Los agricultores que han desarrollado su actividad junto a la costa siempre han buscado en el mar elementos que contribuyeran a abonar sus tierras. Una actividad milenaria que fue arrinconada por el progreso. La investigación en fertilizantes fue el detonante para abandonar prácticas como el uso de la concha del mejillón o de algas para enriquecer sus tierras de cultivo, en detrimento de otro tipo de productos que resultaban más baratos o, sencillamente, menos costosos en esfuerzo (venían directamente de la fábrica en lugar de tener que recolectar ellos mismos el abono).

El progreso, en esta ocasión, no tenía razón y ha supuesto de hecho un paso atrás. Resulta que el tratamiento con conchas de mejillón mejora la calidad y fertilidad de suelos ácidos: aumenta su pH y reduce la cantidad de aluminio.

La concha de mejillón es un material compuesto, con una fase mineral constituida por carbonato cálcico (95 a 99% del peso de la concha) y pequeñas cantidades de otros elementos tales como nitrógeno, azufre, fósforo, potasio y magnesio. Los investigadores estudiaron dos tipos de suelo en Galicia. El primero estaba tratado con los abonos habituales y el segundo se analizó una vez fuera enriquecido con conchas de mejillón mezcladas con purines de vacuno.

Midieron variables para determinar la calidad, como la biomasa microbiana, la respiración del suelo, mineralización neta, carbono orgánico disuelto, nitrógeno orgánico disuelto, nitrógeno inorgánico disuelto, deshidrogenasa, β-glucosidasa, ureasa y actividades fosfomonoesterasa. Los resultados, publicados en la revista Chemosphere, subrayaron que se producía una mejora de la actividad biológica del suelo y una disminución de aluminio. Asimismo, no observaron efectos adversos sobre las propiedades del suelo.

Ergo, además de disminuir la cantidad de residuos industriales (algo tendrán que hacer las conserveras con las conchas que, evidentemente, no utilizan en su proceso productivo), ayudan a que la agricultura en la zona mejore.

Pero además existe otro argumento a favor de recuperar esa práctica de los primeros agricultores. Los fertilizantes que actualmente se utilizan en las grandes explotaciones agrarias generan un tipo de residuos que llegan al mar, bien a través del agua de lluvia o por los desagües habituales.

Estos residuos provocan importantes alteraciones en los ecosistemas marinos. Bien porque son la causa de un crecimiento explosivo de algas, que acaban traduciéndose en situaciones de eutroficación, bien porque los pesticidas son absorbidos por los peces y los contaminan o intoxican.

Lo dicho, en términos de progreso, lo nuevo no siempre resulta bueno.

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