Hace unos días tuve la oportunidad de pasarme por Pontevedra y pude volver a comprobar lo desagradable que es el olor que produce la fábrica de celulosa. El olor es extraño, no irritante, pero muy persistente y obviamente maloliente. Si uno le pregunta a un pontevedrés por el olor de la celulosa nos dirá, con buen criterio, que no la huele. Y es cierto, porque al cabo de un rato de estar en ese entorno, la percepción de ese olor desagradable desaparece.

Es curioso lo que sucede con el olfato o con el sonido (y los ruidos), al cabo de un rato ya no percibimos el aroma de la colonia o el perfume o por suerte dejamos de oler algún que otro efluvio desagradable como comentaba.

¿Qué le pasa a nuestros sentidos? ¿Son vagos? ¿Se acostumbran?

Tanto la nariz como el oído poseen células especializadas en captar los olores y los sonidos respectivamente. La percepción del olor, por ejemplo no sólo depende de la estructura química y la fuerza de un estímulo de olor, sino de lo que hayan percibido antes las neuronas olfativas (llamadas células ciliares). La saturación, o mejor dicho, dejar de percibir el olor, es un mecanismo para ajustar la sensibilidad de este sentido a diferentes intensidades del estímulo oloroso.

Este fenómeno, acostumbrarse al olor, es una operación que es probable que sea esencial para prevenir la saturación de la maquinaria olfativa y permitir seguir oliendo, eso sí, otros olores, cuando la llegada de estos es continua. Es decir, cuando un olor es muy persistente lo obviamos para que la nariz pueda percibir otros.  Si esto no fuera así y estuviéramos, por ejemplo, comiendo queso y no nos saturáramos de este olor, si se declarase un incendio en casa no lo podríamos oler…menuda faena…

Todo este proceso es muy dependiente de la intensidad y de la duración del mismo, ya que mientras la intensidad se mantenga, el sistema olfatorio lo anulará. Eso sí, en cuento decaiga, a los pocos instantes, estaremos listos para volver a percibir ese olor.

El proceso por el cual nos adaptamos al olor es muy complejo y en él intervienen al menos tres mecanismos moleculares, pero todos ellos concurren en las células ciliares que se encuentran en nuestra nariz. Además, todos los mecanismos se centran en impedir que el elemento que capta el olor persistente (llamado receptor del olor) deje de hacerlo, aunque el olor esté permanentemente presente. Lo interesante del fenómeno es que solamente afecte al olor persistente y no afecte sustancialmente a los otros.

Ahora podréis comprender por qué hay gente a la que le canta el alerón y ni se entera. No tienen la culpa, ellos no perciben su olor corporal, pero sí el resto de los mortales, así que hay que ser mas compasivo y recomendar un buen jabón y un mejor desodorante…

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica

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