Perros y gatos se disputan el puesto de honor como mascotas de los humanos. Cada cual según sus artimañas, consiguen ablandar nuestro espíritu y acaban convirtiéndose en uno más de la familia. Los perros, en sus orígenes, son animales que vivían en camadas, es decir, en comunidad y no les ha costado tanto adaptarse a las normas que se les han impuesto con la domesticación. Aceptan sin más —aunque hay excepciones— que su amo es el macho alfa de la manada. Los felinos, en cambio, no son tan sociables. Apareos aparte, no suelen convivir con otras especies o en comunidades. Aunque eso no quiere decir que no sean unas mascotas cariñosas o atentas.

Aun así, los gatos han desarrollado un lenguaje propio. Los investigadores han descrito hasta 25 señales visuales que son utilizadas en 16 combinaciones diferentes (y hay que tener en cuenta que, desde el antiguo Egipto, se estudia de manera detallada su lenguaje corporal). Un lenguaje sutil, que les diferencian notablemente de los perros y que hay que tener en cuenta si, finalmente, se decide por uno de ellos como mascota. Orejas, ojos, posición de la cabeza y cola o rabo son los órganos que utilizan para contarnos cómo se encuentran.

Aunque si hay uno que transmite gran información es la cola. Tanto en canes como en felinos, es el órgano que más nos puede decir sobre su estado de ánimo y, por lo tanto, conviene estar atentos a sus mensajes. La de los mininos es bastante móvil: tanto de lado a lado como de arriba para abajo, con movimientos lentos o rápidos, e incluso puede enroscarse o inflarse.

Cuando la levanta, es sinónimo de que está feliz, que no se siente amenazado y que está encantado de conocerse. Una cola recta, rígida y apuntando al cielo es un rasgo de felicidad y, a medida que veamos su rabito descender, nos indica también que baja su seguridad, hasta el punto de que un gato enojado o asustado oculta su cola entre sus cuartos traseros (la reacción es similar en los perros). Ahora bien, si esa cola tiesa se inclina hacia un lado, además de estar tranquilo denota curiosidad.

Del mismo modo, cuando realiza movimientos lentos, lo que nos está indicando es que está concentrándose en algo que le intriga o sencillamente que tiene predisposición al juego.

A diferencia de los perros, si un gato nos recibe con movimientos rápidos de su rabo, lo que nos transmite es molestia o enojo, así que, cuidado, que está en disposición de mordernos o arañarnos. A mayor rapidez en sus movimientos, más enojo y ganas de atacar.

Esa posición defensiva la manifiestan también cuando la sacuden, aunque esté rigida apuntando al techo. Son síntomas de irritación. Aunque cuando deben de preocuparse de verdad es cuando se infla y se arquea. El felino ha pasado de una posición a la defensiva a una de ataque.

Ya ven, con una simple mirada a su apéndice podremos entablar una cordial relación con ellos. Y a partir de ese momento, como decían en el mítico filme, estaremos en condiciones de afirmar que “es el comienzo de una gran amistad”.

Enrique Leite

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