Si hay una industria que se mueve entre el milagro y la verdad científica es la de la cosmética. Conseguir la eterna juventud, ya sea frenando el envejecimiento de la piel o la caída del cabello, por ejemplo, es uno de los anhelos de los seres humanos desde hace miles de años. Una preocupación que afecta por igual a hombres y mujeres y que ha posibilitado el nacimiento de una actividad económica bastante rentable, que evolucionó de los fogones de mag@s, curander@s y chaman@s a los actuales emporios y que sirvió de motor para alguna de las expediciones más curiosas emprendidas por el ser humano, como la búsqueda de la fuente de la eterna juventud.
Suprimiendo la épica o la alquimia, ciertamente, la cosmética representa uno de los sectores donde la investigación es protagonista y un nicho para un determinado grupo de científicos que se dedican a estudiar moléculas, proteínas, hormonas… y que cuentan en sus abultadas nóminas hasta genetistas afanados en desarrollar productos que detengan el deterioro de la piel.
Un sector productivo que ha cosechado grandes éxitos y pingües beneficios —acuérdense de los milagros de la doctora Aslhan— y que, también, de cuando en cuando cosecha grandes fracasos, sobre todo cuando las nuevas investigaciones echan por tierra la supuesta efectividad de líneas de productos que se comercializan en el mercado.
Ahora que el verano comienza su rampa descendente en este equinoccio y que comprobamos los estragos que el sol ha provocado en nuestra piel, nos detenemos un momento en las llamadas cremas antiedad.
Muchas de estas cremas tienen como base a las sirtuinas, unas proteínas que hasta hace bien poco se decía que eran capaces de prolongar significativamente la vida de los organismos, y por lo tanto, se convertían en la base de estos productos. Numerosos estudios las relacionaban con el envejecimiento y longevidad en la levadura, en los gusanos nematodos y la mosca de la fruta (los modelos utilizados en biología para estudiar el envejecimiento humano). Hasta tal punto que se llegó a llamar el “gen de la longevidad” al gen encargado de producir la sirtuina y convertir al resveratrol en el producto estrella de numerosas cremas antiedad.
Parecía demostrado que cuando se produce un exceso en la producción de sirtuina, la vida se extendía de manera significativamente. Así que la industria se afanó en incluir el resveratrol entre los componentes de estas cremas con el objetivo de activar la producción de esta proteína con el consecuente resultado de alargar la vida útil de la piel.
Vano esfuerzo, porque esta verdad la ha puesto en duda un estudio publicado en Nature realizado por investigadores de varias universidades en el que se subraya que las sirtuinas poco o nada tienen que ver con lo que se le asigna (aunque tienen sin duda otros componentes interesantes para nuestro organismo). Según su director, hay que reorientar la investigación para encontrar “los procesos que realmente controlan el envejecimiento”.
Al final, la ciencia se asemeja a los trabajos de Sísifo, condenado eternamente a subir la gran piedra por la pendiente. Todo está en continua revisión, la verdad es relativa y lo que hoy parece una verdad inmutable, mañana puede quedar en nada. Y vuelta a empezar.
De todos modos, si le sirve de consuelo piense que el envejecimiento es una sólida prueba de su paso por el planeta y de que está vivo o que esta puerta que se cierra supone la apertura de nuevas ventanas. Todo es relativo, salvo el esfuerzo de los investigadores, que con el debido apoyo, siempre será constante.





Para ilustrar los estragos del sol, solo hay que ver la foto del camionero http://static1.lavozdelinterior.com.ar/files/imagecache/lvi_nota_652_366/nota_periodistica/envejecimiento.jpg Y sobre la cosmética, pues mucha ciencia aparente.
Desde luego la imagen habla por si sola y no necesita respuesta. Y ya sabes, Juan Carlos, business are business