Portada New York Times, 25 Septiembe 2012

La verdad es que no entiendo que los curtidos ciudadanos y gobiernos de Occidente se escandalicen de este modo ante la publicación de esas fotografías del New York Times donde se ve a un ciudadano español rebuscando comida en un contenedor de basura, porque si algo sabe hacer el hombre blanco es generar basura y desechos. Así que convivir con la basura —en su cruda realidad— debiera verse como algo connatural a nuestro modelo productivo.

La foto se interpreta como un símbolo de la crisis económica que atraviesan determinados países de la Vieja Europa, los del Sur, que reproducen modelos que son el pan nuestro cotidiano en otras zonas del planeta a las que apenas nos asomamos.

La economía del planeta se rige por el parámetro de lo intensivo —agricultura o ganadería intensiva, productividad en las fábricas para producir más— y este vocablo es sinómino de basura. Se crean cadenas que solo se preocupan del producto final y no del proceso en su globalidad, hecho que se traduce en contaminación, destrucción de hábitats, pérdida de biodiversidad, adificación de los océanos, calentamiento global, etc. 

Contumaces nosotros, nos apartamos de los modelos que nos ofrece la naturaleza, que en 3.500 años de vida y evolución en la Tierra ha conseguido un sistema eficaz que permite la supervivencia y el equilibrio.

El modelo —probado y eficiente— que nos empeñamos en no ver y, por lo tanto, en no copiar es bastante sencillo: consiste en desarrollar una cadena de producción donde los desechos —la basura— producida en uno de los eslabones sirvan de materia prima para otros procesos productivos que tienen lugar en otros eslabones. Es decir, generar un modelo donde el reciclaje sea el eje de su acción y, por lo tanto, de su riqueza.

Estos son los principios de una nueva corriente que, muy lentamente, se está abriendo paso, la economía azul: la revolución tecnológica pendiente que pretende un cambio en la manera de utilizar los recursos y cuyo objetivo es la creación de sociedades económicamente sostenibles, generadoras de riqueza pero sin costes ambientales a todas luces incaceptables.

Cada ciudadano que vive en Occidente genera al día unos 2 kilos de basura (13 a la semana y cerca de 750 al año). Sumen a esta cantidad individual lo que generan los comercios y las industrias. Por ejemplo, en EE UU los desechos anuales de aluminio servirían para reconstruir y duplicar cada año su flota de aviones comerciales.

La foto resultante de Occidente, ¿no creen que sería parecida a la del New York Times?

Enrique Leite

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