La Biblia, sin adentrarnos en otro tipo de consideraciones, es una magnífica pieza literaria donde podemos hallar preciosas narraciones y precisas descripciones que nos dan pistas de cómo era la vida hace varios miles de años. Uno de los pasajes del Antiguo Testamento que más llama la atención de los científicos se centra en las diez plagas de Egipto con las que castigó Yaveh —que por cierto tenía un pronto que caray— al faraón Ramsés III por mantener cautivo en sus tierras al pueblo elegido comandado por Moisés.
La naturaleza y las catástrofes naturales, con o sin intervención de los designios divinos, han condicionado y condicionan la vida de los humanos. La posible erupción volcánica en la isla de El Hierro (Canarias) y sus consecuencias en forma de catástrofes naturales ocupan multitud de páginas a lo largo de estos meses de 2012. La desaparición parcial de la isla de Santorini hace unos 3.600 años por una violenta erupción volcánica, pudo ser la protagonista de ese pasaje del Libro Sagrado.
La primera evidencia de la globalización de ese destastre se encontró en numerosas excavaciones arqueológicas realizadas en la zona de Avaris (el Sinaí egipcio), distante unos 700 km de Santorini, donde contra natura se encontraron numerosas rocas de piedra pómez, un tipo de piedra muy apreciado por los artesanos locales, pero que no se haya en la zona, y en la lectura de la página 55 del llamado Papiro Médico de Londres, donde los galenos del faraón detallan pormenorizadamente cómo se debe de curar las quemaduras ácidas producidas por las repentinas “aguas rojas del Nilo”.
El hundimiento parcial de la isla griega provocó sin duda efectos en cadena que corresponden con la narración bíblica de las plagas: por una parte una nube ácida de polvo y cenizas donde los sulfatos contaminan el agua a cientos de kilómetros. Por su composición, el agua se puede tornar de color rojizo —otros estudios aseguran que esta coloración se debe a una marea roja: masificación incontralada de microalgas— y quedar contaminada. Sus primeras consecuencias son una alta mortandad de peces, la huida masiva de las ranas y de los insectos que habitan estos hábitats.
Con este panorama, los egipcios estaban expuesto a nuevas enfermedades y a padecer quemaduras por el contacto con estas aguas. Una auténtica pandemia en esa época.
Asimismo, las megaolas —tsunamis— llegaron a la costa, llevando una lengua de agua y destrucción que se adentró por el Delta del Nilo arrastrando también restos de la isla y de la lava (la piedra pómez).
La nube tóxica de cenizas y polvo, además, provoca numerosos cambios climáticos que se traducen en forma de inesperadas tormentas de granizo, en cambios en la composición de la humedad ambiental y de los vientos que hacen que las langostas se trasladen en masa a otras zonas donde poder anidar —las plagas— y, por supuesto, cubre con su manto el cielo haciendo que la oscuridad se haga la reina durante varios días.
Un cataclismo que tuvo su incidencia a corto y medio plazo, ya que resintió la economía del bajo Egipto y que fue en parte la responsable de la decadencia de este imperio durante ese periodo de la historia.
Lo único que no tiene, de momento, explicación es la repentina muerte de todos los primogénitos y que finalmente torció la voluntad del tozudo faraón, lo que permitió a los hebreos y su pastor Moisés abandonar las tierras del Nilo y adentrarse por el Jordán. Aunque, siendo benévolos también, hay que dejar algún espacio para la imaginación del autor (o a la mano de dios).
Lo dicho, una excelente novela histórica que debiera de leerse sin prejuicios de ningún tipo por ciudadanos de cualquier credo.
Enrique Leite




