Día a día llegan noticias del espacio. Unos, porque siguen buscando rastros de vida allende la Tierra y confían encontrarse con otros moradores estelares que nos hagan compañía en este peregrinar; otros se plantean descubrir el qué y el porqué de la esencia de la materia… Sea como fuere, desde tiempos remotos ese otro gran azul que representa el espacio es un enigma lleno de interrrogantes.

Un planteamiento ético, romántico o aventurero, pero también existen otros argumentos más prosaicos: podemos encontrar fuera elementos de los que carecemos dentro. Dentro de esta categoría se puede enmarcar esta noticia leída no hace muchos días en la prensa internacional: “La Luna nos podría abastecer de energía por 5.000 años”.

Desde luego, es otra visión de la carrera espacial, quizás más pegada al mercado que domina la cultura occidental de las últimas décadas, y que puede alentar a continuar con nuestra labor depredadora en la Tierra o, todo lo contario, fijarnos en otros recursos que explotar y abandonar ese trabajo destructivo. 

El gas helio-3, presente en grandes cantidades en el satélite, puede convertirse a corto plazo en el combustible del futuro. Sus átomos tienen una arquitectura muy especial que los hace perfectos como combustible de las plantas de fusión nuclear (el mismo proceso que realiza el Sol para producir energía). Es decir, el helio-3 podría generar grandes cantidad de electricidad sin los problemas de radioactividad y, por lo tanto, de accidentes o procesado de residuos de los reactores tradicionales. Es un material limpio y sin riesgo para la salud.

Numerosos grupos de investigación sostienen que este gas es la mejor apuesta para los combustibles nucleares de primera generación, como el deuterio o el tritio, que actualmente se están probando a gran escala en determinado tipo de reactores nucleares.

Da la casualidad que las reservas de helio-3 en la Tierra son muy limitadas, pero no así en la Luna. Cuando el viento solar atraviesa nuestro satélite —un proceso continuo— lo deposita en su suelo, lo que ha generado unas reservas de este material enormes (alrededor de 500.000 toneladas). Esto serviría para nutrirnos de él en torno a 5.000 años, teniendo en cuenta que la fusión nuclear de una tonelada de helio-3 y 0,67 toneladas de deuterio libera una energía equivalente a la quema de 15 millones toneladas de petróleo.

Curioso e inquietante, ¿no? De momento, los humanos no contamos con la tecnología suficiente para extraer esta fuente de energía y transportarla a la Tierra. Pero si los caminos de la industria pasan por esa ruta, no descarten que surjan los mineros espaciales —¿no les recuerda a alguna peli de ciencia ficción?— y nos embarquemos, como a mediados del XVIII, en una nueva fiebre del oro.

Esperemos que, para entonces, hayamos abandonado prácticas tan abusivas y nocivas como el actual sistema productivo. De lo contario, puede que la ficción se convierta en nuestra peor pesadilla.

Enrique Leite  

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