el alzehimer, el cáncer o la arterioesclerosis) o cardíacas.
Es decir, que sin ella seríamos incapaces de producir colágeno, las venas y demás vasos sanguíneos se romperían, dejaría de funcionar los tejidos conectivos (los que nos mantienen con la estructura que tenemos; son los que unen músculos con huesos, por ejemplo) o se nos caerían los dientes.
Un curioso olvido de la evolución. Dejamos de producir una de las vitaminas que más falta nos hacen para seguir con vida.
Esta vitamina se sintetiza a través de una secuencia de cuatro pasos enzimáticos que la obtienen de la glucosa. Los humanos no lo podemos hacer porque no fabricamos la enzima L-gulucolactona. El gen encargado de hacerlo es defectuoso, no funciona bien.
La explicación que hasta ahora se acepta de estos caprichos de la evolución se remonta a más de 50 millones de años atrás. Por aquellos tiempos, la dieta de nuestros ancestros (primates) era tan rica en vitamina C que su organismo decidió que se ahorraba energía si dejaba de producirla. O mejor dicho, entre las múltiples mutaciones espontáneas que se producen, uno de los mutantes resultantes tenía este gen defectuoso, pero como su dieta era rica en esta vitamina pudo sobrevivir sin problemas.
Por esta casualidad —el ambiente favorable no supuso un hándicap—, se produjo un corte en la cadena. Como el mutante se reprodujo sin mayores dificultades, esa subespecie resultante continuó con su camino evolutivo exitoso que culminó en los humanos.
Pero eso es otra historia. De momento, no se olvide de incorporar en su dieta la fruta y la verdura, alimentos ricos en vitamina C.




Sencillo, conciso, y de comoda lectura……todo eso es dificil de conseguir !!!!!!!!
Pues es curioso que la naturaleza haya tenido ese despiste con nuestra especie, pero todo tiene remedio, y siendo la naranja uno de ellos: mejor que mejor. ¡Me encantan!