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Todas las especies se desarrollan en un hábitat concreto y cualquier alteración del mismo supone un cambio de patrón que introduce cambios. Tan radicales, que pasan desde convertir a un pacífico ejemplar en un asesino depredador o sencillamente a su desaparición.

El aumento de las temperaturas en ríos y lagos, por ejemplo, está haciendo que un tranquilo pez que vive en los fondos de los lechos se haya convertido en un auténtico monstruo. El pez bagre o pez gato habita las aguas dulces en Europa central. Originario del Pacífico, esta especie carroñera, omnívora, se alimenta de otros peces y en invierno suele refugiarse entre las rocas o en el limo, ya que prefiere las aguas cálidas.

Al subir la temperatura, encuentra condiciones mejores para su reproducción y pone más huevos. El aumento de las poblaciones de bagre amenaza y, de qué modo, el ecosistema fluvial alemán. Son más y por lo tanto comen más y como están cómodos en las aguas (están calentitos), desarrollan una mayor actividad. Así que comienzan por devorar todo lo que se pone a tiro y, como están más tiempo en activo, tienen una tendencia a engordar y crecer más. 

Al ser más grandes, empiezan por no encontrar depredadores naturales, lo que hace aumentar más su tamaño. Y el círculo vicioso creado no deja de alterar el equilibrio biológico. Esquilman a las otras especies y a falta de comida empiezan a atacar a patos y cisnes. Incluso se llegan a devorar a sí mismos, convirtiéndose en caníbales, algo no visto hasta la fecha. La resultante es la aparición de monstruos que superan los dos metros, cuando lo natural es que no pasen del metro, lo que, a la larga, hará desaparecer la vida en los ríos y a ellos mismos.

Parece una historia de terror, pero es lo que ocurre en la Alta Sajonia. Los pescadores deportivos han dado la señal de alarma. De momento, las autoridades callan y no actúan.

En el lado opuesto está la trucha común. Su fisiología y desarrollo han de realizarse en aguas claras y a temperaturas determinadas. Aumentar la temperatura en varios grados amenaza su capacidad de reproducirse, disminuye sus poblaciones y, por lo tanto conduce, a medio plazo a su extinción.

Eso ha detectado en la Península Ibérica un grupo de biológos españoles que vaticinan que, de no cambiarse la tendencia al alza detectada en la temperatura los ríos, la trucha común desaparecerá de nuestras aguas en menos de un siglo (de las nuestras en particular y de las de los cauces que desembocan en el Mediterráneo en general). También en estas zonas, las autoridades permanecen impasibles.

Está claro que, para mantener el equilibrio biológico, hay que tener cuidado con los cambios que provocamos de manera artificial. Lamentarse de nada valdrá en el futuro.

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