Cuando apenas contaba 15 meses, sobrevivió a un rayo que cayó en un olmo donde se cobijaban tres mujeres y el bebé. Desde entonces, los vecinos de Lyme Regis (Dorset, Inglaterra) atribuyeron la inteligencia y personalidad de la pequeña Mary Anning, quizás la paleontóloga más famosa de la historia, a este milagroso suceso.
Nació en 1799 en el seno de una familia de protestantes no angliganos muy humilde que completaba sus ingresos recogiendo fósiles en la costa de este condado inglés para vendérselos a los turistas. Como religiosos disidentes, padecieron durante toda su existencia la discriminación de vecinos y sociedad anglicana de su época.
A la muerte del progenitor, Mary, la mayor de los hijos supervivientes del matrimonio, y su hermano Joseph continuaron con su trabajo de búsqueda de fósiles para ponerlos a la venta en un tenderete situado enfrente del hostal más famoso de esta localidad, donde acudían a veranear las clases altas británicas. Este tipo de coleccionismo era una actividad muy en boga a finales del XVIII y principios del XIX y constituyó la base de un pasatiempo que acabó por convertirse en ciencia al comprobar cómo estos restos prehistóricos ayudaban a explicar la geología y la biología.
El hallazgo primero de un cráneo de ictiosaurio y posteriormente de su esqueleto completo en 1810 grangeó a los Anning el contacto con la comunidad científica e hizo de este negocio su principal fuente de ingresos. Su perseverancia en encontrar nuevos fósiles aumentó su reputación hasta el punto que pudo ahorrar para fundar, en 1826, el Almacén de Fósiles Annig, una tienda donde paleontólogos de todo el mundo y los principales institutos de investigación acudían a comprar su mercancía (como el Liceo de Historia Natural de Nueva York o el rey Federico Augusto II de Sajonia).
A pesar de ello, hay que subrayar que Mary era autodidacta: aprendió a leer en la Iglesia y se dedicó a devorar cuanta literatura científica caía en sus manos. Incluso aprendió a diseccionar animales para entender mejor la anatomía de los fósiles con los que estaba trabajando. Tanta confianza y alcanzó tal nivel de erudición que se atrevió a rebatir artículos sobre hallazgos publicados por el Magazine of Natural History.
Su fama iba en aumento y varios de los geólogos más reputados de la época, como Henry de la Beche, Thomas Hawkins o Wiliam Buckland, entre otros muchos, la acompañaron en sus expediciones de búsqueda de fósiles o a trabajar en conjunto en su clasificación. A pesar de ello y de que sabía más sobre fósiles y geología que la mayoría de hombres paleontólogos a los que vendía, muchos de los que publicaron la descripción científica de los especímenes que ella encontró jamás la mencionaron.
Sufrió varios reveses económicos fruto de la crisis del momento aunque nunca abandonó su labor rastreadora. En marzo de 1847, un cáncer de mamá acabó con su vida a los 47 años de edad.
El primer descubrimiento importante fue el mencionado descubrimiento del esqueleto completo de un ictiosaurio, que inspiró a Everard Home a escribir que revolucionaron la clasificación existente de los saurios. Su siguiente hallazgo importante fue un esqueleto de un nuevo tipo de reptil marino en el invierno de 1820–1821, el primer plesiosauro en ser encontrado. También halló un espécimen incomparable de Dapedium politum y parte del esqueleto de un pterosaurio.
En 1826 descubrió lo que parecía ser una cámara que contenía la tinta seca de un fósil de belemnites y fue quien se dio cuenta de los fósiles conocidos como “piedras bezoar” eran heces fosilizadas.
Considerados en conjunto, los hallazgos de Mary Anning se convirtieron en piezas clave para demostrar la extinción de los dinosaurios.




De una necesidad surgió una pasión por los fósiles.